Sumamos más de 100 mil muertos por Covid. Logramos el cuarto lugar mundial en fatalidades por debajo de Estados Unidos, Brasil y la India. La cifra podría aumentar a 120 mil, al cierre del año, y a 145 mil para el primero de marzo próximo, según proyecta el Instituto para la Métrica y Evaluación en Salud, de la Universidad de Washington. Invierno y fatiga social complican el escenario fatal.

En mayo pasado, el subsecretario Hugo López Gatell hablaba de un máximo de 6 mil muertos. Para junio, de 60 mil, diez veces más; un escenario catastrófico. El zar anti Covid quedó corto en los cálculos. La estrategia de no hacer pruebas con tal de no saturar hospitales ha sido un fracaso.
Nuestro gobierno ha desestimado las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud para reducir el índice de letalidad. Estamos en el sótano internacional por el número de fallecimientos por cada cien contagiados y, además, naufragamos en la peor crisis económica. Damos pena.

El presidente admite que estamos mal, pero hay otros peor. Nada dice de los que están mejor.

Fallas e imprecisiones sobre pronósticos de muertes y picos pandémicos, falta de medidas rigurosas para frenar el repunte de contagios y soliloquios cantinflescos sobre la usar o no cubre bocas, nos contagian. La 4T presume no haber saturado hospitales, pero disfraza el sobrecupo en panteones.

Además, todo lo que nos pasa, la 4T lo polariza. Para el presidente López Obrador el desempeño de su gobierno ha sido ideal; López Gatell, extraordinario. La realidad presente es culpa de la negra herencia de gobiernos pasados.

Al poder en turno la pandemia le vino como anillo al dedo. ¿A cuál dedo? Al nuestro no.

El caso es que la “Cuarta Transformación” da tumbos entre tantas tumbas… y cien mil muertos le jalan los pies.