El presidente sereno que con aplomo prometía un futuro mejor para todos los mexicanos, comienza a dar señales de nerviosismo y lo veremos perder la calma con mayor frecuencia.
Se entiende, los problemas lo rebasan.
No era tan fácil gobernar como él lo suponía.
De buenas a primeras la emprendió ayer en la mañana contra la revista Proceso porque no lo apoya de manera incondicional.
“Proceso no se portó bien con nosotros”, se quejó en su conferencia matutina.
-No es papel de los medios portarse bien, presidente-, le argumentó el reportero del semanario.
-No, pero estamos buscando la transformación y todos los buenos periodistas de la historia siempre han apostado a las transformaciones-, repuso López Obrador.
Es decir, le reclamó públicamente a Proceso no tomar partido a favor suyo, porque cree que él es la transformación.
Creo que le asiste la razón el presidente cuando dice que los medios deben tener causas, pero esa es otra discusión porque Proceso y el periódico que sea tiene derecho a pensar lo contrario.
Enseñó su vena autoritaria y el malhumor que lo comienza a atenazar: si no está conmigo, está contra mi (son conservadores)
Momentos antes se enojó y despepitó contra el diario Reforma, porque publicó una nota en que dice que AMLO vivirá en un Palacio (Nacional).
“¿Conocen el edificio de Reforma? Es un palacio. Y yo diría -con todo respeto- de mal gusto, porque también los fifís no tienen tanta sensibilidad para la arquitectura”.
Fifís, como lo ha explicado el propio presidente López Obrador, quiere decir, entre otras cosas, corrupto.
El presidente está nervioso, y se le nota.
Claro que vivirá, o ya vive, en un palacio. Aunque él diga que sólo va a ocupar una parte (ni modo que lo use todo), se mudó a Palacio Nacional.
Con sabiduría, el presidente Lázaro Cárdenas mandó construir la residencia oficial de Los Pinos, a fin de que los presidentes no vivan en un palacio. NI en el de Chapultepec ni en Palacio Nacional.
El fin de semana, en Ciudad Valles, un grupo de personas se apostó afuera del hotel donde pernoctaría el presidente porque querían hablar con él. Protestaron para hacerse oír.
Lo que querían decirle era un asunto menor, como suele ocurrir en las giras: una queja contra el presidente municipal porque no los atiende.
Ante eso López Obrador no pudo contener el enojo y los increpó: “¡Esto es un acto de provocación!”
Sobre la queja, los bateó con insensibilidad extraña en él: “Si el presidente municipal está tomando una decisión, por qué tienen que hacerme esto a mi”.
Los corrió: “la única cosa que quiero es que se retiren porque no merezco que aquí donde voy a descansar se metan ustedes a la fuerza. Esto es indebido. Democracia es orden y todo merecemos respeto”.
Ante la insistencia de los pobladores para que los escuchara, dio el charolazo: “¡Aunque tengan necesidades, siempre hay que respetar a la autoridad!”
No viene al caso hacer un recuento de todas las veces que los partidarios de López Obrador se metieron a la fuerza a eventos de otros presidentes. Cuántas veces les bloquearon los caminos. Los hoteles. Cuántas veces les impedían rendir sus informes de gobierno.
Lo que si es pertinente apuntar es que López Obrador está perdiendo la calma, apenas en el octavo mes de gobierno.
Preparémonos, porque los problemas lo están rebasando y lo van a rebasar más.
No pueden con la economía. Él, que tanto criticó a gobiernos anteriores por crecer al dos, tres o cuatro por ciento, hoy se aproxima al rango de cero por ciento.
Hay una recesión a la vista, y no por problemas externos.
No pueden con la inseguridad, a pesar de prometer que la resolvería con sólo llegar a la presidencia. Vivimos los siete meses con más crímenes, feminicidios, extorsiones y secuestros de la historia del país en tiempos de paz.
No pueden con el empleo, que se les desplomó en siete meses a niveles de la gran depresión global de 2009.
Hoy el presidente tiene a Estados Unidos encima y lo han tocado en uno de los flancos donde más le duele: su nacionalismo.
Había dicho que respondería “cada tuit” de Donald Trump.

En la práctica ha sucedido lo impensable en un político de su perfil: no sólo no contesta, sino que obedece las reglas que nos pone el magnate de la Casa Blanca.
A medida que avance el sexenio los problemas se va a agudizar, porque en su léxico no aparece el verbo corregir.
Y veremos a un López Obrador más frecuentemente irritable.
Cuidado con las decisiones al calor de los enojos.