Brasil: cuando el populismo fracasa y pierde el poder
Teresa Gil
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Nos amanecemos en México todos los días sabiendo que, por fortuna, todos somos inocentes. Hasta el más pintado, que debe todo tipo de delitos, es inocente. Si se leen los medios, la inocencia transita y, lo peor, es que muchas veces, por errores en las fiscalías o por la corrupción de un juez, la inocencia se confirma.
Esos que son denunciados por delitos graves tienen abogados que cumplen con su papel de defender. Lo que circula ahora es lo abrumador de los amparos que presentan los caros defensores de Ernesto Ruffo Appel, hasta para impedir que sea torturado. Una precaución que debió haberse tomado en pasados sexenios.
Los abogados han mostrado una falla al decir que el exgobernador de Baja California —1989-1995— está delicado de salud porque tiene 65 años, como señalan, cuando tiene 74, ya que nació en 1952.
Los cargos de la Fiscalía, entre otros, son por huachicol ferroviario, tras el conocimiento de 163 carros tanque de combustible sin registro fiscal y su vinculación con siete personas más.
El expresidente Vicente Fox ha acompañado a familiares de Ruffo y, desde luego, ha lanzado críticas contra el gobierno. Consideró fatal que un personaje como el acusado, siendo decente, no debería ser juzgado.
La postura de este señor y de otros que seleccionan el valor de las personas es que hay quienes no deben ni merecen ser juzgados porque “son decentes”. Y a los otros, a los desarrapados que delinquieron, que se los acoja la cárcel.
Eso deben haber pensado los panistas, como Felipe Calderón, cuando este convirtió las cárceles en negocio, para que fueran los pobres, quienes llevados por muchas injusticias en el pasado fueron orillados a cometer todo tipo de delitos.
A los otros, a los resguardados de la sociedad, se les debe todo el respeto. Es la paradoja que se maneja ante el derecho. Y se ve en países como Estados Unidos, por ejemplo, en donde los más sentenciados han sido afros o pobres extranjeros.
Graham Greene, el escritor británico fallecido en Suiza en 1991, escribió de todo, pero fue un maestro en sus relatos y cuentos cortos.
El argumento de la defensa (The Case for the Defense, Penguin USA, 2005), también llamado La defensa, uno de sus cuentos breves más reproducidos y editados, concentra, no obstante, las premisas del juicio, la capacidad de probar la acusación en un proceso penal y, desde luego, la defensa.
El asunto se centra en una mujer que jura que el acusado que está en la sala es el mismo que vio salir con un martillo de la casa vecina donde fue asesinada una anciana.
El defensor usa todos sus recursos para hacer caer en contradicción a la mujer, incluso utilizando la visión precaria de esta.
La sorpresa de los asistentes a la sala no tiene límites cuando aparece un hombre idéntico al acusado: eran gemelos.
¿Quién de los dos era el culpable?
Greene fue considerado un escritor católico, y lo prueban cuatro de sus novelas. Una de ellas, El poder y la gloria, se desarrolla en Tabasco durante la época cristera y cuenta la historia conflictiva de un sacerdote arrepentido.
Al escritor no le gustaba mucho que lo consideraran así, pero en algunos casos solía dejar el castigo de sus personajes a la justicia divina, como es común en algunos escritores ingleses.
A lo mejor eso tratará de buscar Fox.
Declarado inocente, el hombre del cuento es atropellado al salir del juzgado. ¿Murió el culpable o el inocente?
Greene le deja la solución del enigma al lector.




