Congreso Nacional Charro proyecta derrama superior a $800 millones
SAN LUIS POTOSÍ, S.L.P., 28 de noviembre de 2025.–En Bahía Blanca 614, en Prados Tercera, hay una casa que huele a hogar antes que a cualquier otra cosa. Un olor dulce, tibio, envolvente —mezcla de buñuelos recién hechos, galletas horneándose, masa en reposo, azúcar que canta en el aceite caliente—te recibe incluso antes de tocar la puerta. Es un aroma que parece anunciar que ahí dentro vive una familia que aprendió a levantarse ante todo, una familia que convirtió la adversidad en oficio, y el oficio en esperanza.
En ese lugar, entre charolas apiladas, moldes, espátulas y una cocina que nunca descansa, trabaja Martha Elena Villanueva Castillo, una mujer que habla con la sencillez de quien ha sobrevivido a más de lo que cuenta, y con la fuerza de quien jamás se permitió rendirse. Desde hace más de diez años, Martha encontró en la repostería no solo una forma de vida, sino una mano extendida para sostener a su familia cuando más lo necesitaba.


La chispa que detonó todo llegó con un diagnóstico: su hijo Emiliano, hoy de 16 años, fue diagnosticado con Trastorno del Espectro Autista, nivel 1, antes conocido como síndrome de Asperger.
Aquello que primero llegó como un golpe, como una palabra que pesa porque asusta, se transformó con el tiempo en un nuevo entendimiento del mundo.
Martha lo dice con claridad y orgullo.“Lo que al principio pensé que era algo malo… entendí que no lo era. Era una bendición, una nueva forma de verlo crecer.”
En aquel entonces, Martha trabajaba en la zona industrial como operaria. Cuando el diagnóstico llegó, llegó también una decisión inevitable, dejarlo todo. Emiliano necesitaba atención, terapias, acompañamiento, paciencia y ella decidió dárselo.

La economía familiar se resintió. “Tengo que buscar la manera”, recuerda que se dijo a sí misma. Y, como quien vuelve a un recuerdo de infancia para rescatarse, retomó algo que siempre le había gustado: hacer buñuelos y repostería.
No sabía entonces que estaba a punto de levantar, con sus manos, un pilar para toda la familia.
Una cocina que también es trinchera
Hace doce años Martha comenzó a vender buñuelos. Los primeros se rompían, confiesa entre risas. “Me frustraba… pero dije: no me voy a rendir”. Y no lo hizo.

En temporada alta —entre reliquias, rezos, días de santos y diciembre— llega a preparar entre 300 y 400 buñuelos por día. Los hace delgados, doraditos, enteros, con esa perfección que solo se logra con práctica y corazón. No se rompen. “Eso ya es la experiencia”, dice orgullosa.
Pero los buñuelos son apenas una parte de todo lo que elabora, galletas, pasteles, empanadas, cupcakes, encargos semanales, pedidos especiales. Su mesa es un ir y venir de harina y creatividad; su casa, un taller que late.
Y no trabaja sola.
Emiliano, el hijo que encontró en la repostería una forma de expresarse, con 16 años, estudia en una preparatoria de apoyo especial. Va bien, le gusta, es responsable. Y en sus días libres ayuda en casa: cuenta buñuelos, empaca, voltea piezas, acomoda charolas. Lo hace con precisión y gusto. Lo hace porque le nace.
“A veces solo me ve trabajar y me dice: ‘Mamá, ¿puedo ayudarte?’ Y claro que sí”, cuenta Martha con brillo en los ojos.
Él aprendió sin que nadie lo forzara, sin que nadie le dijera cómo debía vivir. Aprendió mirando, explorando, tocando, intentando. Aprendió porque quiso. Y Martha entendió que su hijo no tenía límites, sino caminos distintos.
El día que comenzó todo
El diagnóstico no llegó de golpe, sino de observaciones. En el kínder, la maestra veía algo diferente en Emiliano. No “malo”: diferente. “Tiene habilidades que los demás no tienen para su edad”, le dijeron.

Aquello que Martha interpretó como un problema, la maestra lo vio como un mundo por explorar. A partir de ahí vinieron terapias, dudas, aprendizajes, lágrimas y alivios.
La palabra “síndrome” asusta, confiesa Martha. Pero las terapias también la fueron sanando a ella.
“Comprendes… y entiendes que no es algo malo. Al contrario, son niños muy inteligentes, muy independientes.”
Una familia que no se suelta
El negocio no lo levantó sola. A su lado están sus hijos, que ayudan a empacar, surtir y apoyar en lo que se necesite; su esposo, quien trabaja y sostiene junto a ella los gastos; y también sus hermanas, quienes han sido un respaldo emocional y práctico en este camino.


Todo se sostiene porque todos están. Porque así funciona esta casa que huele a buñuelos: con manos que se ayudan, con miradas que se comprenden, con amor que se multiplica.
El mensaje que Martha envía a otras madres
Antes de terminar la entrevista, le preguntamos qué les diría a las mamás que hoy reciben un diagnóstico como el que ella recibió hace 16 años.

Martha respira profundo, mira hacia la cocina como si ahí estuviera la respuesta, y dice:
“Ayúdenlos. Intégrense con ellos. Aprendan de ellos, porque te sorprenden mucho. No los limiten. A veces el problema somos nosotros, los papás, por sobreproteger. Ellos pueden, ellos saben, ellos quieren. Solo necesitan que caminemos con ellos, no delante de ellos.”
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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