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SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 28 de octubre de 2025.- Con su inconfundible aroma a azahar, mantequilla y azúcar, el pan de muerto, más allá que un alimento: es símbolo de memoria, de reencuentro y de amor. Cada bocado encierra siglos de historia, donde las culturas prehispánicas, la religión y la panadería mestiza se entrelazan para rendir homenaje a quienes ya no están.
Su origen se remonta a antiguos rituales de ofrenda a los dioses y a los muertos. En tiempos prehispánicos, los pueblos del Altiplano ofrecían a sus deidades “panes” de amaranto y miel de maguey con figuras de mariposas o rayos llamados xonicuille, dedicados a la diosa Cihuapipiltin, protectora de las mujeres que morían en el primer parto. Fray Bernardino de Sahagún describió aquellos panes como “panes sin cal”, hechos de maíz seco y tostado, conocidos como yotlaxcalli.

Otros cronistas, como fray Diego de Durán, relataron que en las celebraciones a Huitzilopochtli se elaboraban ídolos de amaranto y miel que luego eran repartidos entre los asistentes. Aquel alimento, considerado sagrado, simbolizaba la comunión entre los vivos y los dioses.
Con la llegada de los españoles, el sincretismo dio forma a lo que hoy conocemos como pan de muerto. Las técnicas del trigo y la levadura se mezclaron con las tradiciones indígenas de ofrenda, dando paso a una nueva forma de devoción culinaria: el pan redondo, suave y ligeramente dulce, cubierto de azúcar y decorado con huesos y lágrimas de masa que representan el ciclo de la vida y la muerte.
Un sabor distinto en cada rincón del país
Cada región ha dotado al pan de muerto de una identidad propia. En el centro del país predomina el tradicional pan redondo con azúcar; en Oaxaca, el pan de yema se adorna con caritas de azúcar; en Puebla se aromatiza con anís; en Yucatán se elabora el mucbipollo, un tamal horneado bajo tierra; mientras que en Michoacán el pan se perfuma con esencia de naranja y se acompaña de chocolate caliente.

En San Luis Potosí, las panaderías locales mezclan recetas ancestrales con toques modernos, por lo que algunas familias aún lo preparan en hornos de barro, como símbolo de continuidad y de cariño hacia quienes regresan del más allá.
El pan de muerto que adorna los altares representa la dulzura de la vida y la promesa del reencuentro.
Colocado junto a las velas, el incienso y las flores de cempasúchil, forma parte del lenguaje visual y espiritual con el que los mexicanos conversan con sus difuntos.
Tradición y aprendizaje que se renuevan
A pocos días del Día de Muertos, el aroma a pan recién horneado invade los pasillos del Instituto de Estudios Superiores en Gastronomía (IESEG), donde cada año estudiantes y maestros elaboran cientos de piezas de pan de muerto como parte de una práctica académica que combina técnica, tradición y creatividad.

El chef instructor Diego Armando Rodríguez, especialista en panadería y alta repostería, explica que esta actividad —que cumple cinco años— permite a los alumnos aprender de manera vivencial el proceso artesanal del pan.
“Comenzamos desde temprano con un prefermento, que tarda alrededor de una hora y media. Una vez listo, se trabaja la masa y se deja reposar para que el pan logre esa suavidad tan característica. Es un proceso que requiere paciencia, temperatura adecuada y precisión”, comentó.


El chef detalla que este año los estudiantes preparan tanto el pan tradicional cubierto de azúcar como versiones rellenas de crema de cajeta y Nutella, una fusión entre la repostería moderna y la panadería tradicional.
“Se producen entre 300 y 350 piezas por día. Cada una pasa por dos reposos antes de entrar al horno, y lo más importante es el trabajo en equipo; lo hacemos como un homenaje a nuestra cultura, más allá de una simple práctica escolar”, añadió Rodríguez.
Aprender para preservar
Para Valeria, alumna de séptimo cuatrimestre de Gastronomía, participar en la producción del pan de muerto es una experiencia que va más allá de la técnica, es una manera de preservar una tradición ancestral y de comprender su significado cultural.

“Cada año la escuela realiza la venta de pan de muerto y nosotros participamos en toda la producción. No solo aprendemos el proceso, también entendemos la importancia de mantener viva esta tradición. Como futuros chefs, somos parte de quienes continuarán el legado del pan de muerto”, compartió.
La joven considera que elaborar este pan es una forma de conectar con la historia y con la memoria colectiva del país.


“Es un símbolo que une a las familias, que nos recuerda de dónde venimos y que cada año nos invita a compartir”, dijo.
El sabor que perdura
Entre el murmullo de los hornos y el dulce aroma del azúcar, el pan de muerto sigue siendo un emblema de la cultura mexicana.


Su preparación, transmitida de generación en generación, ha resistido el paso del tiempo y las modas culinarias.
En cada pieza hay un pedazo de historia, de fe y de cariño. Es el pan que se come con respeto, que se coloca con amor en el altar y que cada noviembre nos recuerda que la muerte, en México, también sabe a vida.
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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