Palabras y juicios irredentes
Hace ciento cuarenta y seis años, que el 19 de febrero de 1880 nació el revolucionario ex presidente de México, General Álvaro Obregón Salido. Fue en Siquisiva Navojoa, Sonora y su muerte el 17 de julio de 1928, tiene un claro señalamiento histórico: es una de esas muertes generadas por el fanatismo religioso. Su recuerdo actualiza lo que se observa en otros contextos como medio oriente, donde la religión es el pretexto para generar guerras sangrientas en el nombre de un dios, cuando lo que interesa es la riqueza que pueden generar las zonas que se disputan.
En el caso de México, no hay que olvidar que las Leyes de Reforma fincadas años antes del nacimiento de Obregón, tenían como finalidad controlar el avorazamiento de la iglesia católica no solo en servicios que se adjudicaba, sino en propiedades de todo tipo que fueron reivindicadas por el estado. La que creía una ofensa para los impulsores de esa religión, mantenía un deseo de venganza que se expresó no solo en este crimen, sino en la llamada Guerra Cristera que provocó centenares de muertes de ambas partes.
El sonorense ya había sido objeto de varios atentados y una de sus participantes la llamada Madre Conchita, María Concepción Acevedo de la Llata, denunció en su momento que uno de esos atentados se había organizado no solo contra Obregón, sino contra el otro ex presidente y también sonorense, Plutarco Elías Calles.
Se menciona con participación en esos atentados en la capital, al cura católico Miguel Agustín Pro Juárez. En el atentado anterior a su asesinato por el fanático José León Toral, el carro en donde se conducía a los agresores era del propio cura mencionado y lo manejaba su propio hermano. Esos datos están comprobados. Y lo que también está comprobado plenamente es que la iglesia católica tomó la figura del cura, que fue fusilado, y la llevó a los altares del Vaticano.
En lugar de que sus altos religiosos condenaran la muerte del revolucionario aplicando el sexto mandamiento del decálogo Judeocristiano, el no matarás, lo mantienen actualmente en la llamada santidad cursando los niveles que esa iglesia suele poner a sus elegidos.
Tras su asesinato, la figura de Álvaro Obregón fue altamente reconocida en su estado, Sonora. Yo recuerdo que sus familiares vivían en la ciudad que lleva su nombre, en el municipio de Cajeme, cercanos a la Laguna Náinari. En crónicas he relatado que tuve a dos alumnos cuando adolescente, di clases en la primaria Amado Nervo. Esos niños eran nietos de Álvaro Obregón, hijos de una hija natural que él tuvo con una mujer.
Pero lo singular de los dos niños, hombre y mujer, era que la niña solía hablar con mucha probidad de su abuelo. Con el tiempo su hijo de matrimonio, del mismo nombre, fue gobernador del estado a veces cuestionado por sectores campesinos.
En cierta ocasión por los ochenta del siglo pasado, coincidí con él en el asiento a un viaje a la Ciudad de México y me dijo que se dirigía precisamente al sitio donde su padre fue asesinado en la Bombilla, en 1928. Y el motivo era que la familia pedía que la mano del general resguardada históricamente tras perderla, fuera desaparecida.





