Suspenden dos negocios de lácteos tras inspecciones en SLP
SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 19 de mayo de 2025.- El amanecer se diluía entre neblina blanca y húmeda, vaticinio del sol abrazador que llegaría más tarde; daban las 8:00 de la mañana y aún se respiraba un aire marino, fresco, pesado. Era un domingo distinto, de sensaciones confusas a inmediaciones del jardín de Tequis: una masa de casas dormidas, negocios cerrados, iglesias vacías y una tristeza punzante que venía con los primeros cuchicheos de la mañana.
Había una cita dolorosa a la que fueron llegando poco a poco. Una hora después, hombres, mujeres, jóvenes y niños ya luchaban por arracimarse bajo alguna jacaranda tardía o cualquier sombra que les cubriera un poco. En medio del espeso verdor, se erigía el Monumento a la Madre y esa ironía lastimaba, apretaba los latidos del corazón y cortaba la respiración de las almas dolidas por Sandra Revilla, la madre asesinada en pleno 10 de mayo durante un asalto en la capital potosina.

El sol se alzó encendido en medio de un azul oceánico, no había una sola nube suavizando la mañana, como si el cielo también se negara a conceder tregua. Para entonces se contaban varias decenas de familias ataviadas en un blanco recalcitrante, con pancartas y mensajes tan simples como profundos: “NOS DUELE”, “Sandra era amor”, “Caminamos por ti”, “San Luis sin miedo”, "Queremos paz" y, liderando el contingente, avanzó la exigencia mayor “¡JUSTICIA PARA SANDRA!”.
Sus amigas se desgañitaban, clamaban alto a la impunidad desde el megáfono y la honraban gritando al firmamento. Luego se abrazaban, sin decir mucho. Llegaron empresarios, jóvenes, y otras madres -igual que Sandra- que salen a diario para trabajar honradamente, imaginando lo que sería la vida de sus hijos sin ellas: “Le puede pasar a cualquiera de nosotras”. Tampoco faltaron los ciudadanos que nunca cruzaron palabra con Sandra, pero lograban entender el tamaño de la herida.

Y así, un río blanco buscó su cauce por avenida Carranza, la ruta del dolor que se sigue frecuentemente para reclamar cuando algo le duele a esta ciudad; el tono luminoso dañaba la vista bajo el sol de mayo, y aquel gesto no era casual ni superfluo, sino luto ataviado de claridad.
La marea blanca de personas parecía levitar sobre adoquín, blusas de lino, playeras, gorras, gafas oscuras, camisas impecables y decenas de sombrillas que se abrían -como en una sesión de esgrima- para dar la batalla contra el calor. Todos avanzaban con el mismo pesar: haber perdido la mirada fulgurante, viva y compasiva de una madre que apenas una semana antes había celebrado su día.

Tuvo mensajes amorosos esa mañana, un desayuno familiar, el aroma de las flores maternales y publicaciones en redes sociales. Pero en aquella casa -en la suya y de los suyos- ya nada sería igual. La asesinaron esa tarde, en pleno 10 de mayo.
Con un llanto desbordado, coraje, repulsión y miedo, la atmósfera de la marcha era densa, podía olerse el desasosiego como si el aire estuviera estancado y apestara a podrido… así avanzaba la ciudad que se reunió para mirar de frente una ausencia dolorosa.
La luz de Sandra lo habitaba todo. Estaba en las miradas enardecidas de sus amigas, en su entrecejo plegado, en la mandíbula apretada de su familia, en las manos temblorosas de quienes levantaban pancartas y en el silencio que se quebraba cada que alguien se atrevía a gritar su nombre: “¡No te olvidaremos, Sandra!”.

No había marcha atrás. El valiente clamor se dispersó entre la multitud como consigna, como condena, pero también como súplica brutal de justicia. No solo marchaban por ella, sino por la criminalidad que se volvió cotidiana en esta capital, por las extorsiones susurradas al teléfono, los asaltos violentos, y las vidas cegadas como la de ella. Por la costumbre a vivir con miedo.
El gentío avanzó. Blanco. Pausado. Dolorosamente sereno. Con un silencio y respeto que solo provoca la pérdida, los recibieron en las callejuelas del centro histórico. Oficiales detenían el tráfico, conductores reducían la velocidad, muchos solo los observaban desde las banquetas con una mezcla de empatía y miedo. Pero todos entendiendo que ese dolor podría haber sido suyo.
En esa entrada, casi ceremonial, habitaban otras realidades. En la esquina de Reforma y Uresti, ofrendando sus pies -curtidos y sucios- al concreto ardiente, un joven en situación de calle se contagia de un pesar que no entiende, alza las manos al cielo, aplaude, emula los gritos enfurecidos y -de algún modo- suma su propio enojo contra los pesares de un mundo sin el amor maternal.
Otro hombre -más longevo- hurgaba en los botes de basura cuando atisbó la multitud, soltó sus cartones, latas y bolsas para arrodillarse junto a la banqueta. Sin más arma que su sonrisa desdentada, empatizó con la causa, como si comprendiera que en el fondo aquella marea blanca cargaba algo profundamente suyo, y de todos.
La solidaridad colectiva fue la única sombra que los cobijó esa mañana hasta llegar frente a la Fiscalía General del Estado. Ahí las consignas se percibieron como una especie de esperanza obstinada, el recuerdo de que la dignidad y la paz de las familias potosinas no pueden someterse nunca ante la atrocidad.

Cada pancarta flotaba como sentencia entre la multitud, todas se encumbraron frente al edificio de Eje Vial durante al menos una hora. En ese lapso, la marea -hasta entonces contenida- se desbordaba en una mezcla de rabia, sudor y dignidad herida. Del otro lado de la reja no hubo nadie que la curara, como es costumbre, la impavidez burocrática se impuso.
El sol de mayo seguía calcinando el asfalto, la blancura se disgregó poco a poco entre las calles cansadas del San Luis impune. Entre el barullo dominical, el Monumento a la Madre seguía inerte, enmudecido, cargando el luto con su tono de mármol blanquecino. Ahí, la vida simplemente seguiría. La vida sin Sandra.
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
Síguenos en: Facebook | WhatsApp | X | Instagram | YouTube





