Conversé con el rector de una universidad privada importante; nuestra charla giró, como era de esperarse, sobre las necesidades de proyectar a la Ciencia, Tecnología e Innovación, CTI, en México y cómo lograrlo.

Para la charla partimos del hecho en el Art. 3º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, dónde, sin claridad completa, se hace referencia al 1% del PIB; lo que hace clamar a la comunidad en CTI para que tal cifra sea presupuestada en el recurso público federal.

Cuantificar el PIB no sólo incluye recursos públicos; así que asignar el 1% sólo de recursos públicos podría no corresponder al espíritu del texto constitucional, esto queda a interpretación por la falta de claridad en el citado artículo.

Si sólo fuera de recursos públicos la CTI encuentra que debe competir con otras necesidades y requerimientos que México tiene para ser productivo y próspero: Salud, energía, educación, desarrollo económico, sostenibilidad medioambiental, etcétera.

Las ideas nos llevaron a la necesidad de complementar los recursos públicos con los privados, entre las ventajas que comentamos es que ello permitirá a la CTI mexicana constituirse en un elemento de planeación nacional.

Para que el complemento se logre faltan políticas claras y la promoción de un ecosistema en CTI, que las empresas puedan invertir, desarrollar CTI con los fines de lucro, generación de empleos y riqueza en general y que las entidades públicas sostengan una producción científica de calidad.

Rondamos los requerimientos de inversión pública y privada; no, eso no es suficiente, porque son necesarias una activa estructura humana y una sostenida infraestructura física.

Ejemplo, en el sexenio pasado, ahí están las cifras, México logró una inversión pública como nunca antes en CTI; sin ser suficiente, pues, aunque la infraestructura incrementó, se volvió insostenible de tal forma que al final de sexenio caímos en condiciones de retroceso.

El rector con quien charlé en aquella ocasión inquiría si la CTI mexicana sería capaz de tener proyectos de desarrollo nacional equivalentes a 300mil mdp anuales; monto cercano a 10 veces el presupuesto de CONACYT, hacia donde encaminaría el 1% del PIB.

¿Qué haría la comunidad de cerca de 30,000 profesionales de la CTI si repentinamente se viera con 10 veces el presupuesto de CONACYT? ¿Qué haría, en promedio, cada miembro del SNI con los 10mdp anuales?

No está claro si cada uno de los miembros del SNI, sistema en referencia para el cálculo, sabría qué hacer con esa cantidad de recurso para potenciar sus propias investigaciones en CTI; aún más, mejor dicho, está claro que no necesariamente sabrían qué hacer.

Tampoco la iniciativa privada sabría cómo usar ese recurso, no está preparada; por ejemplo, trataría de adquirir activos, lo propuso con los otrora programas de estímulo a la innovación.

La iniciativa privada no comprendió, salvo excepciones dignas, que tales programas de CONACYT no fueron de fomento económico, esos eran otros programas, los de CONACYT eran para propiciar la CTI en su quehacer productivo.

En complemento, salvo interesantes excepciones, instituciones e individuos profesionales de la CTI tampoco entendieron que era una oportunidad para incrementar el número de cerebros trabajando en problemas científico-tecnológicos.

Un tema lateral, nada despreciable, es que el PIB presenta fluctuaciones anuales; el 2019 tuvo en decremento de casi dos puntos porcentuales; o sea, el 1% es variable en función de la capacidad productiva nacional.

Es mucho mejor tener planeaciones productivas y proyecciones de requerimientos para alcanzar las metas programadas; empero, la comunidad CTI rechaza tal modelo, prefiere seguir escribiendo artículos científicos en revistas de mediano o pobre alcance.

La CTI mexicana está perenemente latente; no sólo es la intervención oficial de CONACYT, que este sexenio ha sido desastrosa, sino además la incapacidad de su comunidad.

La charla terminó por falta de tiempo, será interesante continuarla.