SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 21 de noviembre 2020.- Este libro se lo quiero dedicar a la persona que más admiro, amo y respeto. Esta persona me llegó a cambiar la vida para siempre (desde el primer momento en que la conocí). Me enseñó lo que es la felicidad, he aprendido tantas cosas de ella y cada vez me sorprende, me enseñó a sonreír de nuevo. Dice que esto no es eterno, que ella no se cansará de pedirle a “papá Dios” para que pronto esté con ella. Esos ojos grandes, cabello negro, su piel aperlada y suave. Me abraza al verla. Me ha enseñado lo que es la felicidad, la admiro por ser quien es, a pesar de su edad me sorprende cada día.

Primera Parte

La mala noticia

  • ¿Puede mostrarme una licuadora señorita?
  • Sí, en un momento lo atiendo, contesté.

   Impresión, sorpresa, algo inesperado sentí en esos momentos en que vi a mi tía parada en el mostrador donde yo trabajaba. Sabía que traía malas noticias. Tenía miedo, mucho miedo. Le  pregunté qué estaba pasando, ¿por qué ésta visita a mi trabajo?, ¿es grave lo que está pasando? Como si me leyera el pensamiento, sólo me dijo: tienes que ser muy fuerte, y movió la cabeza diciendo que no.

   Mamita en ese entonces se encontraba muy grave en el hospital. Mi corazón se empezó a acelerar. Sentí un escalofrío, sabía perfectamente que algo malo le estaba pasando a mamita. En ese momento quería tener alas y llegar lo más pronto posible con mamá.

Sólo recuerdo que salí corriendo del mostrador y le dije a mi jefe: “me tengo que ir”; me quité la bata y le dije a mi tía: vámonos. Corrí, corrí. Paré un taxi y le dije: llévenos al hospital Señora de la Salud. Empecé a llorar, recé y le dije al señor del taxi “más rápido, por favor más rápido”, para mi desgracia había mucho tráfico. No paraba de llorar, mi tía -que se llama Marcela- me decía “calma hija, todo va a estar bien”, pero confieso que esas palabras no me servían. Lo único que quería era ver a mamita. Por fin llegamos. Bajé del taxi desesperada y le pregunté a mi tía ¿Dónde está mamita?

  • Vente hija, por acá.

Subimos un elevador, cuando abrió vi a papá, llorando, muy triste y desesperado.

  • ¿Qué pasa papá?, ¿y mamita?
  • Hija -me abrazó.

Salió un doctor y pregunta ¿los familiares de Bertha Espinoza?

Corrí hacia el médico, aventé una puerta por donde él había salido. En la primera habitación estaba mi mamita. Tubos, mangueras. Estaba conectada a una pantalla, donde se registran los latidos del corazón, tirada en la cama, me dirigí hacia ella, destrozada, sin fuerzas.

  • Mamita chula, ¡vamos a la casa, córrele!

No me respondía.

   En ese momento la maquinita empezó a sonar fuerte, me pidieron que me saliera y enseguida entraron muchos doctores.

  • ¿Qué pasa doctor?
  • Salga por favor.

Sentí los brazos de mi papá.

  • Vente, todo está bien.

Salimos de la habitación.

  • Papito háblame con la verdad, ¿qué hace aquí casi toda la familia?, dime papito ¿mamá se va a poner bien?, ¿se va a ir con nosotros a casa?

– Ven, siéntate, a veces dios se lleva a las personas buenas porque quiere ángeles en el cielo.

– No papi, mi mamá es buena, ¿se la va a llevar?, ¡no papito, no!

  • ¿Familiares de Albertha?
  • Sí, ¿qué pasa? Escuché esa voz cansada y vieja (era mi abuela Leonor).
  • Lo siento señora…
  • No. No. No. No, ¿por qué Dios a veces se lleva a la gente buena?

Segunda Parte

  Mis recuerdos son hermosos, ¡cómo olvidarlos!  El patio de mi casa, es particular, es  mi canción favorita. Mi mamá me la cantaba cuando íbamos camino al kínder, era feliz pero en pocos momentos mi felicidad y mi sonrisa acabaría: No me gustaba ir al kínder. Hacía el berrinche de mi vida: “No mamita, no me dejes, aquí me pegan y me regañan”.

   Eso no era verdad, sólo lo inventaba para que mamá Bertha no me dejara, pero era imposible porque mamá me metía diciéndome que a las doce del día iría por mí y me llevaría una deliciosa paleta “payaso”, si me portaba bien. Nunca faltó mi paletita.

   Yo era una niña bien bailadora, siempre me gustaba participar en los bailables. Me gustaba jugar con lodo, hacer “pastelitos”. Me decía que era muy chaparra y la verdad sí era la más chaparrita del kínder, la escuela, la secundaria y creo que lo sigo siendo.

   Les hablaré de mi lindo hogar, donde habitaban: cochinos, gallinas, pájaros (muchos, muchos pájaros). Teníamos árboles de durazno, granada, chiles rojitos, casi, casi una granja. Era divertido, mi casita era muy grande, fue lo que mi abuelito Abundio le heredó a mi mamá.

   Recuerdo todo esto y me pongo feliz, muy feliz. Les contaré que un día le abrí la puerta del corral donde estaban los cochinos, nunca pensé que se haría un desastre: salió corriendo un cochinito, -bueno qué cochinito- ¡un cochinote negro!, me asusté cuando vi cómo correteaba a las gallinas. Gritaba como loca: “mamá, papá, ayúdenme”.

   Salió mi papá Armando al patio para ver qué ocurría, en cuanto el cochino vio la puerta abierta se metió a la casa (la puerta de adelante siempre estaba abierta, porque teníamos una tienda “Abarrotes Perlita”). El cochino traía un relajo, toda la gente asustada, yo corrí por mi cochino y era imposible atraparlo, hasta que mi papá juntó a varios señores y por fin lo atraparon. Pobrecito de mi marrano, lo maltrataron porque no se dejaba agarrar, y después yo me llevé una regañiza de papá y mamá.

   Les platicaba que teníamos una tienda, por cierto, siempre le preguntaba a mi mamá ¿por qué no le pusiste abarrotes “Elsita”, suena más bonito – ¿no crees mamita?, y sólo se reía, decía que era tremenda, y agregaba “pero la otra tienda le ponemos “Elsita”-, ¿de verdad? Y saltaba como loquita por toda la casa, yo veía “Abarrotes Elsita”.

   Me contaba mi mamá que era muy juguetona, no me gustaban las verduras (guácala de pollo), siempre me la vivía peleando con mi mamita por las verduras, pero siempre me las devoraba para que me dejara salir a jugar.

   Después fui creciendo, cumplí diez años y me regalaron mi pastel (como todos los años), y me cantaron las mañanitas, de ese día recuerdo que mi papá no estaba presente. Era el primer cumpleaños sin papá, no entendía dónde quedaba la ciudad de Estados Unidos, sólo sabía que papito Juan Armando se encontraba ahí, tenía una semana que se había ido, pero no sabíamos nada de él. A mi mamá la veía muy preocupada, no entendía nada hasta que un domingo que papá llegó casi a rastras, pero llegó a casa.

   Recuerdo que traía una mochilita negra, se veía agotado, cansado, fastidiado. Mi mamá nos mandó a dormir a mi hermana Perla, mi hermano Armando y a mí; no sabíamos qué ocurría con papito y a la mañana siguiente fuimos a ver qué estaba pasando. Estaba mi padre tirado en la cama, sus pies llenos de ampollas, las piernas todas raspadas; mamá platicaba con la tía Chata, en la cocina, no recuerdo muy bien todo lo que platicaban, sólo se me quedó grabado que le dijo “Ya Albertha, no lo dejes ir, mira tus hijos, ellos lo necesitan, ¿cómo es posible que cruzó por el desierto?, rézale a Dios que no está muerto”. Ahora sé que intentó pasar pero no pudo.

   Y como Elsita era muy preguntona, le preguntó a mamá ¿qué pasó con mi papito?, ¿por qué tiene mucha agua inflada en sus pies?, en esos momentos yo no comprendía nada, pero ahora que sé realmente porqué mi papá tenía esas ampollas: fue por un sacrificio que estaba haciendo por sus hijos, para darnos una mejor vida.

Papá, quizá se encuentre leyendo esta historia que es mi vida, sólo quiero que sepa que me siento muy orgullosa de usted. Gracias por todo el amor, el cariño que me brindó desde niña: es mi héroe. Te doy gracias por no abandonarme en este barco que está a punto de naufragar. Lo amo y lo respeto por ser quien es: mi padre, y perdóneme si algún día le fallé como hija, pero hoy 9 de septiembre de 2016, quiero decirle que fue y es un buen padre y quiero que sepa que siempre lo voy amar.

   Mamá después vendió la casota porque tenía muchos problemas con un tío (llamado Francisco, le decía “El Canquí”), fue nuestra pesadilla. Mamá se vio en una desesperación de vender ya que mi tío “El Canquí” se brincaba y le robaba cerveza, le hacía un desmadre. Mi mamá le echaba a la policía, pero ni así entendía, sólo se burlaba –tengo presente su cara de burlón-.

   Mis cochinos, mis gallinas, mis pajaritos… se iban haciendo menos cada día porque mi mamá los estaba vendiendo. Yo no aguantaba a ese tío malo, destruyó nuestro hogar. Tío Francisco, si está leyendo estas líneas quiero decirle que a pesar de todo lo quiero, usted tendrá las razones por lo cual nos hizo mucho daño, le guardo rencor, coraje quizá, hasta algún día lo llegué a odiar pero hoy 9 de septiembre de 2016, lo dejo, tiro ese costal que traigo cargando desde hace 17 años, y con lágrimas en los ojos le digo: ¡qué alivio dejarlo ir! ¡Ya no cargar más con usted!, hoy lo perdono y que dios lo bendiga tío.

    Bueno, les platicaba que mi mamá empezó a vender todo, sólo faltaba la casa grande que está ubicada en La Progreso, nunca olvidaré esa casita porque ahí viví mi niñez y fui muy feliz. Pero, desgraciadamente, papito y mami la vendieron.

   Llegó ese día inesperado para mis hermanos y para mí, ya la había comprado; recuerdo que fueron dos señores y una señora a verla. La señora les decía a los señores ¿qué les parece? Y ellos respondieron “está bien grande, justo lo que necesitamos”, e hicieron el trato. Esa noche partimos de nuestra casita, dejamos amigos y escuela para ir rumbo a otro hogar: 1 de la 23, número 125, Prados Oriente 2ª sección.

    Quién diría que ahí habría muchas sorpresas para la familia; por suerte mi mamá nos encontró lugar en la escuela, luego, luego hicimos amigos. No tardamos mucho tiempo en adaptarnos, pero sí extrañamos nuestra casa grande y nuestros animales. En esta casa ya no podíamos tener animalitos, era pequeña.

     ¿Recuerdan que les dije que me gustaba mucho bailar desde chiquita? Pues a mis 11 años me metía a trabajar por primera vez. Al principio mi papá no quería, decía que era muy pequeña, pero mamá se encargó de convencerlo, eso sí ¡quién sabe cómo! Ji, ji.  Me metí a trabajar  y hasta en la tele salía, en el canal 7. No sé si les suene el payaso “Chocolín y su pandilla”, pues con ese payasito trabajé. También mi hermana Perla y mi hermano  “El Barny””- que diga Armando- bueno es que es un gordito llenito de amor.

   Ese payaso era muy estricto, demasiadísimo enojón, si no hacíamos las cosas como eran, ensayábamos a cada rato, hasta que saliera bien la coreografía, entrábamos a las doce del día y salíamos a las doce o una de la mañana. Era divertidísimo, pero eso sí bien cansado, terminaba muerta, era de viernes a domingo y en diciembre era cuando se juntaba mucho trabajo,  dábamos eventos en las fiestas, pasé muchas aventuras, ¡ni cómo olvidarlas! Recuerdo que un día llegamos a la fiesta y nos habían pedido de personaje al “Barney” y mi hermano en ese entonces se ponía la butaca de Barney, estaba gordito, pero de todos modos no lo llenaba, usaba relleno  -porque si no se miraba flaco el Barney.

    Llego la hora de presentar a Barney, pero Barney no salía. Fui a ver qué era lo que estaba pasando (teníamos nuestro vestidor que era en la camioneta). Salí hacia la camioneta y veo a mi hermano muy preocupado, ¿qué pasa Armando?, ¿por qué no sales? Se paró, Barney flaco,  y empecé a reírme, ¿dónde está el relleno? Se nos quedó, respondió. Y ahora ¿qué vamos a hacer? Preguntó, tienes que salir así, ¡córrele!, Chocolín está pregunte y pregunte por ti. No quería, sabía de la regañada que nos pondría por no fijarnos, pero en fin… Salió bailando; Barney es un dinosaurio que vive en nuestra mente, cuando se hace grandes es realmente sorprendente.

    -A ver, a ver,  espérate, espérate, dice el payaso ¿y éste Barney está desnutrido o qué?, – y la gente risa y risa. Qué risa, pero si le vieran la cara de enojado a Juan (Juan se llamaba Chocolín). Sólo voltea y me dice ¿qué pasó Elsa? –no sé. La gente no paraba de reír, pensaban que era parte del show. Hasta eso la función estuvo muy divertida; pero no nos salvamos de  nuestra regañiza. Y así como ésta, muchas aventuras más pasé en mi trabajo. Diversión, regaños, aventuras, de todo pasé en mi trabajo, pero sobre todo risas viví en mi etapa de 11 a 15 años, porque esto terminó algún día.

    Mis 15 años: ¡guau! que padrísimo lo que toda adolescente espera es su fiesta de 15 años. Me emocionaba mucho. Fue lo que yo esperé, mis padres Bertha y Armando no me pudieron dar más, de lo que me dieron esa noche. Era la más hermosa: con mí vestido blanco con azul, mis primeras zapatillas.

   Estaba nerviosa,  aún lo recuerdo: iba entrando a la iglesia mi mami lloraba, yo le decía que no hiciera eso, si no acabaría por hacerme llorar y arruinaría mi maquillaje. Entramos a la iglesia, le di gracias a Dios. Se terminó la misa y me llevaron a tomar fotos, después me dirigieron en un carrazo blanco, bien arreglado. Me sentía una princesa, no quería que ese día terminara, pero terminó. Todo fue padrísimo, nunca lo olvidaré. Hasta aquí se terminó la inocencia, las risas, la infancia, porque su ausencia desvió el rumbo que mi vida llevaba.

“Ya se fue lo que anhelaba yo en mi corazón, mi golondrina se fue y me dejó sin rumbo fijo, desapareció. Voló y voló sin la esperanza de que volviera, sin la esperanza de volverla a ver”

Mi madre ya no estaba en este mundo, todo fue triste para mí. A mis  17 años perdí a mi mami, luego se vinieron en cascada las desgracias para toda mi familia. Acabábamos de enterrar al ser más amado de nuestra vida cuando nos comunicaron que mi hermano Armando estaba en la cárcel por un delito grave: “homicidio”, él sin saber que nuestra madre había fallecido. Mi padre destrozado y sin aliento no sabía cómo le daría la noticia a mi hermano Armando. Ese mismo día salió hasta Matamoros a ver a mi hermanito.

El estar aquí es un error muy grande pero, sobre todo, llegar al grado de confiar en una persona que jamás imaginé que me iba a defraudar. No tuvo el valor de enfrentar su responsabilidad, sino de negar todos los hechos que habían pasado realmente, y llegó al grado de involucrarme a mí, pero no sólo a mí, sino a mi hermanita y a mi hermano (el mayor).

   Fui víctima de un hombre, lo sorprendente es que es mi primo hermano, quien se acercó a mí pidiéndome un favor, lo cual terminó en desgracia. Me pidió que sacara una tarjeta de Coppel a mi nombre, y con mentiras accedí a entregársela, abusó de mi confianza, sin saber el mal uso que hizo con ella; sólo por tres mil pesos que me depositaron ahí, por un secuestro, llevo cinco años de proceso. Perdí mi libertad por confiada.

En el amor y en la guerra todo se vale

¿Y por qué no?, ¡claro que se vale. Lo vi, me impresionó. ¡Ese chico tiene que ser para mí!

  • Hola ¿cómo te llamas? Chaparrita.

   Oí una voz fuerte y unas palabras dulces.

  • ¿Me dices a mí?, le respondí nerviosa.
  • ¡Claro!, ¿o hay otra chaparrita?, contestó.
  • Me llamo Elsa, ¿y tú?
  • Me llamo Alfredo, mucho gusto. Y si no es mucho el atrevimiento, ¿a quién vienes a ver?

   Yo me puse muy nerviosa, sudaba, hasta parecía del rancho de San Luis.

  • A mi hermano Armando.

Ahí empezó todo, en el penal de Matamoros, Tamaulipas.

  • Ah! Eres hermana del músico.
  • Sí, le respondí, ¿lo conoces?
  • Sí, me cae muy bien, y es buena onda el chavo. ¿Y eres de aquí?
  • No, soy de San Luis Potosí.
  • ¿Y qué haces aquí?, ¡ah! Vienes a ver a tu hermano verdad, ¡qué tonto!
  • Eh, eh, sí.
  • ¿Te pongo nerviosa?
  • Eh, no.

Llegó mi hermano Armando saludando ¿qué onda guey?

Alfredo -¿Qué mi Sonrics, está ocupada tu celda?, si quieres coman aquí en la tienda, yo me salgo, ahí te encargo, deja voy a atender a mi carnal que ya se va.

Armando – Órale guey. Es chido el vato, es padrino, tiene dinero, esta tienda es de él.

   Nos quedamos viendo mi hermana Perla y yo, diciendo yo “me gusta”.

Armando – Pero no quiero que le hagan caso, ya te dije Elsa -como advirtiéndome-

   Pues siempre he dicho que lo prohibido me gusta más, ¡De aquí soy!

Elsa – Pues ya vamos a comer, mira: te trajimos carnitas, ¿quieres unos taquitos?

Armando – Sí.

Elsa: yo los hago, (de paso le hice otros a Alfredo).

Armando – ¿Esos de quién son?

Elsa – Pues para el chavo de la tienda, mira que bien se portó, no hay que ser groseros.

Armando- Está bien, pero ya les dije a ti y a Perla nomás no anden de locas.

Elsa – Sí hermano, ya come que se te va a enfriar.

  En mi rostro había felicidad, mi corazón casi se quería salir.

Alfredo – “Hey guey” gritó. “Qué onda Sonrics”.

Elsa -Ten, te hice unos taquitos de carnitas (muy acomedida).

Alfredo – No mija, ando bien lleno, mi visita me trajo barbacoa.

Elsa – ¿Me vas a despreciar?

Alfredo – No, cómo crees, pero estoy lleno.

Elsa – Ten, cómetelos.

Alfredo – Está bien, sólo porque tú los preparaste. ¿Quieres un refresco?

Elsa – Bueno.

   Comimos en familia, yo sentía muchas mariposas en el estómago, él no paraba de verme.

Alfredo – Mira ellos son mis sobrinos. Saluden niños a su próxima tía, él es Edwin y él es Diego.

Elsa – No les digas eso.

Alfredo – Sí mija, así va a ser, ya lo verás; deja los voy a encaminar a la aduana, ya se quieren ir.

   Yo sólo me reí. Armando estaba algo enojado, pero lo tranquilicé, “es chido –le dije- me cayó bien”.

Armando – Sí, a cada rato quiere que le vengamos a tocar y sí nos paga.

   Alfredo ya se había cambiado la camisa como 20 veces, sabía perfectamente que a mí también me había gustado y claro: ¡quería verse bien para mí!

Armando – Qué ¿vamos a las canchas a jugar futbol?

Elsa – Espérate, hay que esperar a Alfredo, no seas grosero, ¿o le vas a dejar aquí la tienda sola?

Armando – no, ¿verdad?

   Los tres nos reímos.

Alfredo – Ya mi Sonrics, ya llegué, ¿qué van a hacer o qué onda?

Armando – Vamos a ir a las canchas. ¿Vas con nosotros?

Alfredo – Vamos, dijo sin pensarlo.

   Cerró la tienda y nos fuimos caminando los 4 por el penal. Es muy grande, tienen o tenían muchos privilegios, No había reglas, todos hacían lo que querían, estaba padre. Todos los días había visita. Era un penal corrupto, o bien dicho había un director corrupto.

En esos momentos yo era feliz. Armando y Perla iban delante de nosotros caminando.

Alfredo – ¿Y luego?, platícame de ti.

   Recuerdo que traía un paliacate rojo en el cuello, porque sudaba y con él se limpiaba. Era poquito gordito, nalgoncito, guapo. Podría decir en ese momento que era el más guapo de todo el mundo.

   Muy atrevida le quité el paliacate rojo y junté su mano con la mía y las amarré.

Alfredo – ¿Por qué haces esto?

Elsa – Así tienen que estar.

Alfredo – Segura que así quieres que estén.

Elsa – Sí, ¿por qué no?

Alfredo – Pero para siempre.

   Me empecé a poner rojita. Llegamos a las canchas y nos sentamos en las bancas. “Vénganse a jugar”, gritaba Armando, quien con la mirada me decía “hija de tu madre, vente”. Pero a mí no me importó y le grité “no, no queremos jugar, jueguen ustedes”. Armando volteó como diciendo “ahorita vas a ver hija de la chingada”. Pero yo estaba emocionada, platicándole algo de mi vida a Alfredo y después él.

Alfredo – Mira ya viene tu hermano.

Elsa – Ay, sí.

Alfredo -Lo mando a que compre unas raspas, para darnos más tiempo solos.

Elsa – Sí, dije de inmediato.

Armando – ¿Qué hacen?

Elsa – Nada, platicando

Alfredo – Ey Sonrics! Vete por unas raspas, ¿no quieres una tú?

Armando – Bueno.

Nos quedamos de nuevo solos y que me dice “vamos a mi celda”. Que se me acaba el encanto, pensé “este guey sólo me quiere planchar… ¡No!

Alfredo – No te imagines cosas feas, quiero que vayamos porque te voy a dar un regalo.

 Elsa – No (con cara de decepcionada).

Alfredo – No te asustes chaparra, no creas que me voy a pasar de lanza, mira dónde estamos, si no quieres, no vamos.

Elsa -Bueno, vamos, pero córrele antes de que lleguen mis hermanos,

Alfredo – Vente, corre.

   Cansados llegamos a la celda, me senté en la litera de abajo, miraba que él estaba abriendo un cajón que tenía candado. Les confieso algo, me dio miedo por un momento, sacó algo que no vi y me dijo “cierra los ojos”, no quería, le preguntaba qué es, y me contestó “pues cierra los ojos y lo descubrirás”. Entre que los cerraba y los abría, “ya ciérralos, no pasa nada”. Los cerré y me dijo “ábrelos”, y recuerdo exactamente lo que era: unos aretes de oro, uno era un angelito que él decía que era yo, y el otro un diablito, que era él.

   Los aretes estaban embrujados o sepa qué tenían, porque algo nos conectó muy fuerte, porque yo fui la atrevida en besarlo y no lo quería soltar, ahora el miedoso era él. ¡Qué cosas!, pero en un instante terminó el encanto.

Armando – “Hey burguer, hey guey, ¿estás aquí?

   Mi hermano, no puede ser, ¡se me va a armar!, pensé. Alfredo abrió la puerta y la reacción de mi hermano!

Armando – ¿Qué guey?, ¿qué onda?, no te quieras pasar, ¿qué pedo guey?

   Me paré de prisa de la cama.

Elsa – cálmate, no me hizo nada, sólo me regaló éstos aretes, vámonos.

   Alfredo se quedó en la celda, no quería que empeoraran las cosas.

Ahora despierta la mujer que en mí dormía y, poco a poco, se muere la niña.

Salí arriba de una nueva, pero al poco rato me bajaron.

Armando – ¿Qué estabas haciendo Elsa?, ¿qué te dije cuando llegaste? Bueno, hazme enojar.

Elsa.- Ay, ya, cómo crees que le voy a hacer caso, ajá. Ya nos vamos, venimos mañana.

Armando – Bueno. Se van con cuidado.

   Hubo besos y abrazos.

    Ahora despierta la mujer que en mi dormía.

Perla – ¿Qué traes Elsa? Te gustó “el Alfredo” ¿verdad? Pero ya te dijo Armando y a mí también, me dijo que te dijera que no le hagas caso, que ni se te ocurra andar con él.

Elsa – Está loco, él no manda en mi vida.

   Le respondí muy grosera a mi hermana.

Perla – Pues tú sabes, ya estás grandecita.

Elsa – Sí, córrele, ya viene el camión.

   Iba encantada con mis aretes y no dejaba de pensar en Alfredo, ya lo quería ver de nuevo. Me dio su número de teléfono y empezamos a tener comunicación, no conocimos más.

   Andábamos a escondidas de mi hermano, pero oh sorpresa, ¡que nos cacha! No es tonto mi hermanito, sospechó y ya no quería que fuera al penal. Mi papá se enteró y me regañó.

   No aceptaban nuestra relación, mi papá me golpeaba (aparte porque yo me portaba mal), peleaba mucho con mi hermana, y decidí regresarme a San Luis, así que le hablé por teléfono a Alfredo para decirle y pedirle dinero prestado para venirme. Teníamos quince días de conocernos.

   Le marqué y me contestó:

  • ¿Qué pasa chaparrita?, todo bien ¿por qué lloras?
  • Ya estoy harta, ya me quiero regresar a San Luis.
  • Pero ¿por qué?
  • Sí, porque sí. ¿Me puedes prestar dinero para el boleto?
  • Claro que sí chaparrita, ven mañana tempranito a las ocho.
  • Pero mi hermano me va a ver.
  • No te preocupes por él, yo lo voy a entretener, ya sé cómo.
  • Está bien, mañana te veo.

   Al día siguiente me levanté temprano, me metí a bañar y me salí de la casa. Llegué al penal, las piernas me temblaban de miedo, tenía miedo de que mi hermano me fuera a descubrir. Ya estaba todo arreglado para que yo pudiera pasar sin ningún problema. Ahí estaba Alfredo parado, me abrazó y me dijo: “no te preocupes, vente vamos a las canchas o a algún lugar donde no nos pueda ver tu hermano”.

   -Ya te dije mija, no te voy a hacer nada

   Le respondí -Pues sí, vámonos a una celda- Me dijo: vente aquí está la de un cuate.

   Llegamos, había grabadora, flores, el cuarto olía rico. ¿Qué irá a pasar? Lo que tenía que pasar entre dos chavos que ya sentían quererse, y que eran el uno para el otro, me entregué a él. Todo fue tan lindo, ya no nos separamos ni un instante, tuvimos una hija bien hermosa, fruto de nuestro amor, a la cual le pusimos Doly Nahomy Rubí. Todo marchaba bien, era una relación tan hermosa, mi familia lo aceptó, yo iba a verlo al penal de Matamoros.

   Mi hermano salió y después de medio año salió Alfredo. Nos fuimos a vivir a la casa de su mamá. Pero no pudo darle la noticia, le mintió diciéndole que todos estábamos bien. Pero tarde que temprano las verdades salen a la luz.

   Mi papá se regresó a San Luis, todo parecía normal, estábamos haciendo nuestra vida ya sin mamá. Armando hablaba por teléfono todos los días, preguntaba por mamá y le respondíamos que estaba trabajando (pero para él ya no era normal).

Desenlace

Soy una mujer valiente, lo supe desde que llegué a este lugar. Me sorprendí yo misma al descubrir que soy fuerte, capaz de soportar esta prueba. Soy sincera, no ha sido nada fácil, a veces me quebranto, me achicopalo; mi carácter ha sido más fuerte, he aprendido a luchar en esta escuela de la vida en la que hoy me encuentro.

   En ocasiones me gusta estar sola, no soy muy sociable, soy una chava sencilla, única, me caigo bien y me amo, me valoro como mujer. Claro que tengo defectos (como todo ser humano), pero aquí lo importante es que los reconozco, pero a veces me cuesta aceptarlos.

   Ahora lo bueno de mí y que he visto es que soy muy buena madre: amorosa, cariñosa; me he enfocado en mis dos tesoros y he olvidado esta desgracia. No, no la llamaré así, la llamaré: “Mi oportunidad de vida”. Sí, eso es, una nueva vida, llena de bendiciones y oportunidades que Dios me está dando al llegar aquí.

(Historia del libro Cautivas, con el permiso de la coordinadora del mismo, Marcela García Vázquez)