
Los que no pudieron salir
Por supuesto que está pandemia no es culpa de Andrés Manuel López Obrador.
Al gobernar una nación debes saber que puedes enfrentar amenazas externas a tu país de las cuales tú no eres la causa. Pero eres quien tiene el deber de organizar y dirigir la defensa y contraataque. La población debe unirse y solidarizarse en favor del beneficio colectivo y de la supervivencia de la patria. Los esfuerzos productivos deben de ser orientados para optimizar los recursos y encauzar los servicios y bienes manufacturados para ayudar a combatir el problema. Las instituciones públicas deben volcarse a realizar los mejores esfuerzos para apoyar a la población y ejercer sus facultades con el fin de detener la amenaza. Y es indispensable qué quién precede el gobierno muestre una imagen ejemplar, y al mismo tiempo que pide que el más humilde trabajador y al gran empresario que hagan su mejor esfuerzo y entiendan que son tiempos de sacrificarse y apoyar, el mismo gobernante debe demostrar en su propia persona, sus acciones y sus palabras qué está dispuesto a esforzarse igual que ellos.
Desde un principio el presidente de la república ha hecho de este insólito tiempo de tribulaciones un merequetengue, lleno de mentiras, contradicciones y absurdos. Lejos de advertir y enfrentar el problema para que la población haga lo propio, ha minimizado el problema, ha evadido la responsabilidad y se ha mostrado como un charlatán de media comedia frente a un problema serio, tan así que nos ha dejado en la modesta y rasurada contabilidad del propio gobierno con 300,000 muertos.
En este tiempo que hemos vivido las apremiantes y dolorosas secuelas de la pandemia, lejos de orientar los esfuerzos e incentivar la producción reservando ciertos apoyos a quiénes debían mantener la economía y la ocupación laboral, el gobierno los ha ignorado y desatendido porque esa fue su prerrogativa desde un principio, castigar a quienes en su momento apoyaron a los anteriores gobiernos. Ya que como todos sabemos, el Peje solo sabe arremeter contra figuras del pasado, aun cuando debería de canalizar su energía al verdadero enemigo que está en un frente que no es el de los sexenios anteriores.
Todos sabemos que no es un médico ni un científico afín a las cuestiones biológicas con los conocimientos sobre los cuales deben tomarse las decisiones en torno a este problema sanitario, pero debe el presidente de ser capaz de seleccionar a personas con el conocimiento, la experiencia y la capacidad para tomar las decisiones y recomendar las líneas de acción que el jefe del ejecutivo mismo debe de mandar implementar en su gobierno. En un principio la elección de un médico diferente al secretario de salud parecía un asunto extraordinario, ya que le corresponde a un ministro tomar decisiones tan complejas, pero se prefirió a alguien que parecía capaz por sus credenciales de enfrentar la problemática de forma más específica. Hugo López-Gatell fue elegido por encima del secretario, el también doctor Jorge Alcocer. En determinado momento el subsecretario encargado de estos esfuerzos se tiró hacia la politiquería y tuvo una actitud marrullera para ensalzar la imagen del presidente, desestimó la propia causa y su propio respaldo, la ciencia,y creo fracciones entre la población, que lejos de chuparse el dedo, cuestionó su investidura. Hugo Lopez-Gatell en un plan casi de Rockstar casi Divo ni siquiera pudo dar la cara propiamente en el poder legislativo, tanto en la cámara de diputados como en la de senadores de la que tuvo que correr como un perro con la cola entre las patas.
Y el merolico de palacio, interpretando que el poder se asienta en nunca aceptar una equivocación ni variar las decisiones aun cuando estén comprobadas como equívocas, ha mantenido en el puesto al doctorcito, quién ya huele francamente peor que cadáver de cuatro días. Con esto solo demuestra que no solo tomó una decisión equivocada al elegirlo, sino que también se equivocó al no rescindir de este puesto a una persona que falló a la patria.
Pero embebido en el néctar falsario del populismo y creyendo en su infalibilidad proveniente de su aparentemente buena intención, Andrés Manuel López Obrador (ahora está infectado por segunda vez con el virus causante de esta trágica situación, en su variante de omicrón) continúa con el mismo rumbo que probablemente nos lleve a una conclusión con visos funestos y que será cuestionada históricamente por quiénes se determinan como sus detractores; Se registrará este como un sexenio mediocre, pero puede decirse que la corona negra será está pasmosa y dolorosa convalecencia de un país que habrá perdido mucho y que solo con la estúpida fe ciega que siempre padecen los mexicanos se podrá olvidar a quiénes son los que empeoraron todo desde los asientos del poder.