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SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 30 de octubre de 2026.- En México, cuando alguien llega de visita, se le ofrece un asiento, un vaso de agua y, si hay oportunidad, algo de comer. No siempre importa de dónde viene ni cuánto tiempo se quedará. Basta con que toque a la puerta para encontrar un lugar en la mesa. Y en el Día de Muertos, esa hospitalidad puede extenderse incluso a quienes ya no están.
Según algunas tradiciones populares, el 30 de octubre está dedicado a las almas olvidadas, aquellas que murieron en soledad, que nunca pudieron ser identificadas o cuyo recuerdo se perdió con el paso de los años. Son los muertos que no tienen una fotografía sobre el altar, un nombre pronunciado en voz alta ni una familia que aguarde su regreso.
Pero en una celebración construida alrededor de la memoria, México también ha encontrado una manera de hacer espacio para quienes aparentemente no tienen a nadie.
Mientras algunas familias preparan los platillos favoritos de sus difuntos, acomodan retratos y encienden veladoras para señalarles el camino a casa, otras expresiones de esta tradición reservan simbólicamente un lugar para las ánimas desconocidas.

Puede ser una vela encendida sin nombre, un vaso de agua ofrecido a cualquier visitante o una porción de alimento que no pertenece a ningún familiar en particular. Son pequeños gestos que representan una idea profundamente humana: nadie debería quedarse sin recibir una muestra de cariño, ni siquiera después de morir.
Porque no todas las historias terminan con una tumba que alguien visite cada año.
Hay personas cuyos nombres se extraviaron, que murieron lejos de su tierra o que, con el paso de las generaciones, dejaron de tener a alguien que pudiera contar quiénes fueron.
En esas ausencias también caben los viajeros que nunca regresaron, las personas que partieron sin compañía y aquellos cuya identidad quedó desconocida. Vidas que alguna vez tuvieron sueños, recuerdos, afectos y una historia, aunque hoy nadie sepa contarla.
La tradición les devuelve, al menos simbólicamente, algo que la muerte y el olvido les arrebataron: la posibilidad de ser recibidos.
Y quizá ahí se encuentre una de las expresiones más conmovedoras de la hospitalidad mexicana. No se trata únicamente de abrir la casa a los seres queridos que regresan, sino de imaginar que incluso un desconocido puede encontrar refugio entre las flores de cempasúchil, el aroma del copal y la luz de las veladoras.
En un país donde la muerte se representa con flores, música, comida y caminos de luz, también existe lugar para la compasión hacia quienes no tienen una familia que los espere.
Y mientras una vela permanezca encendida para quien no tiene quién la encienda, la mesa mexicana seguirá teniendo un lugar disponible.
Porque en México, hasta las almas que nadie recuerda pueden encontrar una puerta abierta y un sitio donde descansar.





