SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 3 de noviembre de 2019.- Se descubren mil caras de una misma ciudad, muecas comunes que a diario forman una identidad disímbola y real, la urbe de dos mundos que se distinguen por el rezago social en un extremo y la opulencia en el otro, así es la capital del estado. En algunos sectores del oriente, la desesperanza es nauseabunda y raya en lo inverosímil; un sujeto da de puntapiés a su esposa en la acera de la escuela, nadie pestañea, los perros sarnosos jadean en todas las esquinas , en un parque desolado los juegos chillan con el viento polvoso, y un mozalbete del Cecyte se divierte tirado en la entrada del callejón 580, jugando los dedos mientras examina el grafitti que adereza una barda.

A cada paso el desaliento sacude de pies a cabeza, justo ahí, en las entrañas marginadas de la ciudad, se han perdido los rostros… muchas familias parecen olvidadas del progreso y refugian sus temores en las oquedades de un semblante cadavérico, después de todo, la muerte es lo único que consideran seguro y la idea les ha resultado adorable bajo esas circunstancias.

Con ese fervor fue pincelada la Santa Muerte que vigila desconfiada el cabalístico condominio 13, en la segunda sección de Prados; para Verónica, mudarse a la zona fue “caer en blandito”, con 36 años dedicada a la lectura de cartas, limpias y devoción de una efigie a la que todos describen como su protectora, ya es una mujer respetada.

Por si el ambiente no fuera tenso, los ladridos de Enemy (enemigo) aceleran el ritmo cardiaco mientras caminas hacia la entrada y no cesan hasta escuchar el portazo de su dueña, quien invita a conocer el espacio sagrado para los creyentes de esta cultura.

Adentro, el hormigueo en el estómago, los vellos erizados y la taquicardia, anuncian la amenaza de una crisis ansiosa (…) El olor a muerte es perceptible, a media luz destellan una veintena de veladoras encendidas que se mezclan al calor con el incienso de violetas, humo de cigarrillo, tequila y flores recién cortadas, todas ofrendas que ha recibido la huesuda en la intimidad de este hogar.

VICTORIA, LA GUARDIANA

No hizo falta dirigirle la vista, ella es imponente para todos los sentidos, erguida en ropaje verde brillante parece clavar la profundidad de sus boquetes negros en los visitantes, es Victoria, la muerte principal del tabernáculo, que se yergue con 1.7 metros de estatura en el ángulo de la sala, postrada en un banco, su corona de diamantes Swarovski casi rasga el techo.

Le hacen compañía otras exquisitas figuras de todos tamaños, bautizadas como Luz, Vero, Amor, Astrid, Clarita, Esmeralda y Reyna, suman 125 calacas resguardando el espacio de dos metros cuadrados.

Cuando Verónica comienza a presumir su experiencia con la muerte, el pecho se le hincha y permite apreciar unas manos huesudas que forman un corazón, es una de las cinco marcas de calavera que lleva tatuadas en la piel; Verónica Domínguez de la Rosa, es originaria de la Ciudad de México y radica en San Luis Potosí desde hace nueve años, ha dedicado todos los días a la devoción de esta imagen y a defender lo que considera una cultura para celebrar a los muertos.

“Esta historia no es de hoy, nuestros ancestros no idolatraban a ninguna virgen hasta la llegada de los españoles, aquí el culto era a los dioses, a la muerte, al sol, la luna… y hasta había sacrificios; la sociedad de hoy está tan influenciada que el tema de la muerte es un tabú, nunca se habla, siendo la cosa más natural del mundo, lo único que tenemos seguro”, narró.

La devoción a la muerte -nada santa porque no está canonizada por la Iglesia- es sin duda una de las idolatrías más polémicas de la última década, por el ambiente de tensión y censura que le rodea; sin embargo, podría llegar a sorprender la cantidad de fieles que le veneran desde todas las esferas sociales, aquí mismo -asegura- hay sacerdotes que en la clandestinidad expresan su creencia hacia la también llamada San la Muerte.

NO DISTINGUE NIVELES

No, no es una religión, es un culto a la Niña Blanca que se alista a cortar el hilo de la vida con su guadaña cuando le plazca; Vero presume una por una las estatuillas, hasta hacer alto en la fotografía de una mujer longeva, con añoranza cuenta que la muerte decidió llevársela hace un tiempo, era su madre, Irma.

“Ella también era muy creyente, así que yo crecí con la muerte desde niña y soy testigo de sus milagros, porque es protectora, no mala como la pintan; claro que hay quienes intentan trabajarte con cosas negativas, pero como yo sé el poder que tiene y creo en el karma, jamás busco dañar a nadie”, asegura.

Médicos, abogados, amas de casa, estudiantes, mandos policiales, niños, todos creen y la visitan para pagarle a la calaca los favores recibidos; detrás de las espigadas figuras, también se impone un crucifijo gigante y explica que le brinda ese espacio a Jesucristo porque al final de cuentas está por encima de todo, venció a la muerte y es el hijo de Dios, el creador de todo.

Mientras se sacude los dijes y anillos plateados, habla de las celebraciones que comenzaron el 31 de octubre, su morada se engalana con ofrendas de todo tipo y suelen velarla toda la noche, realizando oraciones para alentar la visita de los muertos al mundo terrenal los días 1 y 2 de noviembre.

SUS MANIFESTACIONES

En 36 años adorando a la muerte, los hechos que parecen insólitos para algunos son algo cotidiano en la vida de Verónica; personas como poseídas, voces enronquecidas y los ojos color océano de Victoria manifestándose en una fotografía, son apenas algunos de los que recuerda.

Ni hablar de las apariciones extrañas en sus sueños, voces que -cuenta- le dictan nombres y sucesos que nadie podría imaginar, todas manifestaciones que le han nutrido la fe. Por estas evidencias, sostiene que es un error ocultar la devoción a un ente tan natural como la muerte.

Y su caso no es único, otros creyentes han compartido encuentros reales con la imagen que adoran; en Ciudad Valles, Julio, un extrabajador del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, asegura haberla visto en dos ocasiones.

“La primera vez trataba de pescar algo en la presa La Lajilla, rumbo al Mante, ya casi por obscurecer y tuve que hacerme a la orilla en la lancha (…). Ahí la distinguí entre la maleza, nada más mirando hacia donde yo estaba, altísima, con un vestido negro y sin ojos en el rostro. Sé que era ella porque su guadaña era clarísima”, contó que fueron segundos, y salió despavorido del lugar.

Su segundo encuentro fue igual de real, mientras yacía en un hospital, enfermo de apendicitis.

LA DESPEDIDA

Vero debe continuar sus servicios esotéricos, y sí, le llaman brujería. “Pero sólo cosas buenas, energías y ya, como dije, yo tengo temor de Dios y creo en el karma”.

Antes del adiós, pide cinco minutos más en el exterior de su casa. Sin mucha seguridad, seguimos sus pasos sobre la calle 79 para observar de cerca a la muerte pincelada de aquel muro gigante, pero hay más un poco a la izquierda, dos pequeños altares a la Santa en el corazón de aquellos condominios, nichos cuidados celosamente por sus habitantes. 

Como abejas que van a la miel, de las escalinatas comenzaron a bajar uno, dos… seis hombres jóvenes del barrio que lograban intimidar con su mirada de recelo, hubo que apresurar los flashazos, pero no se acercaron.

“No hay problema, venimos a verla a ella, aquí mientras no te metas con nadie…”, dijo Vero, pero no convencía y pasando saliva aceleramos el ritmo para salir del lugar (…). Ellos se quedaron resguardando a su muerte, con el pecho desnudo que dejaba distinguir algunas calaveras tatuadas.

Así encumbran a su protectora, entre complejidades sociales que no reprimen esta expresión de fe incomprendida; una sombría cultura que sigue creciendo en el oriente, al norte, sur y cualquier parte. Donde la vida palpita, donde la muerte acecha sin excepciones ni tiempos, tenebrosa y puntual, como solo es ella.

SUS COLORES

Rojo: amor

Rosa: amistad

Blanco y negro: protección

Verde: salud

Café: asuntos legales