La historia sobresaliente de 2020 es abrumadoramente la pandemia. No podría formular ninguna otra que encabece el interés de millones de personas simultáneamente. En correspondencia con esta importancia, los medios y las redes han hecho lo propio cubriendo la dimensión del problema humano y el avance científico que nos hará derrotarlo.

Pero ojalá la información solo abarcara estos dos temas.

La triste realidad es que también se ha generado basura informativa, rumores, especulaciones. Un volumen inconmensurable de información compartida ha consistido de noticias falsas. Y esto, cuando se trata de temas de salud, puede tener consecuencias irreversibles.

Se entiende que haya celeridad por anunciar curas. Pero lo que no se entiende es por qué esto ha ofuscado el principio de afirmar, difundir y publicar solo cosas que tengan alguna referencia seria o de autoridad, o no digamos trazos de congruencia o de sentido común. No, tomar alcohol nunca ha sido “la cura” de nada. No, tu teléfono no irradia ondas que provocan virus y Bill Gates ya es lo suficientemente rico como para tener tiempo de crear una conspiración de más de 100 países, decenas de miles de científicos y profesionales de la salud, todo para lograr vendernos una vacuna. Ya suficiente dominio tiene Microsoft en el mundo, ¿no creen?
Infodemia le dicen algunos pero no me cuadra tanto el término porque esto sí es curable, con toda honestidad.

Es sencillo: ¿ves alguna afirmación de “cura” milagrosa? Consulta de inmediato a una fuente fiable: la Organización Mundial de la Salud o la Secretaría de Salud pueden darte referencia.

¿Lees sobre una confabulación misteriosa que parece explicar todo cuanto sucede con sencillez? Recuerda que la realidad es compleja y que la ciencia se basa en la comprobación o rechazo de hipótesis, no en afirmaciones grandilocuentes e inmediatas.

¿Tienes miedo? Sí, eso casi todos lo sentimos. Pero nada se disipa solo por desearlo. Recuerda que todos jugamos un rol en evitar la propagación: la del virus y la de la desinformación.