Nació en el paisaje verde, cálido y húmedo de los miles de metros que bajan sobre el cuerpo de los nevados volcanes del Valle de México.

Fue nieto de un soldado del Generalísimo Morelos y sobrino de dos militares que guerrearon en la Reforma y contra la Francia De Napoleón III.

Líder revolucionario y reformador agrarista mexicano, campesino, labrador, Emiliano Zapata Salazar vio la luz en San Miguel Anenecuilco, Morelos, el 8 de agosto de 1879, fue el hombre que no transa ni doblega sus convicciones, porque ellas son la esperanza de su pueblo.

Con claridad le dijo en su cara al adalid del Plan de San Luis: “No, señor Madero. Yo no me levanté en armas para conquistar tierras y haciendas. Yo me levanté en armas para que al pueblo de Morelos le sea devuelto lo que le fue robado. Entonces pues, señor Madero, o nos cumple usted, a mí y al estado de Morelos lo que nos prometió, o a usted ya mí nos lleva la chichicuilota”. Así se expresó, viendo a los ojos a Francisco I. Madero, mientras golpeaba con fuerza su carabina 30-30 sobre el escritorio del coahuilense.

En otra plática le dijo Zapata a Don Francisco: “Mire, señor Madero, si yo aprovechándome de que estoy armado, le quito su reloj y me lo guardo, y andando el tiempo nos llegamos a encontrar y con igual fuerza ¿Tendría usted el derecho a exigirme su devolución? –¡Cómo no, general, y hasta tendría derecho de pedirle indemnización por el tiempo que usted lo usó indebidamente!- ”. Zapata le dijo que eso era exactamente lo que había pasado en Morelos, donde unos cuantos hacendados habían despojado a los campesinos de sus tierras.

Chinameca

A las 14:10 horas, el general Emiliano Zapata se presentó en la puerta de la hacienda que ocupaba el traidor Guajardo. Una banda formada tocó «llamada de honor» y sin terminar ésta una trompeta tocó «a fuego». Como los soldados presentaban armas al pasar el general Zapata, el primero en disparar fue el centinela y a continuación siguieron las descargas que los otros hacían en su contra. Zapata quiso sacar su pistola en los últimos momentos que le quedaban de vida y tratando de dar media vuelta, el caballo arrojó su cadáver al suelo.

Así fue como el caudillo suriano fue víctima de la traición el 10 de abril de 1919. Sus ejecutores quisieron dar muerte a los ideales de justicia y libertad de Zapata y de otros caudillos.

La muerte no acabó con su lucha, ni con su legado, que hoy en día continúa. No es batalla sin rostro, sino constante trabajo de quienes conocen y aman sus tierras, que son productivas a su patria. Es lucha de campesinos, a lo largo y ancho del territorio, que aman su faena y que son herederos del caudillo que luchó para que no se olvidara el respeto a lo que es propio.

Hoy tenemos derechos conculcados de ejidatarios y comuneros, marginación, despojos, invasiones, atraso tecnológico, descapitalización. Sin embargo, los campesinos han demostrado que su agricultura y sus comunidades no son reliquias, sino cimientos de una nación con rostro y corazón humanos.

Las condiciones actuales del campo no permiten postergar decisiones y así el ideario de Zapata sigue vigente; la deuda con los campesinos y, particularmente, con nuestros indígenas no está saldada.

A Zapata se le trata de repetir en estatuas ecuestres de piedra y en bronces duros y sin vida. No obstante, Zapata vive en los ojos y en los brazos de los campesinos de México: ambos son la esperanza de su pueblo.