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SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 31 de octubre de 2025.- A principios del siglo XVIII, cuando los ríos Santiago y Españita eran caudalosos y su corriente rugía con fuerza en tiempos de lluvia, San Luis Potosí era una ciudad joven, de calles empedradas y casonas coloniales que temblaban ante las crecidas del agua.
En esos días, las corrientes desbordadas eran un espejo de tragedias y misterios, pero ninguna historia conmovió tanto como la de aquella mujer que vino del Real de Charcas, tan bella como desdichada.
Se decía que era una dama de educación refinada, de modales dulces y figura delicada, casada con el hijo de un próspero minero. Su vida parecía perfecta hasta que un galán forastero cruzó su camino.
La pasión fue más fuerte que la razón, y la traición más amarga que el oro. Cuando su esposo descubrió el engaño, la tragedia se selló con sangre: ella, en un arrebato de desesperación, dio muerte a ambos hombres, al esposo y al amante.
Huyó entonces del Real de Charcas, dejando atrás su apellido y su honra, refugiándose en la ciudad de San Luis Potosí. Allí, entre sombras y remordimientos, se entregó a la vida galante, buscando redención entre las penumbras de los mesones y las luces de las velas. Pero el destino, implacable como la corriente del río, le tenía reservada una prueba aún más dolorosa.
Tiempo después dio a luz a dos gemelos, hermosos y frágiles como un reflejo de inocencia que no merecía su madre. Durante un año los cuidó con devoción, hasta que la soledad y la culpa comenzaron a pesarle. Una mañana, impulsada por la locura del remordimiento, llevó a sus pequeños a los Charcos de Santana, un sitio de aguas quietas que se convertían en torrentes al caer la lluvia.

Allí, entre los juncos, se adentró con ellos en el río. Primero los acunó, luego los soltó. La corriente, implacable, se los llevó mientras ella quedaba paralizada entre el miedo y el arrepentimiento. Cuando intentó salvarlos, el río la arrastró también, pero fue rescatada por unos hombres que la escucharon gritar. Nada pudieron hacer por los gemelos.
Desde ese día, su razón se perdió en las aguas del Santiago. En el hospital, delirante, clamaba noche y día por sus hijos. Murió sin consuelo, y cuentan que su alma nunca encontró descanso.
Las crónicas más antiguas dicen que, desde entonces, una mujer vestida de blanco camina por las calles cercanas al río Santiago y a los Charcos de Santana, después de la medianoche.
Su silueta brilla con un resplandor tenue, como si las lágrimas que derrama fueran de luz.
Los que han tenido el infortunio de cruzarse con ella aseguran escuchar su voz lejana llamando a sus pequeños entre sollozos. Es la Dama, la madre que aún busca, entre las aguas del olvido, a los hijos que ella misma dejó ir.
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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