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SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 9 de septiembre de 2026.- La depresión infantil no siempre se presenta como tristeza evidente. En niñas y niños puede manifestarse a través de irritabilidad, enojo, aislamiento, pérdida de interés, alteraciones en el sueño o el apetito e incluso regresiones en conductas ya adquiridas, advirtió la psicóloga Alejandra López, especialista en depresión infantil y terapeuta con enfoque Gestalt.
En entrevista con Quadratín SLP, explicó que uno de los principales riesgos es que determinadas conductas sean interpretadas rápidamente como problemas de disciplina, hiperactividad o trastornos de atención, sin explorar qué ocurre alrededor del menor.
“Detrás de cada conducta siempre hay un intento de comunicación.”
La especialista señaló que un niño que deja de poner atención, conversa en clase, no termina sus trabajos o presenta conductas desafiantes no necesariamente tiene TDAH u otro diagnóstico.
Antes de colocar una etiqueta, dijo, es necesario conocer su contexto familiar, escolar y social, así como cambios recientes que pudieran estar afectándolo.
“No siempre es un diagnóstico. A veces simplemente es una situación de su entorno, ya sea familiar, ya sea en la escuela o cualquiera que sea su esfera de vida”, explicó.
Los padres deben detectar señales
López consideró que los padres deben ser los primeros en advertir que algo está cambiando, porque son quienes conocen la conducta habitual de sus hijos.
El problema aparece cuando la falta de convivencia hace que los adultos descubran la situación hasta que ya se encuentra desbordada.
Entre las primeras señales en niños pequeños, mencionó las regresiones, como volver a mojar la cama, dejar de disfrutar actividades que antes eran importantes, aislarse, permanecer largos periodos sin hacer nada, modificar sus hábitos de alimentación o sueño, mostrarse más irritable o presentar conductas desafiantes.

“No se esperen a que pase algo con más intensidad. En el momento donde yo como papá veo que me está saltando algo, es importante hacer caso.”
Recomendó no esperar para buscar ayuda. Un cambio persistente en la conducta habitual del niño merece ser explorado.
Depresión y ansiedad no son lo mismo
La depresión puede estar relacionada con una tristeza que permanece durante más tiempo, pérdida de motivación, abandono de actividades que antes generaban satisfacción y una sensación de vacío.
La ansiedad, en cambio, está relacionada con la preocupación y la angustia anticipatoria.
El menor puede comenzar a imaginar escenarios negativos o situaciones que todavía no ocurren, hasta entrar en un ciclo en el que el organismo responde como si el peligro fuera real.
En ambos casos pueden aparecer dificultades para concentrarse. Esto ayuda a explicar por qué algunos niños con problemas emocionales terminan siendo señalados en la escuela por no prestar atención o por comportarse de manera inquieta.
Cuando un niño atraviesa estrés, tristeza o angustia, su capacidad de concentración puede disminuir, por lo que un regaño o un grito en el salón puede profundizar el bloqueo en lugar de resolverlo.
La escuela observa, pero no debe diagnosticar
El entorno escolar tiene un papel fundamental para detectar cambios, pero observar una conducta no es suficiente para establecer un diagnóstico clínico, enfatizó.
Incluso un docente con preparación especializada necesita apoyarse en una evaluación profesional.

“No es ético que con el simple hecho de observar yo me tome la atribución de decirle a un papá: ‘tu hijo tiene esto’, sin tener las pruebas suficientes.”
La información proporcionada por los padres también resulta indispensable, porque existen situaciones familiares que no necesariamente son visibles para los maestros.
La familia puede ser determinante
Antes que concentrarse en el uso de celulares, videojuegos o redes sociales, es necesario observar el sistema familiar, el tiempo de calidad, el tipo de crianza, los límites, los vínculos y la manera en que los adultos resuelven sus propios conflictos.
“Los niños se vuelven un espejo de todo lo que ven.” Por ello, consideró que la salud mental infantil implica una responsabilidad de los adultos.
Un niño no tiene la capacidad de modificar por sí mismo una dinámica familiar que le está afectando y la terapia puede resultar insuficiente si los padres no están dispuestos a revisar también sus propias conductas y formas de relacionarse.
Bullying, una señal
El bullying puede convertirse en detonante o agravante de problemas emocionales y debe analizarse desde ambos lados: del niño que lo sufre y el que agrede.
En la víctima, el acoso puede afectar el autoconcepto, la autoestima, la forma de relacionarse, la regulación emocional y la percepción que tiene de sí mismo.
En tanto, una conducta agresiva también puede ser una señal de que algo está ocurriendo con ese niño. Por lo que llamó a no limitar la respuesta a castigar al menor que ejerce bullying.
“Todo lo que vemos en la punta son las conductas, pero debajo está toda la dinámica familiar.” En lugar de preguntarse únicamente qué hizo el menor, habría que explorar qué está intentando comunicar con esa conducta.

La empatía, los límites y cómo se manejan los conflictos en casa son elementos fundamentales. Un niño que crece observando violencia verbal o física puede tener dificultades para comprender por qué esas conductas son inaceptables en la escuela si forman parte de su experiencia cotidiana.
La confianza
Cuando un menor enfrenta bullying, ansiedad, depresión u otra situación difícil debe saber que puede acudir a un adulto sin miedo a ser castigado o descalificado. Que los padres construyan vínculos donde sus hijos sepan que serán escuchados.
“Lo más importante es ser el tipo de papás que generen confianza y no el tipo de papás que los niños tengan miedo de acercarse.”
¿Cuándo buscar ayuda?
Alejandra recomendó no esperar a que el problema se agrave.
Si los padres perciben que su hijo “ya no es como antes”, es recomendable buscar una valoración.
La terapia no debe entenderse como una solución mágica ni como responsabilidad del menor. El proceso requiere la participación de los padres y, cuando sea necesario, de otros especialistas.
Terapia Gestalt: escuchar lo que el niño no puede decir
Desde su enfoque, López explicó que el trabajo terapéutico no se limita a que el niño explique verbalmente qué siente. El juego, el dibujo, la pintura, la plastilina, el movimiento y otras herramientas creativas pueden ayudar a expresar emociones que todavía no pueden ser nombradas.
“El lenguaje natural de los niños es el juego, es la creatividad, es la construcción.” El enfoque busca observar al niño de manera integral, considerando pensamientos, emociones y cuerpo, para que pueda construir sus propios significados.
No atender a tiempo deja huellas
Finalmente, López advirtió que asumir que los problemas emocionales desaparecerán simplemente porque el niño crecerá puede ser un error.
La adolescencia implica nuevos desafíos y una etapa de mayor vulnerabilidad, por lo que los problemas no atendidos pueden influir posteriormente en la manera de relacionarse, la autoestima, la capacidad para regular emociones y la toma de decisiones, e incluso relacionarse con conductas de riesgo.
“Una persona que no ha tenido un acompañamiento adecuado puede quedarse en un vínculo dañino porque es lo que de niños conocieron.”
Por ello, insistió en que la atención de la salud mental infantil no debe esperar a que el problema sea evidente para todos.
Detectar, escuchar y preguntar a tiempo puede ser mucho más importante que esperar a que el niño tenga las palabras para explicar qué le está pasando.
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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