Trump 2026: votan los gringos y su confort, no los mexicanos
En Ráfaga roja (Seix Barral, 2025), la más reciente novela de Liliana Blum (Durango, 1974), se recupera la historia real de Hannie Schaft, líder comunista de la resistencia holandesa contra los nazis asesinada hace 80 años, poco antes de la rendición del ejército alemán. La excelencia y valor fundamental de la obra, sin embargo, es no caer la tentación de ser un prontuario meramente historicista de acontecimientos bien conocidos, mucho menos contentarse con la ambientación de época y el dato curioso.
Cuando Blum recupera a la icónica resistente conocida como "la chica del cabello rojo", no escribe meramente una biografía, más bien ejecuta un acto de ventriloquia forense radical que, por lo demás, no abandona las obsesiones nucleares del resto de su narrativa: el cuerpo como territorio de castigo y la violencia sistémica. Hace hablar a la muerta a un paso del patíbulo, en una confesión extravagante que crece en delirio conforme pasa hambre y el cuerpo disminuye.

Esta aproximación creativa hacia un tema tan común en la novela internacional contemporánea es fundamental para entender la originalidad de Ráfaga roja. Aunque no sea su intención original, la obra es una crítica y una denuncia contra la insistencia del mundo editorial por explotar un “género literario” de la Segunda Guerra Mundial que mercantiliza el horror de los lugares comunes (los campos de concentración, las grandes batallas, los bombardeos), haciendo de la pesadilla humana una comodidad de anaquel.
La atención de Blum por una heroína alejada de los grandes reflectores de la historia, relatada desde el sufrimiento de su cautiverio solitario y su condena fatal, es una reflexión importante sobre el dolor de la guerra y el costo del odio, así como la urgencia de no romantizar el martirio de los perseguidos. Todo lo contrario a esos mamotretos inspiracionales que redundan en el sentimentalismo de relatos en el afán de La vida es bella (Roberto Benigni, 1997).
Liliana Blum novela la vida de Hannie Schaft desde la conocida sentencia fundacional de Theodor W. Adorno con respecto a la barbarie de la poesía tras Auschwitz. Sin oportunidad en el lenguaje para lo trivial, sin espacio para lo aludido y en la imposibilidad del optimismo, Ráfaga roja establece que todo relato surgido de o en la imaginación de la Segunda Guerra Mundial debe considerarse desde lo que Jean-François Lyotard llamaría un "diferendo".
Es decir, desde la noción de que es la fábula de un conflicto que carece de reglas de juicio porque el evento mismo destruyó los instrumentos de medida. No debemos olvidar nunca que la Segunda Guerra no sólo destruyó todo sitio y toda vida por donde pasó, sino también echó abajo la lógica de cualquier testimonio posible.
En este sentido, un valor muy importante de Ráfaga roja es que no se concentra en la narración de una batalla épica con la estrategia de la ficción. Cuando ficcionaliza el testimonio posible de una víctima histórica, renuncia al gran relato de la guerra y más bien estructura el vacío desde un discurso que se enrama en las carencias reales.
Algo que resulta verdaderamente admirable de este suceso literario, y que merece una revisión crítica detenida, es que el caso de Liliana Blum no es único ni excepcional, sino que encaja con un creciente interés mexicano por el tema de la Segunda Guerra Mundial. Por alguna razón nuestra literatura ha buscado en este trauma europeo el pretexto para dinamitar nuestros propios cercos nacionalistas y fomentar nuevos panoramas para nuestro relato.
En este sentido Blum escribe en los intereses del actual acontecer bibliográfico: a diferencia del siglo XX que escribió desde el mandato patriota y revolucionario, desde inicios del XXI se ha dado golpe de timón hacia un cosmopolitismo sin complejos, que algunos autores, como los del grupo del Crack, situaron, precisamente, en el entorno de la guerra nazi en sus debutantes novelas En busca de Klingsor, de Jorge Volpi (1999), y Amphitryon, de Ignacio Padilla (2003).
Este interés temático alcanzaría una cumbre imaginativa durante la segunda mitad de este siglo, con la aparición de La ciudad que el diablo se llevó (2012), novela de David Toscana, y el cuentario El desconocido del Meno (2017) de Eduardo Sangarcía. En ambos libros se evidencia una decisión consciente de darle la espalda a la mimesis documental para abrazar el delirio y la mitología, una estrategia estética muy acorde a lo que entonces, y por breve tiempo, se quiso calificar de “literatura de la imaginación” en México.
Siendo éstas las coordenadas donde se encuentra Ráfaga roja, su particular nivel de sofisticación merece un análisis aparte. El relato de Blum se construye y se entrama encerrado en una mazmorra oscura: Hannie aguarda su muerte inevitable mientras le cuenta al recuerdo de su hermana los acontecimientos pasados. La autora toma una decisión técnica arriesgada que cierta crítica perezosa ha calificado de "curiosa", pero que es esencial: la novela está narrada en una primera persona que es a la vez testigo. Hannie habla desde su celda, torturada, pero no se dirige a nosotros, sino a Annie, su hermana muerta años atrás.
Este dispositivo, que Gérard Genette calificaría como un "paratexto" interno decisivo, cumple una doble función. Por un lado, resuelve la crisis teológica del personaje: ante el silencio de Dios en la celda nazi, Hannie se confiesa con la única deidad que le queda. Por otro, nos coloca a nosotros en la posición de mirones (voyeurs), o de intrusos que escuchan una conversación privada y agónica, obligándonos a mirar la violencia desde una intimidad incómoda.
Esta estructura se sostiene sobre lo que podríamos denominar un “diario del hambre”. La obra de Blum se inserta aquí en la tradición de la "fenomenología de la inanición", dialogando con autores canónicos como Primo Levi o Herta Müller, donde el hambre no es un tema sociológico sino una "cronopoyesis" monstruosa: el hambre no sólo habita el espacio de la heroína, sino que deforma y rompe su temporalidad.
En la celda de Hannie, el futuro desaparece y el tiempo se mide únicamente por la distancia metabólica entre una ración de rancho y la siguiente. La obsesión literaria de Blum por entender los mecanismos sistémicos de lo traumático, crea aquí una "literatura del hambre" que no busca la compasión burguesa, sino que impone una trama circular donde la identidad se disuelve en la fisiología.
Fuera de la celda de Hannie, en el mundo exterior, solamente existe el pasado y ese tiempo es, sobre todo, el de la Guerra Mundial y la resistencia; el de los hechos heroicos, los actos terroristas y la conciencia política. Es una temporalidad confesional que narra eventos desde la justificación y las explicaciones. Es el espacio de la subjetividad total sobre los límites de la moralidad y la ética de la autodefensa.
Aunque bien recibida, es posible que en este aspecto la recepción de la novela llegue a ser polémica. Sin embargo, también es aquí donde reside su vitalidad. Ciertos lectores podrían señalar con desconcierto el tono a veces desenfadado, por no decir casi alegre, con el que la protagonista rememora sus actos de sabotaje, contrastando violentamente con su presente de tortura. Lo que estos lectores no entenderían es que Blum está operando una disección psicológica precisa: ese tono es el síntoma de la disociación traumática. Hannie Schaft, una estudiante de leyes tímida, tuvo que fracturar su psique para convertirse en una asesina eficaz. La "alegría" es el mecanismo de defensa, la máscara vitalista que le permitió apretar el gatillo.
Además, Blum traslada a esta novela su tesis sobre la corporalidad femenina que ya habíamos visto en Pandora (2015). Aquí, el cuerpo bello de Hannie es su camuflaje letal. La autora subraya cómo la ideología nazi, en su machismo estructural, era incapaz de concebir que una "niña bien" pudiera ser terrorista. Hannie explota esa ceguera patriarcal, convirtiendo su apariencia inofensiva en arma de guerra.
Es aquí donde la novela dialoga ferozmente con el presente: la impunidad con la que los nazis operan en la Ámsterdam de 1943 resuena, de manera aterradora, con la sensación de indefensión del México contemporáneo. Schaft está convencida de que alguien debe hacer algo en contra de la impunidad del mal, y ese alguien es ella. Su historia, en cierto sentido, es un puente temporal que colapsa la distancia entre la Gestapo y el crimen organizado actual.
Visto todo esto, lo que Ráfaga roja consagra no es el exotismo de una guerra ajena, sino la universalidad de la resistencia física y la precariedad moral. Mientras una parte de la literatura nacional sigue buscando el "tema mexicano" en el folklore o la nota roja inmediata, autoras y autores como Liliana Blum nos demuestran que la literatura del hambre y el exterminio es un patrimonio global del dolor.
La historia y el tormento de Hannie Schaft nos recuerda que la barbarie no es una anomalía alemana, sino una latencia humana, y que la narrativa es, a fin de cuentas, el último sustento cuando todo lo demás ha sido destruido. Blum, Liliana. Ráfaga roja. México: Seix Barral, 2025.
[1] Joserra Ortiz es un lector que vive en San Luis Potosí. Se doctoró en Estudios Hispánicos en Brown University y enseña lengua y literatura a todo tipo de personas, en todos los niveles.





