Entre varios aforismos, Nassim N. Taleb escribió: La trampa del incauto es concentrarnos en lo que sabemos nosotros y en lo que no saben los demás, en lugar de al revés (N.N. Taleb, El lecho de Procusto, Paidós, Barcelona, 2018).

Como en película setentera, con secuela semi-perene, “la fuerza” es invocada desde la Dirección General de CONACYT al usar #LaFuerzaDeLaCiencia en comunicaciones por redes; quizá Jedis les aconsejan.

Un contexto de interés es la ruta 2021, se compite por 15 gubernaturas y hay recambio en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión; así como ayuntamientos y congresos locales.

En este espacio he comentado sobre la pertinencia de incluir elementos de CTI en los planes de trabajo de quienes aspiren a algún puesto de elección. No obstante, una situación debe ser tomada en cuenta.

No es infrecuente hallar a profesionales de CTI que dicen saber de todo. Lo frecuente es hallar villamelones, lo infrecuente encontrarse en la CTI con pensadores de amplio espectro.

En descargo de las personas, sin que sea pretexto, esto no es sorprendente ya que un profesional de la CTI pasa una gran, mayoritaria, parte de su vida especializándose.

Mi punto es que la comunicación e identificación de perfiles no es sencilla. Hay muchos profesionales de la CTI, demasiados en mi opinión, que se mimetizan en el conocimiento, pero sólo asocian ideas con acceso al diccionario.

Una manera de identificar, adicional a filias y fobias tanto como simpatía y empatía política, es al reconocer a quienes pongan cuidado y atención en entender lo que ellos no saben y en lo que sí saben sus interlocutores.

Usar lo que sí saben para atender, de ser requeridos, necesidades del tercero: La sociedad.

Para focalizar, si alguien de la sociedad hace una pregunta general a quién tenga como profesión la CTI, es muy común que la respuesta sea sobre lo que dice saber y no sobre la pregunta.

De ahí su argumento de que tal o cual técnica científica no encuentra mercado como innovación; contradictoriamente en el mundo sucede que sí. De hecho, los profesionales de la CTI en México esperan que la sociedad diga en qué pueden ayudar, pero al decirles imponen resistencia.

No malinterprete, aquí he sostenido y ejemplificado, aun lo hago, cómo es la que CTI es capaz de ofertar soluciones a necesidades de la sociedad; a pesar de limitaciones normativas y el abandono que el estado ha inducido, y ahora más, en la CTI. Hay mucho talento en México, una labor es hallarlo.

En términos generales, hay necesidades en industria o empresas, medioambiente, salud, educación, telecomunicaciones, ciberseguridad, y mucho más.

El reto es priorizar en un plan de gobierno, previa identificación de perfiles, los temas en los que existe capacidad instalada y por instalarse –aguas con los costos de operación en largo plazo, son altos-.

Si algún aspirante a gubernatura pretende incluir la CTI, es pertinente que sean planes de gobierno para generar soluciones desde ésta hacia requerimientos de la sociedad. Digo, no le vayan a pedir construyan un observatorio astronómico en su pueblo natal como plan de gobierno; lo cual podría ser una vez que un país rico tiene de sobra para ello, antes sólo es ostentoso.

Atraer recurso humano no es problema, otro asunto es garantizar su productividad orientada y operación continuada.

Hay tentación, en la administración federal actual se prometieron 100 universidades públicas nuevas, muy calladitos avanzan en instituciones doctrinarias no en universidades.

Otro reto es generar estructuras con autonomía del estado, increíble que aun sea tema luego del debate entre Antonio Caso y Vicente Lombardo Toledano. CONACYT debería ser organismo constitucional autónomo, pero no se ha logrado y ahora está más sometido que nunca; a pesar de que la fuerza le acompaña.

Concluyo, la CTI es incauta por ingenuidad, está entrampada. Al incorporarle decididamente, habrá, sin duda, beneficios a la sociedad. Legislación y ejecución deberían incluirla inteligentemente.