Palabras y juicios irredentes
Cuando se habla de reformas educativas, rediseños curriculares o programas de capacitación, suele pensarse en contenidos, métodos de enseñanza o evaluación. Sin embargo, hay un tema que con frecuencia pasa desapercibido: el espacio áulico, ese ambiente físico donde día a día transcurre la vida escolar.
Lejos de ser neutro, el aula transmite mensajes, organiza las relaciones y moldea las dinámicas de convivencia. Así lo han señalado diversos pedagogos y pensadores que, desde perspectivas distintas, coinciden en subrayar la importancia del espacio en la formación de los estudiantes.
El pedagogo italiano Francesco Tonucci afirma:
“El espacio del aula no puede considerarse neutro: la manera en que se disponen los pupitres, la presencia o ausencia de materiales y la ubicación del docente condicionan la interacción y la participación. El aula debe pensarse como un lugar abierto a la experimentación y a la autonomía de los niños” (Tonucci, 1997, p. 45).
Por su parte, Loris Malaguzzi, creador de la pedagogía Reggio Emilia, introdujo la idea del espacio como “tercer maestro”, al lado de los padres y los docentes:
“Los espacios no son simples contenedores de actividades, sino escenarios que educan por sí mismos, transmiten valores y ofrecen múltiples lenguajes para que los niños se expresen” (Malaguzzi, 1996, p. 63).
En cambio, el filósofo francés Michel Foucault, desde una mirada crítica, advierte que:
“Las instituciones, entre ellas la escuela, organizan un espacio disciplinario. La distribución en el aula, la disposición de los pupitres y la posición del maestro no son casuales: responden a la necesidad de vigilar, controlar y modelar conductas” (Foucault, 2002, p. 141).
Tres visiones distintas que se complementan: mientras Tonucci y Malaguzzi conciben el espacio como flexible y formativo, Foucault recuerda que también encierra una dimensión de poder y disciplina.
El ambiente físico influye en el comportamiento de los estudiantes desde preescolar hasta la educación superior. La iluminación, el ruido, la distribución del mobiliario y, sobre todo, la ubicación del docente marcan la interacción diaria. Lo que para Malaguzzi era el “tercer maestro” cobra sentido cuando entendemos que el espacio educa, incluye o excluye, favorece la creatividad o la limita.
De ahí surge la llamada pedagogía del espacio, que plantea la necesidad de aulas inclusivas: con accesos adecuados para estudiantes con movilidad reducida, recursos para quienes presentan discapacidad visual o auditiva y condiciones que consideren a quienes tienen TDAH o autismo. La arquitectura y la pedagogía, lejos de ser ámbitos separados, deben caminar juntas para responder tanto a necesidades físicas como afectivas y sociales.
La historia de la escuela también se refleja en sus muros y en la manera en que se distribuyen alumnos y maestros. Como señala Romero (citado en Menéndez, 2020), en el siglo XIX los espacios respondían a un modelo panóptico, con edificios improvisados, oscuros y destinados a la vigilancia. En el siglo XX, el higienismo trajo consigo instalaciones más amplias y ventiladas. Hoy, en el siglo XXI, las escuelas incorporan criterios de flexibilidad, iluminación natural, tecnología y, en algunos casos, áreas verdes.
La disposición del mobiliario y el lugar del maestro muestran esta transformación:
• Siglo XIX – Escuela tradicional: Filas frontales; el maestro al frente, elevado o en un escritorio fijo. Su rol: transmitir conocimiento y mantener disciplina.
• Principios del s. XX – Escuela Nueva: Círculo o semicírculo; el docente se coloca dentro del grupo. Su función: acompañar y guiar el diálogo.
• Mitad del s. XX – Conductivismo: Filas individuales o por parejas; el maestro vuelve al frente, con control visual total. Su papel: instruir y corregir.
• Finales del s. XX – Constructivismo: Mesas en equipos o “islas”; el profesor circula entre los alumnos. Su rol: mediador y facilitador.
• Siglo XXI – Aula flexible: Estaciones de trabajo, rincones de aprendizaje y espacios tipo coworking. El maestro no tiene un lugar fijo: diseña experiencias, se mueve y acompaña procesos de forma dinámica.
La evolución deja clara una idea: el lugar del docente refleja la concepción de enseñanza de cada época. Del vigilante y transmisor se ha pasado al guía y diseñador de experiencias.
Si aceptamos que el espacio educa, el reto es ineludible: necesitamos escuelas más amables, inclusivas y abiertas. No basta con cambiar planes de estudio si no transformamos también los entornos donde se aprende. El aula es más que cuatro paredes: es el escenario donde se generan ideas, se discute, se sueña y se forman ciudadanos.
Repensar los espacios áulicos es también repensar la escuela misma, porque cada pupitre, cada mesa y cada ventana transmiten un mensaje. Y esos mensajes pueden marcar la diferencia entre una educación que limita y otra que libera.
Bibliografía
• Tonucci, F. (1997). La ciudad de los niños: un modo nuevo de pensar la ciudad. Buenos Aires: Losada.
• Malaguzzi, L. (1996). Los cien lenguajes de la infancia. Barcelona: Editorial Rosa Sensat.
• Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión (28ª ed.). México: Siglo XXI Editores.
• Menéndez, M. (2020). Historia de la arquitectura escolar en México. México: UNAM.
• Meníndez Martínez, R. (2012). El espacio arquitectónico y la regulación de los cuerpos de los niños a principios del siglo XX. Universidad Pedagógica Nacional, México





