Brasil: cuando el populismo fracasa y pierde el poder
Quiero retomar la importancia de escribir a mano en un mundo dominado por dispositivos tecnológicos cada vez más atractivos. Hoy vivimos inmersos en teclados, pantallas y sistemas de dictado que resuelven casi cualquier necesidad de escritura. En este entorno, lápiz y papel parecen objetos prescindibles, pese a que durante décadas fueron herramientas entrañables. Muchos recordamos las libretas con diseños especiales, los estuches, los lápices y lapiceros que elegíamos con entusiasmo. Aquellos objetos nos motivaban a escribir y, al mismo tiempo, nos permitían personalizar nuestra forma de aprender.
La escritura manual es un proceso cognitivo complejo que requiere la coordinación entre cerebro, ojo y mano. Diversos estudios coinciden en que integra percepción visual, lenguaje y motricidad fina. Entre los investigadores que abordaron este proceso destacan Luria, Wallon, Ajuriaguerra, Ferreiro y Teberosky, Piaget y Montessori, quienes demostraron que la construcción de la escritura se vincula con etapas del desarrollo cognitivo, la interacción con el entorno y la coordinación neuropsicológica.
Por eso, más que un gesto nostálgico, escribir a mano representa un regreso necesario: una práctica que activa capacidades cognitivas que difícilmente se desarrollan al escribir en pantallas.
La escuela puede recuperar este valor y enseñar a las nuevas generaciones a equilibrar la escritura digital con la manual. Una opción práctica sería destinar un día a la semana a escribir a mano: redactar recados, escribir cartas para amigos o familiares, llevar un diario, hacer ejercicios de caligrafía o crear un recetario. Escribir a mano clarifica las ideas y favorece una comprensión más profunda de los contenidos. Además, permite identificar dificultades de aprendizaje, reconocer estilos cognitivos y acompañar el desarrollo formativo desde una mirada cercana y reflexiva (Palomo, 2025).
El Dr. Antelm Pujol Calafart difundió recientemente un estudio realizado con 36 estudiantes universitarios mediante electroencefalograma. Los resultados muestran que escribir a mano genera patrones de conectividad cerebral más complejos y que estas conexiones favorecen la memoria y el aprendizaje. La conclusión es clara: mantener la escritura manual optimiza la adquisición de conocimientos.
Escribir a mano también tiene una dimensión estética. La letra refleja nuestra personalidad y su trazo imprime una marca única. Un ejemplo interesante aparece en la película Frankenstein, de Guillermo del Toro, donde se ha comentado que la tipografía del título se inspira en la caligrafía original de Mary Shelley, como un homenaje a la autora. Este detalle subraya el valor simbólico que puede tener la escritura manuscrita.
También se ha debilitado el hábito de tomar apuntes en clase. Antes, organizar los apuntes era una forma de estudiar y mantener la atención. Hoy muchos estudiantes optan por tomar fotografías, lo que reduce la concentración y limita el procesamiento activo de la información. Sin caer en un enfoque neoludita, es necesario buscar equilibrio. El genetista Julio Rodríguez afirma que quienes toman apuntes en el móvil tienen un 75% más de probabilidades de repetir curso que quienes escriben a mano, y estos últimos tienen un 58% más de probabilidades de obtener la calificación más alta (Rodríguez, 2025).
A veces olvidamos que el papel y el lápiz también cuentan historias. Por eso, cuando tengan oportunidad, visiten espacios que celebran la memoria escrita. En Monterrey, por ejemplo, el Museo del Escritor ofrece un recorrido íntimo por manuscritos, objetos y procesos creativos que recuerdan la grandeza del trabajo concentrado y deliberado. En el país también existen museos dedicados al lápiz, la papelería y los instrumentos de escritura, verdaderos refugios para quienes valoramos lo analógico. Acercarse a estos lugares nos invita a mirar con otros ojos aquello que parece simple: la potencia de un trazo que nace de nuestra propia mano.
En este contexto, vale la pena recordar a Daniel Cassany (1995), quien afirma:
«Escribir es un proceso artesanal: mientras elegimos las palabras y pulimos las frases, también ordenamos lo que pensamos y damos forma a nuestro propio conocimiento».
Su reflexión cobra un sentido renovado hoy, cuando la inmediatez digital nos empuja a escribir sin procesar y sin detenernos a pensar.
En palabras de González Serrano (2023): «En este panorama de prisas y estrés, escribir a mano se ha convertido en un acto de sana rebelión y lúcida disidencia, en una reivindicación de nuestra libertad y un reclamo de nuestra independencia. La escritura a mano, saludable y necesaria, nos permite reconquistar nuestra atención y recuperar el tiempo que las dinámicas de la vida contemporánea nos arrebatan».
Mantener viva la escritura a mano no es un gesto romántico ni una resistencia al progreso. Es una manera de preservar una capacidad humana esencial: pensar mientras escribimos, escribir mientras pensamos.
Referencias
Cassany, D. (1995). La cocina de la escritura. Anagrama.
González Serrano, C. J. (2023). Necesitamos escribir a mano. El País.
Palomo, M. F. (2025, 16 de febrero). Leer en papel y escribir a mano generan más actividad cerebral y aprendizajes significativos. El Mercurio, sección Educación, p. A9.
Rodríguez, J. (2025, 21 de noviembre). Publicación en X.





