Control de daños
Hay firmas que comprometen mucho, demasiado, y otras que apenas garabateamos por salir al paso y posar para la fotografía. La prueba de fuego viene después, cuando llega el momento de demostrar si aquello que se suscribió era convicción o trámite. Por eso tanto divorcio. ¿No creen?
Guardando las proporciones, en el proceso interno del PAN para definir a quien encabezará los trabajos de la Defensa de la Patria, la Familia y la Libertad en la capital de San Luis, los cuatro principales aspirantes -los otros son relleno de chocolate- firmaron una carta de compromiso de unidad. No era poesía partidista para Verónica, David, Rubén ni Marcelo, el único no panista.

Era un pequeño código de conducta: respeto, reglas, disciplina, cohesión y, sobre todo, aceptar que el interés del partido debía estar por encima del interés personal. Ajá.
En fin, por acá creemos que vale la pena releerla ahora a la luz de lo que ha ocurrido en estas semanas con la campaña bizarra de Marcelo de los Santos Anaya, o junior. Quien la ha incumplido reiteradamente, claro está.
RESPETO. La carta pedía una conducta respetuosa hacia los demás participantes, la dirigencia y la militancia, evitando expresiones y acciones capaces de provocar confrontación o división. Sin embargo, el proceso de Marcelo de los Santos ha transitado entre señalamientos (novato) al Ayuntamiento de Galindo (uno de sus impulsores), cuestionamientos de rudeza innecesaria a dirigentes y compañeros de partido y episodios vergonzosos de confrontación absurda y hasta clasismo con compañeros de medios de comunicación. Se ve a kilómetros la ausencia de expertise en estos menesteres, donde sabemos que una cosa es competir, y otra, convertir la competencia en un ejercicio de descalificación, solo porque no se sabe otra.
SUJETARSE A LAS REGLAS Y A LOS TIEMPOS. Aquí la contradicción se vuelve más evidente. El PAN todavía está construyendo su propio mecanismo de definición interna y Santiago Taboada ha insistido en que las encuestas que cada aspirante presente por su cuenta no son las que determinarán al candidato. Aun así, Marcelo ha colocado una y otra vez sus propias mediciones en el centro de la conversación, incluso dos días después de que se le señaló que el proceso no se resolvería de esa manera. Eso, aquí y en China, se lee como desprecio por el partido que busca que lo postule. Si la regla dice que el árbitro nacional medirá, ¿qué sentido tiene comportarse como si ya se hubiera levantado el marcador? ¿querer imponerse con encuestitis, latigazos o a costa de lo que sea?
RECONOCER LAS DECISIONES DE LA DIRIGENCIA. Este compromiso no pide simpatía; pide institucionalidad. Significa entender que una decisión partidista no deja de ser válida porque no favorezca las expectativas personales. Y ahí está precisamente la prueba pendiente: si hoy se cuestiona la ruta marcada por la dirigencia cuando no coincide con la propia estrategia, ¿qué ocurrirá el día en que la decisión definitiva no favorezca a Marcelo? ¿Seguirá queriendo a su ciudad? ¿O hará berrinchito?
PRIVILEGIAR LA COHESIÓN SOBRE EL INTERÉS INDIVIDUAL. Este quizá sea el corazón de toda la carta. Porque todos quieren ganar. Precisamente por eso existe un acuerdo de unidad. La candidatura no puede convertirse en propiedad anticipada de quien se asuma puntero antes de que el partido termine de decidir. Hablar de unidad mientras se construye una candidatura alrededor de la propia ventaja, de las propias encuestas y de la propia narrativa es, cuando menos, una contradicción difícil de ignorar.
CANALIZAR LAS DIFERENCIAS POR LAS VÍAS INTERNAS Y SUMARSE AL TRABAJO DEL PARTIDO INDEPENDIENTEMENTE DE QUIÉN ENCABECE EL PROYECTO. Este es, quizá, el compromiso que más importa al final. Porque ganar una candidatura es una cosa; saber perder dentro de una institución es otra. Y la verdadera disciplina partidista no se prueba cuando las reglas te favorecen, sino cuando dejan de hacerlo. Pero bueno, Marcelito no es panista, ¿qué lo obliga a sumarse? Nada.
Hay, además, una escena reciente que vuelve todavía más interesante este contraste.
Hace exactamente una semana, Rubén Guajardo lanzó el reto de transparentar el proceso y no se quedó en el discurso. Presentó su 3 de 3 —patrimonial, fiscal y de intereses— y lo amplió a un 6 de 6 con constancias de no deudor alimentario a nivel local y nacional, carta de antecedentes no penales y un antidoping de seis sustancias, con resultados negativos. Su argumento fue práctico: “si el proceso pretende ser transparente, nadie debería tener problema en acreditar públicamente aquello que está dispuesto a ofrecerle a la ciudadanía.”

No es poca cosa. Porque mientras uno de los aspirantes decidió poner documentos sobre la mesa para hablar de transparencia, otro ha insistido en poner encuestas sobre la mesa para hablar de una ventaja que claramente ni siquiera tiene. Marcelo puede tener derecho a aspirar, a competir, a defender su proyecto e incluso a considerar que es quien tiene mayores posibilidades. Lo que no debería tener es el privilegio de interpretar las reglas según la conveniencia del momento.
Suponemos que una carta de compromiso no se firma solamente para cuando todo sale bien, sino para cuando la ambición aprieta, la encuesta no favorece, la dirigencia nos vapulea o contradice, el adversario incomoda y la candidatura parece diluirse como espejismo en el desierto.
Si los cinco acuerdos —respeto, reglas, institucionalidad, cohesión y disciplina— fueron signados para construir unidad, pero la conducta de Marcelo sigue caminando en dirección contraria, queda clarísimo que solo la garabateó, pero nunca la leyó. El PAN debería preguntarse algo antes de entregar esta bandera: no solamente quién puede ganar la alcaldía, sino quién podrá recordar, después de ganar, que la candidatura es del partido que se la confió.
No olvidemos tampoco que el panismo potosino está exangüe desde hace ya varios años, reconstruirse es ahora o nunca, jugarse el todo por el todo; y el tema no es menor, considerando que han tenido que competir con candidatos externos -hasta priistas- que no solo los utilizan transitoriamente, sino que acaban despreciándolos.
Marcelito tiene toda la pinta.




