Columna Descomplicado/Jorge Robledo
En casi todo el mundo se ha socializado la idea de ultraderecha o ultraizquierda para caracterizar a un partido, personaje o proyecto político. En EU son adjetivados como comunistas, que allá es algo peor que el demonio, se trata de calificar a los políticos que suscriben el socialismo democrático (que tampoco son socialistas en estricto sentido), quienes hacen oferta de campaña el tema de la asequibilidad (afordability). Esta corriente ha ganado terreno, lo que significa que en EU vive un cambio en el electorado. La estigmatización ideológica no descalifica, ejemplo, el triunfo de Zohoran Mamdani como alcalde de NYC.
En México, en la misma línea de desacreditar o desautorizar moralmente al adversario, Morena y la misma presidenta Sheinbaum con frecuencia refieren a la condición de ultraderecha a los adversarios y hasta a los medios de comunicación y líderes de opinión. Suscriben la tesis de la conspiración mundial de la ultraderecha que se sirve de medios, editorialistas o líderes políticos opositores. En días pasados López Obrador calificó a varios periodistas, entre éstos, a Carmen Aristegui como neofascistas.
No es gratuito el exceso en el lenguaje político, siempre hay una intensión. Cada vez se utilizan más y con mayor ligereza los calificativos para reprobar al adversario, sobre todo cuando se ha perdido el código de imparcialidad que debe suscribir cualquiera autoridad. La presidenta Sheinbaum y la dirigencia de Morena recurren con frecuencia al calificativo de traidores a la patria y ha logrado que la campaña nacional para la elección intermedia de la coalición gobernante sea la defensa de la soberanía, dejando de lado, por obvias consideraciones, la lucha contra la corrupción, la inseguridad o la pobreza.
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