SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 27 de octubre de 2019.- Esta es la triste historia del Callejón del Duende.

Se trata de una narración de amor con elementos de misterio y terror que el historiador Manuel Muro incluye en su libro Miscelánea Potosina y construyó —según explica— a partir de un documento oficial de la Antigua Audiencia de la capital.

En la ciudad de Guanajuato vivía el matrimonio conformado por Fernando Aguilar y Carmen Mercado. Él trabajaba en la mina La Valenciana y ella se dedicaba a las labores del hogar. Tenían dos hijas, Isabel de 19 años y Lorenza de 20.

Las jóvenes llamaban la atención de los habitantes del real minero debido a su extraordinaria belleza.

Un domingo, al salir de misa, un joven de nombre Miguel Arce quedó prendado de Isabel y la siguió hasta su casa. Por fortuna para él, su atracción fue correspondida por la chica.

Se volvió común que Miguel visitará a Isabel por las noches para platicar con ella a través de la única ventana de su modesta vivienda.

Los vecinos se dieron cuenta del hecho y comenzaron a murmurar que eran amantes.

Tal versión cobró tanta fuerza que llegó a los oídos de Fernando, mientras trabajaba en la mina.

Determinado a defender la honra de su hija menor, pidió permiso para dejar su trabajo por un día y se encaminó a su casa para esperar la llegada del extraño.

Después de algún tiempo de espera vio que un hombre embozado se acercaba a la ventana de su casa. Sacó de entre sus ropas un puñal que llevaba preparado y encaró al desconocido que charlaba con Isabel.

La joven al verlo pegó un grito y se ocultó en su vivienda. Su enamorado desenvainó su espada, pero al ver que se trataba del padre de su amada, se presentó y le informó que las intenciones hacia su hija eran honestas. Le aseguró que estaba esperando un buen momento para solicitar su autorización para casarse con ella.

Hasta ahí todo habría resultado perfecto, pero Miguel Arce era hijo de un acaudalado hacendado que no aceptó que su heredero se uniera en matrimonio con la hija de un modesto minero. Lo envió de inmediato a la capital del país y a Fernando lo amenazó para que dejara la ciudad junto con su familia, sin decir a nadie a donde se dirigía.

UN ESPECTRO EN SLP

Así, la familia Aguilar Mercado arribó a San Luis Potosí y se asentó en el entonces pueblo de San Sebastián, en el Camino a Guanajuato.

Fernando se hizo comerciante de mercería. Para ello recorría pueblos y rancherías de San Luis Potosí y de algunos estados del norte.

En este lugar los vecinos comenzaron a observar una fantasmal aparición por las noches. Cerca de las once, relataban, la figura de lo que identificaron como un duende, hacía su aparición en el Camino a Guanajuato y desaparecía en una barda en donde no había ni puerta ni ventana alguna.

El hecho cobró tal importancia que se organizaron cuadrillas de vecinos y serenos para intentar atraparlo, pero una vez al seguirlo, éste se dio la vuelta y alzó los brazos bajo la sábana con que se cubría. De los perseguidores algunos se desmayaron y otros huyeron despavoridos.

Se comenzó a decir que el espectro tenía una naturaleza sobrenatural, ya que -al parecer- sólo lo podían ver los humanos, pero no los perros, ya que no le ladraban cuando pasaba cerca de ellos.

El duende caminaba por el Camino Real a Guanajuato, pero poco a poco se fue aventurando más allá. Incluso se comenzó a decir que se volvió común verlo sentado en el atrio del templo de la Merced, de donde partía por la calle hoy conocida como Zaragoza hasta llegar a la Plaza Principal.

Por ello, la historia dejó de ser exclusiva de San Sebastián y las autoridades civiles decidieron intervenir.

ERA EL MUCHACHO

Se comisionó a un grupo de guardias para que atraparan al espectro o, si éste era en verdad un alma en pena, avisara a la Iglesia para que hiciera lo necesario para darle descanso eterno.

La partida encontró al duende en la calle de la Concepción, hoy Zaragoza, y le marcó el alto, pero no obedeció. Intentó asustarlos como lo había hecho en San Sebastián, pero alguien disparó.

El duende cayó al piso y dejó escapar un ligero quejido. Lo descubrieron y se dieron cuenta que era un joven muchacho. Se trataba de Miguel.

Nadie supo cómo, pero el hijo del hacendado había dado con Isabel y sólo esperaba que pasaran 14 meses para ser mayor de edad y así poder casarse con su amada.

En la barda en donde desaparecía, el joven había hecho un agujero por el cual se introducía para platicar con Isabel en un potrero.

MURIÓ DE TRISTEZA

Ante la tragedia, Isabel se unió a la orden de las Concepcionistas de San Miguel, en San Miguel el Grande, hoy de Allende. Murió a los 36 años de edad.

Desde entonces, a la calle que recorría Miguel para visitar a Isabel por las noches se le comenzó a llamar el Callejón del Duende, nombre que conservó por muchos años, hasta la época en que el historiador plasmó la historia.