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Pronostican temperaturas de hasta -5 grados en zonas montañosas de SLP
SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 23 de enero de 2019.- Como parte de las celebraciones del 22 aniversario de la fundación del Colegio de San Luis (Colsan), los voladores de Tamaletom, del municipio de Tancanhuitz, se presentaron la tarde de este martes en el parque Tangamanga I.
Benigno Robles Reyes, representante de los voladores, comentó que cuentan con un centro ceremonial antiguo que data del año 1937 ubicado en la comunidad del mismo nombre. Elegido por los abuelos, fue rescatado y reconstruido en el año 2000.
Comentó que la antigua danza de los voladores tiene que ver con la agricultura y la cosmovisión del universo Tének; arraigada a la madre naturaleza, con el astro rey, el Sol, Venus y la luna. Es un conjunto de conocimientos y de reverencia a dicha estrella y la Tierra.
Benigno señaló que hay estudios de antropólogos e historiadores, en los que se demuestran la existencia de sitios sagrados en Jalisco, 600 años antes de Cristo.
Posteriormente la danza fue practicada en diversos pueblos indígenas como los mayas, aztecas, totonacos, otomíes, mazahuas y los náhuatl.
Aunque en la huasteca potosina es conocida desde hace 400 años, aproximadamente, debido a llegada de los colonos españoles y la religión católica, se prohibió su practica en varios lugares, perdiendo así dicho ritual.
Tamaletom pudo conservar el ritual y gracias a los conocimientos de los abuelos, quienes narran su significado y la forma de llevarlo a cabo, se ha podido mantener la originalidad hasta estas fechas.
Con la llegada de la modernidad, se les ha aconsejado a los voladores elegir otra forma de hacer su ritual. Sin embargo, ellos se han negado a dejar atrás su herencia, pues “hemos querido mantener tal y cual nos enseñaros los abuelos”.
Consideró que lo importante es que la tradición se sigue manteniendo y los jóvenes están consagrados al ritual, no lo hacen como una forma de espectáculo, “lo hacen con toda la reverencia”.
Pero el proceso de su integración para ser voladores ha sido difícil, pues la influencia de escuelas y universidades no se les enseña el aprecio por la cultura autóctona: “Enseñan otras cosas y la migración y la práctica de otros quehaceres, hace que los jóvenes no les interese la cultura”.
El trabajo de Benigno consiste en ser promotor cultural, además del enlace entre los abuelos y los jóvenes. Ha realizado investigaciones y se dedica a practicar la cultura, el ritual, para que así los jóvenes que ya han aprendido todo lo posible, practiquen el ritual sin tener que contar con la presencia de él.
Aunque no se ha tratado solo de recuperar a los voladores, sino que también a la medicina tradicional, la artesanía, la gastronomía, la agricultura orgánica, el cultivo de la tierra, el cuidado del medio de ambiente. Acerca de “todo lo que nos viene a perjudicar tratamos de hacer consciencia en nuestra gente para que cuiden lo propio, lo autóctono”.
Saben que, si se colabora para mantener al universo más natural, se tendrá más vida en el planeta. “Si nosotros aportamos a que se contamine la tierra, no estamos apoyando al universo”.
No existe una escuela en la que se requiera de apuntes para aprender a ser volador, sino una “escuela viviente, cotidiana”, que se viva y entienda el universo en el que se habita, ir con los abuelos para que transmitan sus conocimientos, “la música, los sones, el significado, el ritual, la práctica”.
Es importante que exista una voluntad, pues sin esta no se puede lograr nada. “Tu busca y eso es bueno, porque vas a aprender mucho”.
El vestuario de los voladores consiste en un penacho con plumas de gallina o gallo, pintadas de un color brillante, que significa el poder que posee cada volador en su interior, además que en la antigüedad se relacionaba con la deformidad de cráneo.
También utilizan dos bandas que representa un don de cada volador; una en color verde que alude a la vegetación y otra amarilla por la luz del sol.
Durante el ritual, uno de los voladores se encarga de purificar el espacio con agua, mientras se escucha música, para dar apertura al ritual, saludar a la tierra y pedir permiso para poder llevar a cabo el ritual.
El mástil debe medir mínimo 15 metros de altura para permitir que los voladores hagan un vuelo con 13 vueltas, número sagrado relacionado con el calendario indígena. En lo más alto hay cuatro arcos que simbolizan los cuatro puntos cardinales, las cuatro puertas y los cuatro vientos.
Las mujeres también forman parte del ritual, quienes danzan después que los hombres bajen de volar y en los sostenes colocan agua como una muestra de agradecimiento.