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Libros de ayer y hoy
Teresa Gil
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La lluvia y los huracanes están celosos de la luna de octubre y no la dejan aparecer. Nos han obligado a volver en nuestras crónicas para actualizar ese bello satélite que nos fascina. En el mes de la luna más hermosa, con tanta lluvia, tendríamos que irnos a otro planeta.
Imagínense qué bonito sería vivir en uno que, como Júpiter, tenga 67 lunas y pudiéramos pasar de luna en luna las veces que nos diera la gana. La vida sería diferente ante los problemas que tiene el mundo. Pero aún ahora, dejarse llevar por el ensueño de un satélite lejano que logra borrar los problemas del día es darle a esa maravillosa redondez dorada las posibilidades de un cambio. No todo deben ser problemas y tragedias.
Poseer muchas lunas sería muy complicado para los cantores al tener que adaptar su música a tantas lunas. La luna lunera se convertiría en plural y la Luna azul (Blue Moon), compuesta en 1934 por Richard Rodgers y Lorenz Hart —que muchos se han adjudicado— y que tanto fascinaba en la voz de Ella Fitzgerald, se dedicaría a todas las llamadas lunas galileanas de Júpiter, como se han llamado en homenaje a Galileo Galilei. Él las descubrió en 1610, cuando, reforzando la teoría de que la Tierra es redonda, se ensoñaba en aquellas esferas de luz que los poetas han hecho suyas.
Y siguiendo en aquellos que quedaron enardecidos en el amor a la luna, nos preguntamos qué pasaría con el torito enamorado de la luna cuando vea tantas y con la luna de los hermanos Michel. El propio Cyrano de Bergerac tendría que reconsiderar, donde se encuentre, su viaje a la Luna.
Y los novios, ni modo, harán muchas lunas de miel para cubrir la ruta. Pero pasarán muchas décadas para que se compruebe la teoría y alguien pise la Luna sin escafandra, como lo hizo en nuestra Luna Neil A. Armstrong y, rato después, su compañero Edwin E. Aldrin, el 21 de julio de 1969. En el primer caso eran las 22:56 horas.
Mientras, un satélite seguirá alimentando el romanticismo y la poesía, y su referencia distraerá de las miserias que se viven en una Tierra superpoblada y avasallada por los más gandallas.
Entre estos gandallas, aparte de los terrestres que ya conocemos, se consideraba a los sirenios desde 1957, cuando Isaac Asimov escribió Las lunas de Júpiter (serie Lucky Starr, Bruguera, edición 1981), acerca de un planeta superpoblado, el nuestro, que tenía que ser destruido para dar gran relevancia al planeta Sirio, que tenía espacio de más.
La maestría del físico que fue Asimov, ruso educado en Estados Unidos, no solo se mostró en la ciencia ficción, en la que creó escuela a través de la robótica, sino en sus aportes científicos y en investigaciones y libros que mucho ayudaron a despejar incógnitas que ahora desbroza la NASA.
La excelencia la pone en la ciencia ficción, que matiza el suspenso y la clásica revelación final con una narración sencilla. En esta historia, que se desarrolla en la Luna Nueve de Júpiter, Asimov sostiene que los satélites asteroides de ese gran planeta son más de cien y desde luego destaca algunos.
Lucky, su atractivo héroe terrestre, tendrá que vivir muchas aventuras al lado de su amigo, el marciano Bigman, antes de informarnos quién es el verdadero robot sirenio. Leerlo es estar realmente en la Luna.





