SLP participa en proyectos nacionales e internacionales de conservación
SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 21 de enero de 2026.- Cada domingo familiar se dibuja igual en avenida Carranza: perritos, bicicletas, patines y carreras avanzando en todos los sentidos. Trotar. Correr. O apenas caminar. Decenas de cuerpos transpirando en el frío de la mañana y castigados por el sol cuando el mediodía les alcanza el paso. Para muchos, es solo pavimento, semáforos y tráfico que lucha por atravesar las calles aledañas.
Para Mendocita, o Zamorita, (dos motes que soltó a la vez), es una ruta abierta entre dos mundos donde transita cotidianamente y sin tener una meta muy clara, simplemente avanza rodeado de personas que lo admiran por ser parte del paisaje deportivo, le aplauden, vitorean cuando llega a la meta, pero nunca le preguntan nada (…) otros apenas notan que corre con unos viejos zapatos casuales, y no con tenis deportivos.
Su capa -de un gris vencido por el tiempo- aparece ondeando entre la nada para incorporarse siempre en la misma dirección; el grisáceo ensortijado de su melena alborotada también emerge de la máscara de El Santo, su luchador mexicano predilecto.

Esos ojos profundos, extraviados y vivos a la vez, se detienen un poco en la esquina de la calle Mariano Otero para tratar de recordar, y enseguida soltar una verborrea inconexa que explicaba sus inicios como corredor en 1971, cuando era un niño enclenque de 13 años.
-“Soy hijo guadalupano, llevo 57 años corriendo… me acuerdo que estaba yo chamaco… llegué por Calzada de Guadalupe hasta el Santuario pero me quedé hasta el final… desconocía lo que era triunfar… el padre, que no recuerdo cómo se llama… me regaló un copita de la iglesia porque terminé los 10 kilómetros y yo nunca había corrido…”, y entonces abrazó la fe como todo lo que existe, para jamás dejar de correr.
El 12 de mayo entrante cumplirá 70 años y su paso sigue firme, determinado a no dar demasiadas explicaciones sobre su afición por la lucha libre mexicana, por las prisas y las pausas, pero también por el futbol… lo delata un jersey americanista que porta orgulloso bajo la capa.

-“La religión sí tiene que ver… porque Dios que es el hijo, mi padre soy yo… y yo digo que Dios es tres personas porque es el padre, el hijo y el Espíritu Santo, yo llegué muriéndome a la meta… y ahora espero el apocalipsis pero no sé si debería” … y luego corre, sigue, avanza.
En un destello de lucidez, recuerda los balones que lograba encestar a los 20 años en las canchas de basquetbol: a ojos cerrados, de espaldas, sin ver, desde la mitad de la cancha lo observaba el entrenador, Eladio Campos.
¿Verdad, mentira, fantasía? En realidad, no importa. Para él todo lo que implica actividad física o deportiva, está bien, le regresa la cordura y le obsequia la felicidad de vivir en un mundo real, de pronto pincelado de cordura.
-“Yo soy hasta dibujante, una vez me asaltó un psicópata y un asesino me salió, mi hermano abogado en paz descanse me defendió; me enfrenté a un criminal y fue una sentencia, lleva expediente, yo digo que ahí se muera en la cárcel”, luego muestra una enorme cicatriz que le serpentea en el brazo izquierdo.

Paró en Benigno Arriaga, bajo la sombra de un árbol, para soltar a cuenta gotas su historia familiar, la de los cinco hermanos y unos padres en el cielo. Él es el cuarto, y dedicó gran parte de su vida a vender revistas o laborar en un periódico, no tiene hijos, ni esposa, ni tiempo, pero tampoco prisa.
Apenas habla y la atmósfera se transforma, escapa un momento del trote dominical para regresar a las memorias lúcidas de su felicidad juvenil, de cuando estudió en la Facultad de Contaduría y Administración, de sus más de 10 carreras profesionales y de que ha corrido como nadie en San Luis Potosí… reclama que debieran darle un récord Guinness.
Después rememora mundiales de futbol, olimpiadas, desgarres, sudor y una infancia con canicas y mucho béisbol. Exhala fatiga y luego retoma el paso, pero antes guerrea con un calcetín deshilado que se resbala por su pantorrilla descarnada.
-“Soy soltero porque tenía que ayudar a mis padres… saludos a la maestra Celia Lobo Quirarte, ella me dijo que reconstruyera la carrera porque para no tener hijos es por el apocalipsis… pero llevé 7 u 8 carreras, llevo múltiples, serían como por 12 y serían como 900 en toda la ciudad de San Luis Potosí… creo que ya incorporamos tres millones de personas, saludos al Inegi”… una suma de nada que lo dice todo.
Mendocita, Zamorita, el atleta enmascarado, corre por nada y por todo a la vez, pero nunca contra nadie. Anhela recorrer el tiempo de la vida que le tocó conocer, la de una memoria que no termina de claudicar.

Y en Tomasa Estévez, más cerca del Centro Histórico, acelera el paso. Debe llegar a la Plaza de Armas, rodearla y volver al punto de partida para antes de las 11 de la mañana. Así traza su recorrido dominical, como un circuito mayor, una distancia entre lo real y el infinito interno que lo agobia bajo la máscara.
El corazón de la ciudad late a su ritmo, admira la altura del Palacio de Gobierno, saluda a los boleros de la esquina y acaricia con especial ahínco el monumento al Señor de las Palomas.
“Está brilloso y caliente, así puedo estar aquí yo parado en la esquina… pero me gusta más Tequis… las raspas de vainilla están buena, pero no vinieron mañana… mi capa es gris… la quiero ver volando”, así planteó el futuro, con dulzura y ese anhelo por la inmortalidad.
Los ojos del corredor enmascarado dijeron adiós. Y nos deja atrás con una sola certeza: su máscara no es un disfraz, es su forma de contarle al mundo quién es: “Soy Roberto y tengo mil máscaras”…
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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