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SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 27 de marzo de 2026.-Entre aromas de flores, telas moradas y el sonido de familias reunidas, el Callejón del Buche, en la calle Ignacio Altamirano del barrio de Santiago, volvió a llenarse de vida con la celebración del viernes de Dolores, una de las tradiciones religiosas más emblemáticas de la capital potosina, con más de 125 años de historia.
Desde temprana hora, los hogares de este estrecho callejón comenzaron los preparativos para recibir a vecinos, visitantes y devotos que cada año recorren la zona para admirar los altares dedicados a la Virgen de los Dolores, símbolo del sufrimiento de María al presenciar la crucifixión de su hijo.
Altares que pasan de generación en generación
Dentro de las viviendas, las familias colocan cuidadosamente cada elemento del altar, muchos de los cuales forman parte de una herencia familiar que supera el siglo de antigüedad.


Algunas imágenes de la Virgen y de Cristo han permanecido en los mismos hogares por más de 100 años, pasando de abuelas a madres, y de ellas a hijas y nietas.
Victoria Leiva Renovato, habitante del callejón, relató que su familia mantiene esta tradición desde hace más de medio siglo. “Tenemos aproximadamente 52 años haciendo el altar. Esta tradición viene de mi abuela, luego de mi mamá y ahora yo la sigo, y quiero que mis hijos y mis nietos también continúen”, expresó.
La preparación comienza días antes del viernes de Dolores. Los integrantes de la familia participan en la compra de telas, flores y semillas que forman parte del altar, mientras que las nuevas generaciones se integran en el montaje, aprendiendo el significado de cada símbolo.
Significado del viernes de Dolores
El viernes de Dolores se celebra el viernes previo al Domingo de Ramos y recuerda los siete dolores de la Virgen María.

En San Luis Potosí, esta conmemoración adquirió características propias, convirtiéndose en una festividad donde la fe se mezcla con la convivencia comunitaria y la preservación de la identidad barrial.
En el Callejón del Buche, esta tradición cobró fuerza desde la década de 1930, aunque los vecinos señalan que su origen en la zona se remonta a finales del siglo 19, cuando las familias comenzaron a instalar altares en sus hogares y a compartir alimentos con quienes acudían a visitarlos.
Elementos simbólicos que no pueden faltar
Cada altar incluye elementos específicos que tienen un significado religioso y cultural. Entre ellos destacan la germinación de semillas, que representa la esperanza y la vida, las casuelitas de barro, las veladoras, las telas moradas y el agua de colores, que simboliza las lágrimas de la Virgen y la sangre de Cristo.


Los habitantes del callejón explican que estos elementos deben colocarse con cuidado y en un orden particular, ya que forman parte de una tradición que ha sido transmitida de manera oral y práctica entre las familias.
Reliquias y convivencia familiar
Además de los altares, uno de los aspectos más esperados por los visitantes es la entrega de reliquias, una costumbre que consiste en ofrecer alimentos y bebidas de manera gratuita como muestra de hospitalidad y agradecimiento.
En muchas viviendas se reparten aguas frescas, helados, galletas y antojitos, preparados con la colaboración de todos los integrantes de la familia. Una de las vecinas explicó que cada año reciben a cientos de personas en su hogar.

“El año pasado dimos alrededor de 450 vasos de nieve, además de galletas y agua. Mis hijos y mis hermanas me ayudan, cada quien trae algo para poder compartir con la gente”, comentó.
Las reliquias comienzan a entregarse a partir de las 18 horas, momento en que el callejón se llena de visitantes que recorren cada altar, deteniéndose a observar los detalles y a escuchar las historias detrás de las imágenes.
Imágenes con valor histórico y espiritual
En algunas casas, las figuras religiosas tienen historias particulares. Una de las familias resguarda una imagen de la Virgen que fue heredada por los suegros de la actual propietaria y que se mantiene en resguardo desde hace más de dos décadas.
“La Virgen pasó a ser de nosotros hace dos años, pero ya teníamos entre 15 y 20 años celebrándola. El Cristo tiene una peluca que hicimos con mi propio cabello para conservarlo en mejores condiciones”, relató.
Para muchos devotos, estos altares también son espacios de oración y agradecimiento, donde se acude a pedir favores o a cumplir promesas, fortaleciendo el vínculo espiritual de la comunidad.


Un callejón que se convierte en punto de encuentro
Durante la tarde y noche del viernes de Dolores, el Callejón del Buche se transforma en un corredor de visitantes que llegan desde distintos puntos de la ciudad para participar en los recorridos, observar los altares y convivir con las familias del barrio de Santiago.
Más allá del aspecto religioso, la tradición ha sido adoptada y protegida por las familias como un símbolo de identidad, unión y memoria, que continúa transmitiéndose a las nuevas generaciones que participan en la preparación y conservación de los altares.
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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