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SAN LUIS POTOSÍ, S.L.P., 30 de octubre de 2025.– En los tiempos de la Colonia, cuando San Luis Potosí era apenas un real de minas y fe, surgió una mujer cuyo nombre aún provoca escalofríos entre quienes conocen su historia: La Maltos. Su carácter desafiante y su inteligencia le dieron fama y poder, pero también la condenaron a una eternidad de misterio.

Vivía en la zona que hoy ocupa el edificio Ipiña, un majestuoso inmueble que en aquellos años albergaba oficinas de la Santa Inquisición. De porte altivo y mirada intensa, La Maltos se distinguía por su audacia. No temía a nada ni a nadie.
De noche recorría las calles empedradas de la ciudad en un carro tirado por dos caballos negros, envuelta en un manto oscuro y precedida por un aire frío que hacía cerrar ventanas y rezar a las ancianas.

Se decía que dominaba la brujería, el espiritismo y la magia negra, prácticas prohibidas en una época en la que la fe y el miedo caminaban de la mano. Su poder era tan grande que llegó a ostentar el cargo de inquisidora, algo insólito para una mujer.
Bastaba su palabra para arruinar la vida de cualquiera. A quien ella señalaba como hereje, el destino le aguardaba entre los calabozos húmedos y las antorchas del edificio que hoy guarda sus ecos. Pero su ambición no conoció límites. Una noche, guiada por la soberbia y la oscuridad, sacrificó a dos personas influyentes, acto que selló su destino.
El alto mando de la Inquisición, escandalizado por el abuso de su poder, ordenó su arresto y traslado a la Ciudad de México, donde sería juzgada.

Cuando los guardias llegaron a apresarla, La Maltos no opuso resistencia. Solo pidió un último deseo: dejar un recuerdo grabado en los muros del edificio.
Se lo concedieron, pensando que sus caprichos serían el preludio de su caída. Entonces, con el dedo índice trazó sobre la pared los contornos de una carroza, dos grifos alados y las ruedas que parecían moverse con cada trazo.
De pronto, ante el asombro de todos, la figura comenzó a cobrar vida. La carroza emergió del muro con un estruendo metálico, los grifos bufaron fuego y La Maltos subió en ella con una sonrisa que mezclaba desafío y locura. La carreta atravesó la pared y se perdió entre una neblina que olía a azufre. Nadie volvió a verla.
Desde entonces, los viejos guardias y trabajadores del edificio Ipiña aseguran escuchar, al caer la noche, el sonido de cascos sobre la piedra, y juran que una sombra femenina, envuelta en un velo oscuro, cruza los pasillos dejando un eco que no pertenece a este mundo.
Dicen que es La Maltos, la inquisidora que pactó con las tinieblas y aún cabalga por los arcos del Ipiña, arrastrando consigo el poder, el miedo… y el castigo de su propia ambición.
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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