Adoración a la muerte, una práctica milenaria
SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 2 de noviembre de 2026.- Hay ausencias que se hacen presentes en los momentos más inesperados: una canción que alguien solía cantar, el aroma de una comida que preparaba, una frase que repetía constantemente o una silla que permanece vacía durante las reuniones familiares.
El Día de los Fieles Difuntos, que se conmemora cada 2 de noviembre, es una oportunidad para recordar a los adultos que han fallecido y mantener viva su memoria a través de las tradiciones. Sin embargo, detrás de las fotografías, las flores de cempasúchil, las veladoras y los alimentos colocados en los altares, también existe una experiencia profundamente humana: el duelo.
Perder a una persona querida implica aprender a vivir con su ausencia. No se trata de un proceso que tenga tiempos establecidos ni una manera correcta de experimentarse. Para algunas personas, los primeros meses son los más difíciles; para otras, el dolor aparece años después, especialmente en fechas significativas, aniversarios o celebraciones familiares.
Recordar también forma parte del duelo
Desde la perspectiva psicológica, el duelo es una respuesta natural ante la pérdida de alguien significativo. Puede manifestarse mediante tristeza, enojo, culpa, nostalgia, dificultades para dormir o incluso momentos en los que parece que la ausencia se vuelve menos dolorosa.
No todas las personas viven este proceso de la misma manera. Tampoco significa olvidar o dejar de querer a quien murió cuando se recupera la alegría o se retoman las actividades cotidianas.


En este sentido, las tradiciones del Día de Muertos adquieren un significado especial. Preparar el platillo favorito de los abuelos, colocar la fotografía de los padres o encender una veladora permite expresar el cariño y recuperar recuerdos que forman parte de la historia familiar.
Estos rituales también abren espacios para conversar con niñas, niños y jóvenes sobre quienes estuvieron antes que ellos: cómo eran, qué les gustaba, qué enseñaron y por qué siguen siendo importantes para la familia.
Una ausencia y un legado
El duelo no tiene una fecha de vencimiento. Hay pérdidas que se transforman con el tiempo, pero cuyo recuerdo permanece como parte de nuestra identidad.
Por eso, el 2 de noviembre no tiene que ser exclusivamente una jornada de tristeza. También puede ser un momento para agradecer, contar anécdotas, compartir una comida y reconocer todo aquello que recibimos de quienes ya no están.
Si este año hay una silla vacía en tu mesa o una fotografía que miras con especial nostalgia, date permiso de sentir. Recordar, llorar, sonreír e incluso extrañar son formas distintas de transitar la ausencia.
Porque la muerte termina una presencia física, pero no necesariamente los vínculos, las enseñanzas ni las historias compartidas. Mientras alguien conserve un recuerdo y encuentre la manera de transmitirlo, una parte de quienes se adelantaron seguirá formando parte de nuestra vida.
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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