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SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 21 de noviembre de 2025.- En México, incluso bebés de meses pasan largos periodos frente a pantallas, un fenómeno que la evidencia científica relaciona con riesgos en el desarrollo del cerebro, las emociones y la personalidad.
Organismos internacionales llaman a limitar esta exposición, anticipando impactos cognitivos y sociales cada vez más visibles en las nuevas generaciones.
La escena es recurrente: en la sala de espera de un hospital, en la mesa de un restaurante o en una carreola, un bebé observa, inmóvil, una caricatura que parpadea en la pantalla de un teléfono. Es un retrato de la vida cotidiana, pero también indicador de una tendencia que preocupa a la comunidad médica: la exposición temprana y prolongada a dispositivos digitales.
En México, el uso de tecnología inicia antes de que niñas y niños aprendan a hablar. Según la ENDUTIH 2023, más del 80 por ciento de la población de seis años o más utiliza internet, y el celular es el dispositivo dominante en los hogares.
En la práctica, esto significa que menores en edad preescolar superan con facilidad dos horas diarias frente a una pantalla, aun cuando las recomendaciones internacionales apuntan en sentido contrario.

La Organización Mundial de la Salud pide evitar completamente el uso de pantallas en menores de dos años y limitar a una hora diaria su uso entre los dos y cuatro años. La Academia Americana de Pediatría coincide y subraya la importancia del acompañamiento adulto, algo más difícil en contextos donde las pantallas funcionan como distractor, herramienta de calma o forma de mantener ocupados a los niños.
Evidencia científica advierte un escenario preocupante
Estudios publicados en JAMA Pediatrics señalan que niñas y niños que pasan más tiempo frente a pantallas a los dos y tres años presentan retrasos en hitos del desarrollo a los tres y cinco años: comunicación más lenta, dificultades para resolver problemas y menor capacidad de concentración.
La explicación apunta a una ausencia de experiencias fundamentales: cada hora frente a un dispositivo es una hora que no se invierte en conversar, jugar, explorar o interactuar con el entorno, actividades que moldean el cerebro en los primeros años de vida.
Los impactos no son solo cognitivos. Organismos como UNICEF y la OMS advierten que la sobreexposición altera la regulación emocional, lo que puede derivar en irritabilidad, baja tolerancia a la frustración, escasa empatía y dificultades para interpretar señales sociales.
Durante la construcción de la personalidad, la gratificación inmediata de las aplicaciones desplaza procesos como esperar turnos, observar el entorno o manejar emociones intensas sin recurrir a un estímulo digital.
Efectos físicos
Menor calidad del sueño, sedentarismo asociado al sobrepeso infantil y un incremento en los problemas de visión. Un metaanálisis publicado en 2025 estimó que cada hora adicional de exposición diaria a pantallas eleva alrededor de 20 por ciento el riesgo de desarrollar miopía, una condición que aumenta entre estudiantes de primaria y secundaria.

Aunque se habla de uso compulsivo más que de adicción en sentido clínico, especialistan identifican patrones similares: estímulos constantes que liberan dopamina, rutinas difíciles de modificar y sistemas de regulación emocional aún inmaduros. Las y los expertos coinciden en que el problema no es la tecnología, sino la falta de límites y la sustitución de vínculos humanos por entretenimiento digital.
Las proyecciones no son deterministas, pero sí advierten riesgos para el futuro: menor rendimiento escolar, déficit de atención, dificultades sociales y relaciones mediadas por pantallas que podrían profundizar la desconexión interpersonal.
La evidencia muestra, sin embargo, que la trayectoria puede cambiar. Supervisar el contenido, acompañar el uso, privilegiar el juego activo y establecer tiempos libres de pantallas reduce de manera significativa los efectos negativos.
Para México, el reto trasciende lo familiar y alcanza lo público: formar a cuidadores, regular la publicidad dirigida a menores y promover entornos escolares donde las pantallas sean herramientas, no sustitutos del aprendizaje social.
La generación que a meses de su nacimiento ya mira un teléfono a centímetros del rostro, crecerá en un mundo digital. Pero eso no significa que deba hacerlo a costa de su desarrollo. Todavía es posible decidir qué tipo de infancia se va a permitir y qué tipo de adultos se aspira a formar.
Reproducción autorizada citando la fuente: Quadratín SLP
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