Brasil: cuando el populismo fracasa y pierde el poder
Un tema que soslayan los aspirantes a presidente municipal —como a cualquier otro nivel de gobierno— cuando hablan en mensajes de redes sociales ofreciendo el cielo y las estrellas al ciudadano, es qué van a hacer para controlar la corrupción que lleva a la distracción de recursos públicos por robo y obras de mala calidad.
No conocemos a algún alcalde, gobernador o presidente de la República, de cualquier partido, que haya salido pobre al terminar su administración, sino que algunos presumen una riqueza ostentosa a través de familiares o amigos que les sirven de prestanombres para evadir la acción de la justicia. Así, se hacen de ranchos, mansiones, caballos finos, autos de lujo y hasta yates.
La ambición por el dinero rápido de funcionarios —seis o tres años, o más— arruina los servicios y acorrienta la obra pública; incrementa el atraso, genera inseguridad por tener pocos policías y mal pagados, obras fantasma y propicia el cohecho en secretarías o direcciones donde el personal pide su “mochada” para atender cualquier trámite que solicite el ciudadano. Hasta tarifa tienen, porque si lo necesitan rápido, el precio se duplica o triplica.
Es una práctica común en los abusos del poder que el alcalde y funcionarios de primer nivel suban automáticamente de estrato social y gasten fuertes sumas en pagarse borracheras de whisky o coñac en bares de lujo.
Bueno, hubo un alcalde de Ciudad Valles, de apellido González, que metió una factura a Tesorería por la compra de una docena de calzones de marca y calcetines en una boutique de la Ciudad de México.
Otro, Eligio Quintanilla, pagó de la hacienda municipal cirugías plásticas de su esposa para estirarle la piel.
Pero hubo uno que salió más astuto que todos.
Cuando al licenciado N. N. le preguntaron por qué había gastado tanto en viáticos por un viaje de dos días a la capital mexicana para entregar carpetas de obras a la Secretaría de Desarrollo Social federal, su respuesta dejó pasmados a los regidores que le hicieron la observación:
—¿Ustedes creen que es muy fácil viajar en avión desde Tampico con miedo porque se podía caer? ¿Hospedarse en un hotel donde no podía pisar bien por la alfombra mullida del piso? Me sentía como pollo espinado y me agarraba de los muebles. Cuando llegué a la cama, no pude dormir porque tenía colchón de agua y tuve miedo de ahogarme si picaba el hule con las uñas de los pies, que no había tenido tiempo de cortarme.
—Y luego, cuando me dieron ganas de hacer del dos, fui al baño y había unas mangueras en la taza. Cuando agarré una, salió un chorro de agua tan caliente que me dejó unas ampollas bien dolorosas allá abajito, y caminaba como charro para no lastimarme.
—En el restaurante no sabía ni qué cubiertos usar y aquello me puso en vergüenza delante de los funcionarios de cuello blanco que estaban en las mesas, por el tiradero de comida que hice. Los camarones parecían chapulines y brincaban del plato cuando quería agarrarlos.
—Quedé traumado y nervioso. Por eso, cuando regresé a Valles, contraté a la curandera Seferina para que me diera unas barridas y lo cargué con los gastos.
—No, compañeros, es un verdadero sacrificio ser presidente municipal, pero por amor a Valles lo volvería a hacer.
Parece chusco, pero todos los casos relatados fueron ciertos y demuestran cómo, bajo cualquier figura, la corrupción está profundamente enraizada en los ayuntamientos, en agravio de la población.
Sin embargo, ningún precandidato incluye en sus peroratas qué hará para combatir este carcinoma que sigue carcomiendo la estructura municipal.




