Palabras y juicios irredentes
Hace tiempo he notado una actitud que se presenta, sobre todo, en mi centro de trabajo, aunque no es exclusiva de ahí. También la he observado en otros espacios y, con frecuencia, en redes sociales: saludas y no te contestan. Ese gesto, o la ausencia de él, dice más de lo que parece y revela una forma de relación cada vez más empobrecida.
En los trabajos, como en todos los ámbitos de la vida, existen diferencias. Cada cabeza es un mundo y es natural que no siempre se coincida. Sin embargo, cuando surgen desacuerdos con compañeros, familiares, amistades o con otras personas, hay quienes optan por una salida que lejos de resolver el conflicto lo profundiza: dejar de hablar. El silencio se convierte en castigo y en una supuesta manera de ejercer poder.
Desde la teoría de la comunicación, esta conducta no es neutra. Paul Watzlawick lo señala con claridad cuando afirma que “es imposible no comunicarse” (Watzlawick, Beavin y Jackson, 2011). Incluso cuando alguien decide ignorar un saludo o guardar silencio, sigue comunicando rechazo, distancia o desprecio. El silencio también habla.
Recuerdo que en mis clases de comunicación política, y teoría del poder nuestro maestro insistía en una idea que con el tiempo he confirmado: dejar de hablar es perder. Decía también que siempre hay que ser la primera persona en saludar. No como un acto de sumisión, sino como una expresión de dignidad personal. Saludar no es algo personal ni debería interpretarse como tal; es un gesto básico de reconocimiento humano.
Las diferencias, cuando existen, son con el trabajo, con las ideas o con las posturas, no con las personas. Esto resulta especialmente relevante en los ámbitos políticos e institucionales, donde trasladar los desacuerdos al terreno personal y suspender el saludo revela una falta de madurez profesional. Como recuerda Adela Cortina, “la convivencia exige un mínimo de reconocimiento mutuo sin el cual no hay vida social posible” (Cortina, 2007). El saludo forma parte de ese mínimo ético indispensable.
En San Luis Potosí existe incluso una expresión coloquial para nombrar esta práctica: el potosinazo. Ese momento incómodo en el que te cruzas con alguien que sabes perfectamente quién es, pero baja la mirada, finge no verte o actúa como si no te conociera. Esta conducta, tan normalizada, deteriora la vida pública y vuelve más ásperos los espacios que compartimos.
Por ello resulta vigente la reflexión de Carlos González Peña en El galano arte de leer, cuando afirma que el saludo es “la más exquisita muestra de civilidad que hay” y que, en él, “se conoce a las personas, pues por el acto del saludo se diferencian sustancialmente de las bestias”. Y cierra con una sentencia tan dura como reveladora: “Dime cómo saludas y te diré quién eres; pero si no saludas, no eres nadie”.
Conviene insistir en algo fundamental: el saludo no es sumisión, hablar no es permitir el abuso y el silencio punitivo no es poder. Si quieres que te respeten, nunca dejes de saludar ni de hablar, incluso cuando hayas sido ofendido o exista una diferencia. El silencio no otorga poder: lo diluye. Quien mantiene la palabra y el saludo, aun en la incomodidad, conserva algo esencial: su dignidad.
Referencias
Cortina, A. (2007). Ética mínima. Introducción a la filosofía práctica. Madrid: Tecnos.
González Peña, C. (s. f.). El galano arte de leer. México: Editorial Porrúa.
Watzlawick, P., Beavin, J. H., & Jackson, D. D. (2011). Teoría de la comunicación humana. Interacciones, patologías y paradojas. Barcelona: Herder.





