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¿Existen realmente las brujas?
La pregunta ha sobrevivido durante siglos. Hay quienes aseguran que son mujeres capaces de abandonar su cuerpo, surcar los cielos convertidas en bolas de fuego, reunirse en oscuros aquelarres y practicar antiguos rituales heredados de generación en generación. Otros sostienen que no son más que leyendas nacidas del miedo.
En la Huasteca potosina, sin embargo, todavía hay personas que juran haberlas visto.
Uno de esos relatos nace en la sierra conocida como La Colmena, una ramificación de la Sierra Madre Oriental que atraviesa comunidades como Estación Crucitas, La Hincada, Estación 500, Camillas y San Mateo-Coyoles, antes de llegar a Ciudad Valles.
Durante la década de 1960 aquellos poblados apenas eran pequeños caseríos rodeados por monte y oscuridad. Al caer la noche, las familias cerraban puertas y ventanas mucho antes de que el reloj marcara las ocho. Sobre los marcos colocaban ramas de romero y hojas de ruda como protección contra los malos espíritus.
No era una simple costumbre.
Decían que, cuando el pueblo dormía, misteriosas bolas de fuego recorrían el cielo de un extremo a otro. Para sus habitantes no había duda: eran las brujas.
Cada madrugada, antes de que despuntara el sol, las mujeres caminaban hasta una noria cercana al arroyo para llevar agua a sus hogares.
Fue una de esas mañanas cuando Josefa —nombre cambiado para proteger su identidad— tomó una olla de peltre y salió de casa sin imaginar que aquel recorrido cambiaría su vida para siempre.

La vereda estaba iluminada únicamente por la luna y el brillo de los luceros. Todo parecía tranquilo hasta que, sin escuchar pasos ni percibir movimiento alguno, una mujer apareció caminando a su lado.
Vestía completamente de negro. Su larga cabellera caía sobre la espalda y, prendida al lado derecho de la cabeza, llevaba una flor blanca con el centro amarillo.
—Qué bonita flor... nunca había visto una igual —comentó Josefa, incapaz de apartar la mirada.
La desconocida sonrió.
—¿Te gusta?
—Mucho. ¿Dónde la consiguió?
—No es de aquí. La traje de España. Es una flor del canelo.
Josefa frunció el ceño.
—¿España? ¿Y dónde queda eso?
—Del otro lado del mar —respondió la mujer con absoluta naturalidad—. Yo puedo ir a cualquier lugar... volando.
El silencio se hizo pesado.
Entonces añadió:
—Soy bruja... pero no tengas miedo. No voy a hacerte daño.
Las palabras hicieron que el corazón de Josefa comenzara a latir con fuerza. Quería correr, pero la curiosidad era más grande que el miedo.
La mujer volvió a hablar.
—Mañana, a las once de la noche, vendré por ti.
Antes de despedirse, Josefa hizo una petición inesperada.
—¿No tendrás algún remedio para que mi marido duerma profundamente? Quisiera ponerlo en su café.
La mujer asintió.
No dijo una palabra más.
Desapareció entre la oscuridad como si la noche se la hubiera tragado.
Desde ese momento, Josefa no volvió a estar tranquila. Pasó el resto del día con un nudo en el estómago. Apenas probó alimento. Conforme avanzaban las horas, una sola idea ocupaba su mente.
¿Debía acudir a la cita con la bruja... o escapar antes de que cayera la noche?
Continuará...
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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