Jóvenes del Cobach exhiben sus obras en museo de SLP
SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 2 de octubre de 2025.- Lo primero que se impregnó en el aire fue el inteso olor del incienso. Una fragancia densa, cargada de notas amaderadas, resinosas y dulces, con un fondo especiado y cálido que invitaba a abrir los sentidos. Así fue el comienzo de una experiencia única en la Casa del Cerro Cuatro Flores, el lugar donde Marco Meza y Carmen Muñoz, tras cuarenta años de ir juntos decidieron renovar sus votos.
Era el mediodía del sábado 27 de septiembre. Carmen apareció vestida con un huipil blanco, adornado con tonos grises y cafés. Su cabello rizado enmarcaba su rostro, que resplandecía en medio de la solemnidad del momento. A su lado, Marco lucía una guayabera blanca. Tomados del brazo, ambos se miraron como quien guarda un secreto compartido durante décadas: un amor sostenido en “hechos, no en palabras”.


En torno a ellos se agruparon sus hijas, familiares y amigos, todos reunidos para presenciar una ceremonia distinta al compromiso social o al rito romántico entre dos personas: un acto espiritual, colectivo, donde el pasado, el presente y lo sagrado se entrelazan.
La bendición de los ancestros
Verónica Suntory, guía espiritual de la ceremonia, abrió el encuentro con una invocación a los ancestros. Sobre una mesa descansaban fotografías de seres queridos que habían partido, rodeadas de papel picado en tonos naranja, rosa, morado y azul. Las frutas frescas –manzanas y naranjas– y los dulces artesanales completaban la ofrenda, como un puente de aromas que conectaba el aquí y el allá.

La atmósfera se volvió más densa, casi palpable, cuando los asistentes iniciaron la Caminata para levantar nuestros pasos. Subieron el cerro en silencio, con el sol brillando fuerte, hasta que de pronto una nube cubrió el cielo y el olor a tierra húmeda impregnó el ambiente; como si la naturaleza misma quisiera participar del encuentro.


Cinco estaciones, cinco memorias
La ceremonia no fue un protocolo rígido, sino un acto simbólico adaptado a la vida de Marco y Carmen. Se dividió en cinco estaciones, cada una asociada a una etapa de su vida y a la llegada de cada una de sus hijas.
En la primera, recordaron los inicios de su relación; en la segunda y tercera, los años de sacrificios y pruebas al formar una familia; en la cuarta, el reconocimiento de sus hijas ya como mujeres plenas; y en la quinta, un homenaje al hijo que no llegó a este mundo, pero que espiritualmente camina con ellos.

Mayela y Daniela, ausentes físicamente, enviaron mensajes cargados de orgullo y gratitud. Alejandra, con lágrimas en los ojos, agradeció los sacrificios de sus padres. Mariana, la menor, también compartió palabras de amor.
En cada estación, la pareja recuperaba un pedazo de su alma entregado en el pasado, para reintegrarlo en este presente de plenitud.
Música y sanación en movimiento
El recorrido estuvo acompañado por músicos de danza africana procedentes de Nueva Guinea. Sus tambores y ritmos ceremoniales marcaron el paso y la energía del grupo. Cada nota estaba destinada a liberar emociones, a sanar heridas colectivas y a mantener viva la conexión entre cuerpo, espíritu y tierra.

Los invitados no fueron simples espectadores, participaron con aplausos, con silencios, con lágrimas. La ceremonia se sentía viva, como si cada gesto estuviera cargado de un propósito que iba más allá del enlace de la pareja.

El círculo sagrado
El momento culminante llegó en un círculo de flores moradas dispuesto en lo alto del cerro. Ese espacio fue sellado como un templo, protegido simbólicamente para recibir a las divinidades. Dentro, Marco y Carmen renovaron sus votos.


Entre los objetos dispuestos en el altar destacaban el bastón de mando, símbolo de autoridad espiritual; velas doradas y plateadas, que representaban al dios padre y la diosa madre; y otras más pequeñas, que evocaban las tres etapas de la vida: juventud, madurez y vejez. Cada elemento tenía un sentido al cual estaba consagrado.
El ritual central fue el Handfasting, o “atado de manos”, tradición celta también asociada a la espiritualidad wiccana. Un listón unió las manos de la pareja, sellando su compromiso más allá del tiempo… “unión de corazón a corazón, mano con mano, mirada con mirada”.
Entre culturas y tiempos: la palabra de la guía
Al concluir, Verónica Suntory explicó que esta ceremonia fue una fusión entre la tradición celta y los saberes ancestrales de América.
“Todo es ancestral”, afirmó. “En esta era del águila y el cóndor estamos viviendo la unión de culturas y de tiempos. No se trata de revivir el pasado, sino de traer su sabiduría para sanar el presente”.
Verónica subrayó que este tipo de rituales tienen como misión la sanación colectiva. No son solo para los novios, dijo, sino para todos los presentes, quienes se llevan consigo una sensación de paz y de integración.

En San Luis Potosí, estas ceremonias están ganando fuerza: “Hay un auge muy grande en torno a lo ancestral y lo espiritual. Muchas personas buscan respuestas en la sabiduría del pasado. México, y particularmente San Luis, son epicentros de este despertar”.
El eco de lo sagrado
La ceremonia culminó con cantos, flores y silencios compartidos. Marco y Carmen se miraron como aquella primera vez, pero ahora rodeados de la fuerza emanada de sus hijas, de sus ancestros y de toda una comunidad.
Lo vivido en el Cerro Cuatro Flores fue más que una renovación de votos matrimoniales: fue un recordatorio de que el amor verdadero se sostiene en el compromiso, en la admiración y en la capacidad de sanar juntos.
Un círculo de flores, un listón de colores y el murmullo del incienso al cosumirse fueron testigos de un acto que trascendió lo íntimo para convertirse en un gesto colectivo de memoria, gratitud y esperanza.
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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