CSP: desdinamarquizar salud; AMLO heredó crisis agravada
En una comunidad del Altiplano potosino, una encuestadora llegó con una tableta, un sombrero y un cuestionario para conocer las violencias que atraviesan la vida de las mujeres. No pudo terminar la entrevista. Un hombre la echó de su casa y le advirtió que iría por una pistola. La mujer a la que pretendía escuchar corrió a esconderse en la cocina.
El desierto tiene una manera particular de engañar a quienes lo atraviesan. Al mediodía, el sol cae a plomo sobre la tierra, se mete debajo de la ropa, se adhiere a la piel y convierte cualquier trayecto en una prueba de resistencia. Unas horas después, cuando la tarde comienza a desvanecerse, el frío llega sin pedir permiso. La temperatura desciende con una brusquedad que parece imposible para quien, apenas unas horas antes, sentía que el cuerpo se le derretía bajo el calor.
Alma —llamémosla así— conoce esa transición. Durante una jornada de septiembre, caminó por una comunidad rural del Altiplano potosino con el chaleco de su trabajo en una dependencia federal, un sombrero de logotipos oficiales que apenas conseguía protegerla del sol y una tableta electrónica en la que debía registrar las respuestas de una encuesta gubernamental. El dispositivo, expuesto durante horas a las altas temperaturas, comenzaba a resentir el calor. Ella también. Pero su trabajo no consistía solamente en soportar las inclemencias del tiempo, encontrar los domicilios indicados o conseguir que alguien abriera la puerta. Tenía que hacer preguntas.
Preguntas sobre la vida de las mujeres. Sobre sus hogares, su infancia, la escuela, sus relaciones de pareja, sus ingresos, sus decisiones y las cosas que alguna vez alguien les hizo sin que ellas pudieran impedirlo. Preguntas sobre golpes, amenazas, humillaciones, control del dinero, imposiciones sexuales y otras formas de violencia que no siempre dejan marcas visibles en el cuerpo. Preguntas que, en determinados hogares, no pueden pronunciarse libremente.
Alma llegó a aquella vivienda sin imaginar que terminaría su jornada con una amenaza. La casa conservaba las señales de una faena doméstica recién interrumpida. En la cocina, el humo de la leña todavía buscaba una salida entre las láminas del techo. La mujer a la que llamaremos Rosa llevaba puesto un mandil, como si hubiera dejado por unos minutos la preparación de los alimentos para atender a la visitante.
Al principio, todo parecía una entrevista más. Alma explicó el motivo de su presencia. Le habló de la encuesta y de la importancia de conocer las condiciones de vida de las mujeres. Pero había algo que no terminaba de encajar: el esposo de Rosa no se apartaba de ella. Permanecía a su costado, tan cerca que sus hombros se rozaban. No necesitaba levantar la voz para hacerse presente. Bastaba con su cuerpo, con la manera de ocupar el espacio y con esa vigilancia silenciosa que volvía innecesaria cualquier pregunta sobre quién tenía la última palabra en aquella casa.
Alma intentó continuar. La mujer respondía con cautela. El hombre escuchaba. A veces intervenía; otras, parecía examinar las intenciones de la entrevistadora. Quería saber por qué tenía que hablar a solas con su esposa, qué clase de preguntas iba a hacerle y qué interés podía tener el gobierno en conocer asuntos que, desde su perspectiva, pertenecían exclusivamente a la familia. ¿Por qué quería entrevistarla sin él?
La pregunta no era inocente. Tampoco lo era la insistencia.
Alma procuró explicar nuevamente el propósito de la visita. No quería provocar una confrontación ni poner en peligro a la mujer que tenía enfrente. En trabajos como el suyo, la prudencia no es una cortesía: puede ser la diferencia entre concluir una entrevista y desencadenar una situación de riesgo. Sin embargo, el hombre encontró otra manera de averiguar de qué se trataba.
Entró a la vivienda, tomó su teléfono celular y buscó información sobre la encuesta. No hacía falta una conexión extraordinaria ni conocimientos especializados. En aquella comunidad apartada, donde las carencias materiales siguen siendo parte de la vida cotidiana, también había teléfonos inteligentes y acceso a internet. Cuando descubrió que el cuestionario abordaba la violencia contra las mujeres, su actitud cambió.
Salió furioso. La entrevista dejó de ser una actividad que podía cuestionar para convertirse, a sus ojos, en una intromisión intolerable. La visitante ya no era una trabajadora que cumplía una tarea pública: era alguien que había llegado a preguntar por asuntos que él no estaba dispuesto a permitir que su esposa respondiera.
La corrió y después la amenazó. Le dijo que iría por una pistola y que, si al regresar ella seguía allí, lo lamentaría. No necesitó mostrarle el arma para que la amenaza cumpliera su propósito. Alma entendió que debía marcharse. En ese momento no había cuestionario que valiera más que su seguridad. Tampoco había una entrevista que justificara arriesgar la vida de la mujer que pretendía escuchar.
Pero entonces vio a Rosa. La mujer se metió corriendo a la cocina.
No hubo una despedida. No hubo una respuesta que pudiera registrarse en la tableta. No hubo oportunidad de conocer su historia, de saber si alguna vez había recibido un golpe, si le revisaban el teléfono, si podía disponer de su propio dinero o si alguna vez había sentido miedo dentro de su casa. Solo quedó aquella carrera breve hacia la cocina, como si el cuerpo de Rosa conociera de antemano el lugar al que debía dirigirse cuando el hombre se enfurecía.
Alma se fue. La entrevista terminó antes de empezar verdaderamente: sin respuestas, sin registro de una experiencia de violencia y sin posibilidad de distinguir qué había detrás de la reacción de aquel hombre. Lo que sí quedó fue una certeza difícil de ignorar: preguntar por la violencia puede ser peligroso incluso cuando quien pregunta no es una víctima, sino alguien que intenta documentar las experiencias de otras mujeres.
Alma me contó que lo ocurrido no era la única señal de alarma que había encontrado durante su trabajo. En otras viviendas, algunas mujeres hablaban de sus esposos como si la obediencia fuera una obligación natural. Decían que hacían lo que ellos les ordenaban, que sus maridos eran quienes decidían, que debían pedir permiso o que, finalmente, ellos eran los dueños de la casa y de la familia. No siempre lo decían con enojo. A veces lo expresaban con una tranquilidad que desconcertaba a quien las escuchaba.
Hay una forma de dominación que no necesita anunciarse como violencia porque ha conseguido instalarse en el lenguaje de todos los días. Se esconde en frases que parecen inocuas, en costumbres heredadas, en decisiones que nunca se consultan y en permisos que una mujer debe solicitar para ejercer derechos que deberían pertenecerle sin intermediarios. La violencia también se aprende como una gramática doméstica: se aprende quién puede hablar y quién debe callar; quién dispone del dinero y quién tiene que justificar cada gasto; quién sale de casa sin dar explicaciones y quién necesita autorización; quién puede enfurecerse y quién debe calcular cada palabra para no provocar una reacción.
A veces, el control se ejerce mediante golpes. Otras, a través del miedo, las amenazas, la dependencia económica o la vigilancia constante. Y en ocasiones se reproduce con tanta naturalidad que quienes lo padecen ni siquiera encuentran palabras para nombrarlo.
Eso no significa que todas las mujeres de las comunidades rurales vivan bajo esas condiciones, ni que el machismo sea exclusivo del campo. La violencia atraviesa territorios, clases sociales y niveles educativos. Pero en comunidades donde las distancias dificultan el acceso a servicios, las redes de apoyo son limitadas y la vida familiar transcurre bajo la mirada de todos, pedir ayuda puede volverse todavía más complicado. En lugares así, una entrevista puede representar una oportunidad para hablar. También puede convertirse en un riesgo si alguien descubre que una mujer ha tenido la posibilidad de contar lo que sucede dentro de su hogar.
Por eso la privacidad no es un detalle administrativo. Es una condición fundamental para que una mujer pueda responder sin temor a las consecuencias. La metodología de las encuestas especializadas en violencia advierte sobre la necesidad de evitar que la pareja u otras personas escuchen las respuestas. No se trata únicamente de obtener información confiable: se trata de no exponer a las entrevistadas a posibles represalias. Lo sucedido en aquella vivienda demuestra hasta qué punto esa precaución puede resultar decisiva.
Hay algo que las estadísticas necesitan y que, al mismo tiempo, no pueden mostrar por sí solas: el instante previo a una respuesta. La cifra aparece después. Antes hubo una mujer que tuvo que recordar, decidir si
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
Síguenos en: Facebook | WhatsApp | X | Instagram | YouTube
