TAMASOPO, SLP., 12 de julio de 2020.- Esta vez El Cafetal no nos abrirá sus puertas para ir en pos de su Puente de Dios, apenas si usamos un costado sombreado de sus vías para desayunar, con el aderezo de la contemplación de su cordillera verde, donde una tenue neblina nos deja ver parte de lo que será nuestro recorrido; rodeamos la vieja estación pero alcanzamos a beneficiarnos de la amabilidad de ese reducto indígena pame en el municipio huasteco de Tamasopo, salpicada de recomendaciones y palabras de aliento.

Caminamos hacia la sierra, a un costado de las paralelas -que serán nuestras mudas compañeras y fieles testigos la mayor parte de la andanza-, arribamos al primer señalamiento, que marca el kilómetro 457, justo en la curva, dejamos la ruta del tren y pasamos a un costado de la entrada alternativa del paraje Puente de Dios. Tomamos una carretera empedrada que conforme se interna en la selva se convierte en precario camino y luego en sendero angosto.

El túnel número 6.

SUBIENDO LA SIERRA

Esa estrechez permite un mayor contacto con la naturaleza: Mariposas aquí y allá, gusanos coloridos, ciempiés sorprendentes, grillos cantadores, cigarras melodiosas, saltamontes vivaces, y temerarias hormigas -“cubanas”- a las que más vale mantener a distancia (so pena de que un dedo se te adormezca con la picadura). La hojarasca hace mullido el paso y más llevadero el ascenso, que al paso de los minutos se convierte en un verdadero reto a la condición física.

El olor a naturaleza inunda los pulmones, que requieren de más oxígeno para seguir avanzando hacia arriba, sorteando piedras, ramas, troncos, y resbalosos tramos que te pueden mandar de regreso varios metros; se agradece la frescura del follaje, que –al menos ahí- te libra un poco del sol, pero no dejas de sudar por el esfuerzo que significa seguir subiendo. La primera meta es llegar al kilómetro 450, es decir, ese atajo por la escarpada nos habrá ahorrado siete kilómetros de vía.

Edificaciones perdidas en la nada.

UNA VÍA EN LAS ALTURAS

Allá adelante, casi encima de nosotros, se nota un claro: Es nuestro objetivo inicial, encontrarnos de nuevo con las paralelas de hierro; llegamos, una hora de camino y primer paso superado. Es bien merecido el descanso, lo hacemos encima de unos durmientes, mientras contestamos mensajes en el teléfono (pues la altura –seguramente- favorece la existencia de señal); aprovechamos también para contemplar el paisaje desde esa privilegiada perspectiva, y admirar El Cafetal desde muy arriba.

Las quilas y los papanes parecen jugar una competencia de escándalo ante nuestra presencia, apenas se aquietan un poco cuando una camioneta de Kansas City Southern (KCS, la empresa estadounidense que administra los trenes de carga) hace sonar su claxon al descubrirnos grabando y fotografiando. Con el primer cansancio que acabamos de pasar nos viene a la mente el deseo de un aventón, pero el vehículo sigue de largo.

La estación, abandonada.

CASAS PERDIDAS EN LA NADA

En ese primer kilómetro sobre la ruta del ferrocarril (en lo que es el rumbo Tampico-San Luis) sorprende una casa enmontada en medio de la nada, vías abandonadas engullidas por la vegetación, pero más llama la atención, a lo lejos –y acercándose hacia nosotros- una pequeña familia compuesta por dos mujeres (una más adulta que la otra) y dos niños que no pasan los diez años; aún en plena sierra la cordialidad huasteca sigue presente, y es infaltable el saludo al encontrarnos.

Pasamos el kilómetro 449 –según muestra el siguiente anuncio que cuenta a la inversa- y el chasquido de nuestros pasos sobre las piedras entre los durmientes va espantando lagartijas y chapulines a cada momento; de repente escuchamos ruidos extraños en el costado que da a la sierra, preferimos quedarnos con la duda acerca de su autoría. En el lado contrario, el abismo llama la atención, y estar por encima de las copas de los árboles nos da cierto sentimiento de superioridad; nos dejamos acariciar por el viento.

Al llegar al kilómetro 448 otra casa nos sorprende, también perdida en la montaña; un perro que advierte nuestra presencia, aúlla lastimero desde su encierro. Más adelante -flanqueada por platanales y en el lado opuesto- un cuarto de piedra que refleja antigüedad, nos hace detenernos: Es la estación Verástegui, construida por el antiguo Ferrocarril Central Mexicano por concesión número 17 con fecha de 8 de septiembre de 1880 (según el Sistema de Información Cultural).

Perdida entre la maleza un poco amenazante e incierta, desistimos en rodearla o explorar. Preferimos subir a su torre de vigía para atisbar de más alto, sacándole provecho a los seis metros de la escalerilla de fierro, que se mueve mientras escalamos, mantenemos el equilibrio, alertas a que por lo desvencijado se pueda venir abajo; como sea tratamos de distinguir nuestro siguiente propósito inmediato: El primer túnel, pero no.

Familias Pames subiendo la sierra.

EL TÚNEL NÚMERO 8

En el kilómetro 447 una barda enorme que se ve a lo lejos, nos hace ilusionarnos con la meta posterior, pero no se trata del subterráneo todavía; debemos avanzar un poco más: Hasta el 446+718, entonces sí, ahí está justamente, luego de dos horas de andanza, el túnel número 8 (el primero para nosotros), con sus 68.5 metros de largo, 5.45 metros de ancho, y 6.60 de altura; llaman la atención sus paredes artísticamente recubiertas de piedra de corte y la perfección en la curvatura de sus arcos.

Al cruzarlo, la salida nos acerca cada vez más al objetivo; incluso en la zona del abismo nos van sorprendiendo enormes rocas que se elevan como picos en su parte alta, pero lo más asombroso resulta verlo, allá a la distancia, de costado, con su alargada cordillera provista de salientes de piedra, en cuya cima destaca un poste de luz, que nos preguntamos lo difícil que pudo ser ponerlo ahí, a más de mil metros de altitud sobre el nivel del mar.

EL ESPINAZO DEL DIABLO

Sentirlo próximo nos emociona tanto que apenas si saludamos a los dos trabajadores de KCS que aceitan los rieles, porque luego ya vemos adelante la entrada al túnel (número 7, segundo en nuestro trayecto), que con sus paredes poco pulidas le dan un aspecto tétrico, de sombras tenebrosas, y muy apropiado con el nombre del sitio al que estamos cruzándole por dentro: El Espinazo del Diablo. Han pasado 150 minutos desde nuestro punto de partida.

Enseguida del pasadizo aparece el kilómetro 446, desde donde la apreciación de la cordillera permite dar más rienda suelta a la imaginación: Con el ente reposando, de lado, y su espalda lanzada al cielo, protegida con una especie de espinas de dura piedra, y la neblina –a pesar de ser mediodía- dándole un aspecto siniestro, como de película de horror, en la que esperarías que el demonio se pusiera en movimiento y emergiera amenazante entre la montaña.

Recorrido por la sierra, toda una experiencia.

Es un aspecto lóbrego que nos lleva a recordar las historias contadas por Maribel Martínez –experta expedicionaria de la zona- a quien sus antepasados narraban que para crear ese túnel tuvieron que hacer un pacto con el diablo, porque luego de trabajar en su apertura durante horas, cuando regresaban al siguiente día, como por arte de magia, el lugar estaba intacto. Espejismos, laberintos, tesoros escondidos, vagones perdidos al fondo del abismo, y hechos poco naturales e inexplicables rodean el área.

LA ESTACIÓN ABANDONADA

En ese momento lo que surge –realmente- desde el orificio en la sierra, es la camioneta de la compañía ferroviaria, que más adelante se detendrá de nuevo, para tareas de mantenimiento de la vía, en el kilómetro 445, donde está el siguiente túnel, tan estético como el primero que cruzamos, y nada comparable con el grotesco interior en el Espinazo del Diablo. Aquí lo llamativo es la forma en la que raíces de árboles enormes se han entrelazado con las paredes de piedra, fusionándose caprichosamente.

Al salir seguimos viendo a lo lejos la peculiar cordillera, que a la distancia define mejor su forma, con la blancura de las rocas entre el verdor de la montaña; su túnel cada vez más empequeñecido por la distancia, y la salida de la vía, apenas perceptible. Nosotros ya vamos enfocados hacia el siguiente y último objetivo que rubricará esta singular expedición: La estación abandonada que lleva el mismo nombre de la formación pétrea.

Su arribo nos toma aún dos kilómetros más, hasta el 443; justo pasando el anuncio doblamos la curva donde se divisa la construcción, perdida en medio de la nada: 30 metros de largo, cinco de altura y otros tantos de profundidad. Explorarla entre el ruido y el olor de la vegetación, que la ha invadido casi por completo, nos sumerge por momentos en pasadizos oscuros –comparables a película de suspenso- hasta terminar recorriendo la veintena de cuartos, elaborados en piedra que ha resistido más de un siglo de antigüedad.

Hablando de imaginación, igual podríamos trasladarnos a esos años cuando el lugar no solamente servía de descanso para los trabajadores del ferrocarril, sino que llenaba de bonanza económica a la gente de la comarca, que emergía entre las veredas serranas para traer sus mercancías y venderlas a los usuarios del tren de pasajeros; ahora los senderos están casi borrados y seguramente llenos de felinos, reptiles y demás animales salvajes.

ESPERANDO UN NUEVO VIAJE…

Ese mismo panorama sombrío (en el contexto monetario), se compara con la edificación afectada por el tiempo, pero que a la vez se aferra a una esperanza, lejana sí, pero no deja de ser un anhelo que subsiste con un último hálito de vida: La reactivación del tren de pasajeros, y el regreso a la actividad de sitios como estos, que agonizan en el olvido. Nosotros, mientras reflexionamos nos tomamos un merecido descanso, tres horas después desde la partida, y preparándonos para el retorno.

Serán otros ocho kilómetros de regreso hasta El Cafetal, por eso entre las escalas para la hidratación aprovechamos que la naturaleza nos dota, y el único machetazo que asestamos ha servido para desprender un racimo de plátanos silvestres, compartido más adelante con los pequeños de la familia pame que en la mañana encontramos, habitantes de la vivienda solitaria del kilómetro 448, y amables proveedores de un poco de agua que acarrean de un nacimiento cercano.

Apenas cruzan palabras en nuestra lengua, carecen de servicios elementales, y de apoyos de gobierno. La ausencia del ferrocarril desde 1997 hace que su vida diaria sea un ejercicio permanente de supervivencia; deben remontarse de vez en cuando a la zona poblada para abastecerse de unos cuantos víveres, y superar el esfuerzo físico y el hambre que nosotros sentimos ese día, pero que para ellos es un proceso cotidiano. Es entonces, cuando ese infierno se vuelve más verídico que las propias leyendas del Espinazo del Diablo.