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SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 27 de septiembre de 2025.-Luz, madre soltera de Antony, un niño de 10 años con autismo severo no verbal, ha levantado la voz para denunciar lo que califica como un viacrucis lleno de negligencias médicas en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y en otros hospitales públicos de la entidad.
Su testimonio es un grito desesperado. Antony fue diagnosticado con autismo a los 2 años y medio en el Centro de Rehabilitación y Educación Especial (CREE), y desde entonces ha vivido con crisis constantes, autoagresiones y una alta dificultad para manejar emociones y frustraciones.
Luz ha enfrentado sola esta carga, luego de que el padre del menor lo abandonara al momento de conocer su condición.

“Mi hijo no maneja la frustración. Se autolesiona, me muerde, me jala el cabello, me pellizca. A veces siento que ya no puedo más”, compartió con la voz entrecortada.
Hace un mes, Antony comenzó con dolor de garganta y dejó de comer. Tras múltiples visitas a consultorios privados y farmacias, lo diagnosticaron con faringitis y recibió antibióticos, pero el problema persistió.
La falta de apetito se agravó, perdió peso drásticamente —hoy con apenas 27 kilos a sus 10 años— y empezó a vomitar jugo gástrico.
Luz buscó atención en el IMSS, pero asegura que lejos de recibir un diagnóstico integral, el menor fue desestimado.
“Me dijeron que no tenía nada, que estaba normal. Sólo le recetaron omeprazol y leche de magnesia”, relata.
Al ver que su hijo seguía sin comer ni beber agua, lo llevó también al Hospital del Niño y la Mujer, donde de igual forma no encontraron “nada”. Únicamente le pidieron estudios de orina, sin dar seguimiento a su evidente cuadro de desnutrición y malestar.


La desesperación de Luz creció al enterarse por la psiquiatra privada que atiende a Antony, que el menor necesitaba un internamiento urgente, pues su estado de salud era crítico. Fue hasta entonces cuando el IMSS accedió a hospitalizarlo, ya deshidratado y en riesgo.
Pero la experiencia, dice Luz, resultó indignante ya que antes de que pudieran remitir al niño a más estudios o especialistas como un gastroenterólogo, la hicieron firmar un documento donde asentaba que el IMSS le “entregaba a su hijo sano y vivo” tras un día y medio de hospitalización en el que sólo recibió suero.
“Eso fue lo que más me lastimó. Me hicieron firmar que me devolvían a mi hijo sano, cuando mi niño seguía sin comer y sin un diagnóstico real”, lamenta.
Actualmente, Antony se encuentra internado en una clínica psiquiátrica, donde intentan estabilizarlo y ajustar sus medicamentos.
Mientras tanto, Luz enfrenta el temor de perder su empleo —único sostén económico— y la angustia de no saber cuánto tiempo podrá resistir sola, cargando con la enfermedad y la burocracia.
“Estoy cansada. Tengo depresión, tomo antidepresivos para poder sobrevivir. He tenido pensamientos muy malos. A veces pienso que ya no quiero vivir. La carga es demasiado grande. Pero sigo aquí, por mi hijo”, dice.
El caso de Luz y Antony refleja la falta de sensibilidad y atención especializada para familias que viven con autismo severo en México.
También expone las carencias estructurales del IMSS y de los servicios de salud, donde conseguir una cita con un especialista puede tardar meses o incluso años.
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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