AQUISMÓN, SLP., 12 de enero de 2020.- Pareciera creado por alguna divinidad que no solo se dio tiempo para esconder el agua debajo de una formación rocosa, sino que además la tiñó de incomparable azul turquesa, la adornó con una sierra espectacular llena de oquedades raras, y acomodó en su punto de partida un suelo de suave arena con frondosos árboles.

Así es Puente de Dios, el de Aquismón. Al que se llega por San Pedro de las anonas, ya sea desde la cabecera municipal o entrando por el crucero de Tantobal. Una caseta acondicionada ofrece atención, pocos kilómetros antes de enfilarse hacia San Francisco de Asís.

Cuando el asfalto termina, la aventura apenas comienza, entre un camino salpicado de huizaches y pastos con ganado, al que hay que resguardar abriendo y cerrando al momento cada puerta que se cruza. Recordar que se ha ingresado a propiedades particulares es menester para mantener el orden.

Entre senderos que cada vez se vuelven más verdes, el río Tampaón se aprecia a la derecha y anuncia la cercanía de la apacible playa, que aparece a la vuelta de una vegetación no tupida pero sí alta, generadora de una apetecible sombra, y una tranquilidad que permite agradecer el acceso selecto.

Es precisamente esa dificultad en el ingreso, lo que ha convertido al paraje en un sitio favorito de los amantes del deporte extremo, los paseos en motocicletas y los dueños de vehículos todo terreno. Clubes y fabricantes de ese tipo de unidades motrices lo tomaron ya como lugar de concurrencia o escenario de filmaciones.

Para el turismo más convencional, estar ahí ya es de suyo un embeleso, presto para la relajación; eso sí, habrá que apagar el teléfono celular pues la señal llega con alta recepción. En contraparte, si se quiere presumir al instante en las redes sociales que están entrando al paraíso, no habrá problema con la fluidez comunicativa.

Respetando la restricción de la zona profunda, el nado para toda la familia resulta una práctica perfecta, lo mismo caminar, acampar, tirarse al pasto, tomar fotografías, o preparar una buena comida usando algunos de los asadores rústicos. Se sugiere tomar energías para la segunda parte de la aventura.

RUMBO AL PARAÍSO

En el lugar los habitantes cada vez se dedican más al turismo. Varios son lancheros y ofrecen la tarifa más baja de cualquier otro paraje, sobre todo tomando en cuenta que el recorrido al que están a punto de embarcarse no tendrá igual; ni siquiera hay que sumarse a remar, en una corriente adversa pero sumamente tranquila.

Esa suavidad del viaje permite observar en el trayecto –a la diestra- la Cueva de los patos, abajo, en la pared de la parte norte, que ya pertenece al municipio de Ciudad Valles. Arriba está la oquedad a la que los lugareños llaman Cueva de la virgen, revestida de las infaltables leyendas de tesoros, maldiciones y aparecidos.

Lo verdaderamente real y por demás disfrutable es el cristalino de la corriente metros adelante, en pozas profundas a las que se ve fondo, y de vez en cuando el paso de un cardumen de peces, o ejemplares solitarios de enorme tamaño que van de un lado a otro. En el exterior las garcetas y aves que se alimentan de la fauna acuática, sobrevuelan.

Avanzando en medio del cañón, en ese marco ya de por sí bello, la naturaleza reserva al visitante la mejor parte justo para el final: la embarcación entra luego en la caverna, donde la filtración de la luz solar propicia que el azul turquesa del agua se refleje a su vez en el café claro de la roca, creando una combinación inigualable.

Mientras la balsa de madera da la vuelta, ocurre un espectáculo realmente celestial, casi reservado para la vista de las deidades, mientras sigue sorprendiendo la salida del agua desde abajo de la caverna, casi de manera imperceptible. Afuera, pequeños arroyuelos circundan al Puente de Dios.

La barca se ancla en una orilla arenosa, para permitir el descenso y deambular por el sitio, humedecerse en las pequeñas cascaditas, o lanzarse en un refrescante clavado. También se puede explorar hacia la parte trasera –apenas a unos pasos- y notar cómo el agua se pierde bajo las formaciones pétreas, para luego surgir metros enseguida.

Allá mismo es posible asombrarse con el color singular de una ladera de piedra -de una sola pieza- con un recubrimiento natural de un negro brillante que pareciera estar bañada en chapopote, pero no es así, resulta solo el capricho de una madre naturaleza encargada de sorprender con sus maravillas divinas.