La burla de no mentir, no robar, no traicionar
Este episodio verdadero tuvo lugar el sábado 2 de diciembre de 1967 en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Denise Darvall, una chica de 26 años, iba a comprar un pastel para su madre y en el camino la atropellaron. Llegó al hospital Groote Schuur con muerte cerebral, pero su corazón estaba sano y seguía latiendo. En la madrugada siguiente el doctor Christiaan Barnard lo trasplantó a Louis Washkansky , un blanco de 53 años que había sido desahuciado, y cambió para siempre la historia de la medicina.
Pero quien llevó a cabo la delicadísima extracción del corazón de Denise sin dañarlo y lo preparó para el trasplante fue Hamilton Naki, un negro sin estudios médicos que aparecía como jardinero del hospital. En aquel siniestro régimen del apartheid, el distinguido doctor Barnard pudo ser echado al calabozo por dejar entrar a Naki al quirófano para blancos y tocar a un paciente rubio de ojos claros. Así que nadie dijo nada.
El procedimiento fue un éxito. El corazón de la chica comenzó a latir en el pecho de Washkansky. La noticia dio la vuelta al mundo en cuestión de horas. Sudáfrica apareció de pronto en las primeras planas por una hazaña médica.
Como suele ocurrir, la historia maquilló el relato. Barnard quedó inscrito como el pionero absoluto de los trasplantes, su nombre se volvió sinónimo de audacia quirúrgica y Naki, el extraordinario cirujano, se fue en pesera a leer la biblia a su choza sin luz ni agua.
Washkansky sobrevivió 18 días. Murió no por fallas del corazón trasplantado ni de la cirugía, sino por una infección. La medicina había resuelto cómo cambiar el órgano, pero no cómo hacer que el cuerpo lo aceptara.
Hamilton Naki era muy joven cuando llegó a la cirugía. Uno de los profesores del hospital le pidió que dejara de cortar el pasto y lo ayudara a sostener una jirafa en la que estaba operando. El médico vio la destreza del chico y lo llevó al laboratorio. Eran los tiempos en que se practicaba en animales y muy pronto Naki se hizo experto en cateterización, sutura, intubación, anestesia y cuidado postoperatorio. Los estudiantes blancos aprendían a su lado cómo no perder el pulso al manejar el bisturí.
Hay que decir que Barnard, quien se oponía al apartheid, lo respetaba y lo recibía en su casa... siempre que no hubiera peligro de una delación. Pero si llegaban visitas, a Hamilton lo mandaban al jardín. Cuando a Barnard le dio artritis en las manos, los servicios de Naki se hicieron más importantes.
Fue ascendido a técnico y posteriormente a técnico senior, el nivel más alto que la universidad podía otorgarle bajo las leyes del apartheid. En una entrevista poco antes de su muerte, Barnard lo llamó “uno de los grandes investigadores de todos los tiempos” y añadió que “era mejor artesano que yo”.
Hamilton tuvo un papel importante en la formación de los más de tres mil cirujanos que estudiaron con Barnard. Con la derogación del apartheid en 1991 y la asunción de Nelson Mandela a la presidencia en 1994, recibió el reconocimiento que durante tanto tiempo se le negó. La Universidad de Ciudad del Cabo le otorgó en 2002 un título honorario de maestría en cirugía. En 2003, el presidente Thabo Mbeki le concedió la Orden de Mapungubwe, uno de los máximos honores del país. Hoy se le recuerda como héroe de Sudáfrica.
En el 2008 Cristina Karrer y Werner Schweizer estrenaron la película Corazón oculto, que narra la verdadera historia del primer trasplante de corazón humano, enfocándose en la relación silenciada por el apartheid entre Barnard y Naki. Hay que verla.
Este año celebramos el centenario del nacimiento de Hamilton Naki. Vio la primera luz en junio de 1926 en Ngcingane. Para escapar de la pobreza caminó a Ciudad del Cabo y encontró empleo como jardinero en el hospital Groote Schuur. Mantuvo a su familia con un mísero salario. No pudo costear la educación de sus hijos.
De este pasaje luminoso de la medicina, Ángel de la O escribió:
“La cirugía del 3 de diciembre de 1967 no resolvió el problema de la muerte. Lo desplazó. Lo volvió negociable. Introdujo una idea inquietante: el corazón podía ser tratado como una pieza reemplazable.
“En el mismo país donde un hombre no podía votar por el color de su piel, otro podía vivir unos días más con el corazón de alguien más.
“Porque aquel 3 de diciembre, en Ciudad del Cabo, no solo se trasplantó un órgano. Se trasplantó una posibilidad.”
