Va la nueva Ley de economía digital en México
Visión Financiera
Por Georgina Howard
Hablar sobre filtraciones de información se ha concentrado en una pregunta casi inmediata: ¿qué datos pueden utilizarse para sacar dinero?
Bajo esa lógica, un número de tarjeta, una contraseña o una cuenta bancaria parecen representar un riesgo evidente, mientras que un nombre, un teléfono o una fecha de nacimiento pueden parecer información secundaria. El problema es que el fraude digital ya no funciona únicamente a partir de un dato financiero.
La información personal puede tener otro valor cuando se utiliza para construir confianza. Saber cómo se llama una persona, qué correo utiliza o qué teléfono tiene permite elaborar un contacto que no necesariamente parece extraño.
Si a esos datos se suma una referencia a una reservación, un servicio, un pago o cualquier otra actividad reconocible, el engaño puede adquirir una apariencia distinta. El objetivo no siempre es obtener dinero en el primer contacto, sino conseguir que la víctima entregue el siguiente dato.
El caso de la base que comenzó a circular en Telegram, con más de 15 millones de registros, resulta útil para entender esta transformación. Más allá de confirmar su origen y alcance —una tarea que corresponde a la investigación de las autoridades—, el episodio obliga a cuestionar una idea que todavía persiste: que solo los datos financieros representan un riesgo serio.
La propia información conocida hasta ahora muestra que también existen otros datos capaces de adquirir relevancia cuando se combinan y se utilizan para generar confianza.
En esa discusión, la ciberseguridad tiene que mirar más allá del momento en que una información deja de estar bajo control. Silent4Business, firma especializada en la materia que dirige Layla Delgadillo, plantea que una exposición de datos puede convertirse en un insumo para ataques posteriores de phishing y suplantación.
El riesgo aparece cuando un tercero puede utilizar información auténtica para construir una comunicación falsa que parezca suficientemente familiar como para bajar las defensas de quien la recibe.
Ahí aparece una de las dificultades actuales de la prevención. El usuario ya no solo necesita preguntarse si un mensaje contiene una solicitud de dinero o una contraseña. También debe cuestionar cómo obtuvo el remitente la información que utiliza para contactarlo.
El dato correcto dentro de un mensaje incorrecto puede ser precisamente el elemento que reduzca las sospechas y lleve a una persona a entregar información que inicialmente no estaba comprometida.
Las cifras muestran que no se trata de un riesgo marginal. The Competitive Intelligence Unit estima que durante 2025 ocurrieron 6 millones de fraudes cibernéticos en México. Ojo con este dato: siete de cada 10 fraudes ocurrieron por canales digitales y 13.5 millones de personas han sido víctimas de phishing.
La discusión, entonces, no debería reducirse a determinar si una base de datos contiene o no información financiera. También importa preguntarse qué puede hacer un atacante con los datos que parecen menos peligrosos.
El caso que actualmente analizan las autoridades todavía necesita esclarecer su origen y alcance, pero deja una lección de prevención más amplia: en la economía digital, un dato personal no necesita permitir un retiro de dinero para tener utilidad. A veces basta con que ayude a que un engaño parezca verdadero.





