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Cada diciembre, El cascanueces regresa a los escenarios como una tradición que anuncia la temporada invernal. Pero más allá del ritual navideño, esta obra nos recuerda que el arte es también una herramienta de formación ciudadana, un espacio para educar la sensibilidad, la imaginación y el sentido comunitario.
Este 5 de diciembre, la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí presentó en la Cineteca Alameda un concierto dedicado a la música de El cascanueces, una oportunidad valiosa para escuchar en vivo la partitura de Piotr Ilich Chaikovski. Para quienes no siempre pueden asistir a una función completa de ballet —ya sea en San Luis Potosí o en la Ciudad de México—, esta experiencia abre la puerta para comprender por qué esta obra se ha convertido en un símbolo cultural de la temporada.
Como practicante de la danza, me interesa especialmente que el público conozca el ballet no solo como espectáculo, sino como lenguaje. Comprender ciertos elementos básicos permite apreciar El cascanueces de manera más profunda. Las posiciones iniciales del ballet —como la primera posición (talones juntos y puntas hacia afuera), la segunda (pies separados manteniendo la rotación externa) o la quinta posición (un pie delante del otro, tocándose punta y talón)— no son solo posturas elegantes: son la estructura desde la cual el cuerpo narra emociones, batallas, transformaciones y sueños. Reconocerlas permite al espectador “leer” la danza con mayor claridad.
El cascanueces nació en 1892, con música de Chaikovski y coreografía de Lev Ivanov, adaptado del cuento de E.T.A. Hoffmann y de la versión de Alejandro Dumas. Su historia de Clara, el juguetero Drosselmeier, el Cascanueces que se convierte en príncipe y el viaje al Reino de los Dulces, combina fantasía con un refinado trabajo técnico. El famoso pas de deux del Hada de Azúcar y su Cavalier —con sus variaciones y su coda virtuosa— no solo es belleza: es disciplina, precisión y diálogo corporal.
La danza, como dijo Martha Graham, es “el lenguaje oculto del alma” (Graham, 1991). Y Mark Twain escribió que “la danza es la expresión vertical de un deseo horizontal” (Twain, 1985). Ambas afirmaciones coinciden en algo esencial: el arte nos ayuda a entender emociones, vínculos y aspiraciones que difícilmente se expresan con palabras.
Por eso, ver El cascanueces es más que disfrutar una obra clásica: es participar en una experiencia estética que educa. La música enseña escucha, matiz y memoria; la danza enseña disciplina física y emocional; y juntas fomentan valores fundamentales para la vida en comunidad: sensibilidad, respeto, imaginación y apertura cultural.
En tiempos donde la prisa, la indiferencia y la saturación de información parecen dominar la vida cotidiana, el arte nos ofrece un espacio para recuperar lo humano. Ver El cascanueces —en concierto o en ballet— nos recuerda que la belleza también construye ciudadanía. Que un pueblo que valora la cultura es un pueblo que se entiende a sí mismo y que convive con mayor empatía.
Si tienes oportunidad de ver esta obra en cualquiera de sus formatos, hazlo. Porque El cascanueces no solo se ve ni se escucha: se aprende. Y en ese aprendizaje encontramos una forma de habitar el mundo con más sensibilidad y más humanidad.
Referencias
Hoffmann, E. T. A. (2017). El cascanueces y el rey de los ratones. Madrid: Alianza Editorial. (Edición actual en español y muy utilizada en estudios de arte).
Grant, G. (2012). Diccionario de ballet. Madrid: Akal. (Edición en español del manual clásico sobre posiciones y vocabulario técnico del ballet).
Mackrell, J. (2019). “El Cascanueces, una tradición navideña que casi no sucede”. The Guardian en Español. (Artículo disponible en su edición traducida).
Fisher, J. (2019). El fenómeno de El Cascanueces: cómo un ballet europeo se volvió tradición navideña. México: Fondo de Cultura Económica.





