Palabras y juicios irredentes
Soy profesor de la UAEM desde hace años. He visto paros, marchas, tensiones, negociaciones, entusiasmos y frustraciones. Pero lo que ha ocurrido en estos diez días no se parece a nada que yo haya vivido dentro de la universidad.
No es un movimiento convocado desde arriba, ni articulado por grupos tradicionales, ni empujado por agendas externas. Es algo más simple y más profundo: es orgánico. Lo he entendido en el diálogo con mis estudiantes.
En sus silencios, en sus mensajes, en sus dudas, en su rabia contenida. Lo he entendido en la forma en que se miran entre ellos, como si de pronto hubieran descubierto que la universidad —su espacio, su refugio, su mundo— también puede quebrarse. La desaparición de Kimberly fue el punto de quiebre. No porque la inseguridad sea nueva, sino porque esta vez tocó a alguien que podría haber sido cualquiera de ellos.
Y porque, aunque las autoridades han actuado con rapidez, la sensación de indefensión venía acumulándose desde hace años. No es responsabilidad exclusiva del gobierno actual; es el resultado de administraciones que dejaron crecer la violencia hasta volverla parte del paisaje. Las últimas dos, en particular, sembraron un deterioro que hoy pagamos todos.
El movimiento que nació solo
El jueves 26 de febrero, el movimiento rebasó los límites de la UAEM. Los estudiantes tomaron las calles sin esperar permiso, sin esperar conducción, sin esperar que alguien “los organizara”. El viernes cerraron los accesos de la máxima casa de estudios durante horas.
Y después, ante lo que percibieron como falta de operación interna y externa, como ausencia de interlocución clara, decidieron tomar Rectoría. En cuestión de horas, el tema dejó de ser universitario y se convirtió en asunto más allá del campus. Mucho se ha dicho sobre la presencia de actores externos. Y sí, los hay, los hemos visto. Pero sería injusto y profundamente equivocado reducir lo que ocurre a la influencia de terceros.
El corazón del movimiento es estudiantil. Lo sé porque lo he visto en mis clases, en mis chats, en mis grupos de trabajo. Lo sé porque todas las facultades y escuelas —todas— enviaron a sus profesores un comunicado en el que se niegan a acudir a clases presenciales o virtuales. No por capricho, sino por duelo, por indignación y por miedo. Ayer mis alumnos me dijeron: “no es falta de respeto profesor”. Y me quebraron. No están protestando solo por Kimberly.
Están protestando por lo que sienten como su propia vulnerabilidad frente a un mundo que no les garantiza seguridad ni justicia. Esos que les llaman “generación de cristal”, ¿no se han mirado al espejo, no han visto el mundo que les heredamos, no se dan cuenta que fuimos generación de agachones (no todos, unos sí protestamos) que aguantó todo?
El modelo universitario y lo que sembramo En medio de esta conmoción, he pensado mucho en algo que a veces olvidamos: el modelo universitario que defendemos nos obliga a formar estudiantes con pensamiento crítico.
Jóvenes capaces de cuestionar, de analizar, de no conformarse con explicaciones incompletas. Jóvenes que, cuando sienten que algo no está bien, lo dicen, lo discuten, lo llevan al espacio público. Lo que estamos viendo no es una falla del modelo.
Es, en cierto sentido, su consecuencia más honesta. Una butaca vacía en el Zócalo Ayer, las y los estudiantes tomaron nuevamente las calles. En el Zócalo de Cuernavaca se colocó una butaca vacía. Una sola. Una silla escolar en medio del centro político del estado. No hacía falta más. Esa butaca es una espina en el corazón. Era Kimberly. Era la ausencia.
Era la pregunta que nadie sabe responder: ¿cómo llegamos hasta aquí? ¿Qué sigue ahora? Como profesor, sé que no basta con pedir calma. Tampoco basta con pedir paciencia. La comunidad está herida, y una herida así no se administra: se acompaña.
Las autoridades deberán continuar la investigación con rigor, comunicar con claridad y garantizar justicia. La universidad deberá escuchar más, abrir más espacios, reconocer el dolor de sus estudiantes y reconstruir la confianza.
Y nosotros, los profesores, tendremos que estar ahí: no solo para dar clase, sino para sostener, para orientar, para ayudar a que este momento no se convierta en ruptura. Pero hay algo más profundo: esto no se resuelve solo con instituciones.
Lo que ocurrió con Kimberly nos obliga a mirarnos como sociedad. A reconocer que la violencia contra las mujeres no es un fenómeno aislado, sino una estructura que atraviesa todo. A entender que la inseguridad que hoy estalla en la UAEM es el resultado de años de abandono, de normalización, de silencios.
Mis estudiantes no están pidiendo privilegios. Están pidiendo vivir sin miedo. Y esa demanda, tan básica y tan justa, debería ser suficiente para que todos —gobierno, universidad, familias, profesores, sociedad— nos preguntemos qué estamos dispuestos a cambiar para que ninguna otra butaca vuelva a quedar vacía.





