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SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 14 de marzo de 2026.- La lucha libre forma parte de una cultura que no solo se aplaude. Se vive en las arenas, en las casas y en los talleres donde, entre hilos y tela, se construyen identidades que pasan de una generación a otra.
Antes de descubrirla, el luchador Bogar Jr. creció entre máscaras. Había brillos, texturas y colores intensos. Jugaba con ellas sin que nadie se diera cuenta y corría a esconderlas debajo de la cama antes de dormir.
Una noche, a sus ocho años, asistió por primera vez junto a su abuela a una función. Y ahí, en la arena, entre luces, gritos y adrenalina, descubrió que el enmascarado que estaba arriba del ring era su padre: el gran luchador Bogar.
A diferencia de su hijo, Bogar no conoció las máscaras en su infancia, sino la inquietud de encontrarlas. Tenía 15 años cuando empezó a entrenar, apenas saliendo de la secundaria, movido más por la curiosidad y el gusto que por un plan claro de vida.



"Le pedí a mi mamá un año para no estudiar y hacer otras cosas. Entonces, prácticamente me salí de la escuela y ya estaba arriba del ring. Tras dos años de entrenar, debuté en la Arena Margarita y me di cuenta de que necesitaba máscaras. No había quien me las hiciera, eran muy pocos”, recuerda.
Ese vacío lo empujó a entender que no solo debía subirse al cuadrilátero, sino construir otro camino que lo mantendría dentro de la lucha por años: la confección de máscaras.
Un legado que se pelea en el ring y se cose en el taller
Bogar no aprendió con nadie. Nunca tomó clases. Nadie le enseñó a tomar las tijeras y cortar tela. Simplemente tomó la máquina de coser (herencia de su abuela) y comenzó a cortar, trazar, fallar y volver a empezar.
La materia prima de su primera máscara fue un saco café de su mamá. No pidió permiso: lo tomó y lo transformó. "Me lo echaste a perder", le dijo ella.
Hoy, en su taller no hay reglas para la confección, y su habilidad tampoco parece tener límites. Cajas de cereal se convierten en bocetos. Cortar, armar y desarmar máscaras se volvió parte de su rutina diaria. Muchas veces, a partir de una foto, puede sacar medidas, trazar y terminar una máscara completa.
Con los años, sus manos han dado identidad a distintos luchadores: desde quienes comienzan en arenas locales hasta leyendas como Blue Demon, Histeria y Mil Máscaras. Su trabajo llegó además a Japón, Estados Unidos y Alemania.
“Una máscara es toda tu carrera. Toda tu vida como luchador.” Dependiendo de cuántos años lleves, pero es algo que uno defiende a capa y espada. Es la incógnita, es proteger la identidad del personaje.



A los 17 años, Bogar Jr. intentó seguir ese camino. Entrenó por primera vez en la Antigua Arena Coliseo, pero algo no conectó y lo abandonó.
"Luego, a los 24 le pedí a mi papá que me llevara otra vez, pero me dijo que no, que si quería fuera por mi cuenta. Eso me pegó. Un día fui solo al Coliseo, me daba miedo entrar así que me quedé en la puerta hasta que me vieron otros luchadores y me invitaron. Ahí fue donde realmente empecé. Entrené con gente ya muy pesada, llegué a mi casa sangrando del pecho. Mi mamá me dijo que no regresara, pero yo supe que eso era lo que quería."
En esta familia, la lucha libre no solo se vive en el ring sino también en las manos. Cuando su hijo decidió tomárselo en serio fue él mismo quien confeccionó sus primeras máscaras. Finalmente eran una extensión de su propia historia. “Cuando vi que mi hijo quería seguir el camino de la lucha, lo primero que sentí fue emoción… y nervios... porque ya no era hacer una máscara para cualquiera, era para mi hijo”, recuerda.
Bogar Jr. no heredó simplemente una máscara ni el nombre de su padre. Construyó su propio camino sin facilidades ni atajos, ser "junior” no fue una ventaja para él, sino al revés.

Su padre nunca pidió oportunidades para él ni habló con promotores. “Si no te ganas tu lugar, no sirve”.
“Mi papá siempre fue muy estricto conmigo. Nunca me trató diferente por ser su hijo. Al contrario, me exigía más. Me enseñó a ser disciplinado, a respetar desde la humildad”, cuenta Bogar Jr.
Pero el camino no solo ha sido de disciplina; también de golpes que dejan huella. En el ring, ha aprendido que el cuerpo paga el precio del legado. Fracturas, caídas y momentos de incertidumbre lo han obligado a detenerse y repensar su lugar en el cuadrilátero. Lecciones que no se aprenden entrenando, sino en las pausas que impone el cuerpo.
También es un punto medio entre el arte y el deporte. Un luchador hace circo, maroma y teatro. Es un trabajo como cualquier otro: requiere conocimiento, entrenamiento, fuerza, pero sobre todo corazón. Para ser luchador se necesita preparación, pero también pasión y entrega.
"Se debe ser humilde en la lucha libre. La lucha libre te da todo y, si no eres humilde, así como te da te quita.”
La historia de Bogar y Bogar Jr. no podría entenderse sin sus dos pasiones: luchar y coser. Arriba del ring construyen espectáculo; abajo, identidad. Entre hilos, agujas y caídas, han aprendido que una máscara no solo cubre un rostro: también guarda una historia.

Padre e hijo han aprendido que perseverar, incluso cuando el cuerpo duele o el camino se cierra, es la única forma de mantenerse en pie en este arte. Y aunque cada uno ha construido su camino, comparten una herencia tan fuerte, como las batallas en el ring.
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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