CIUDAD VALLES, SLP., 1 de agosto 2020.- A las 2:45 de lo que parecía un día normal, Rosaura Evangelina Muñoz Piña llegó a su trabajo en la Dirección de Seguridad Pública y Tránsito Municipal a cubrir su horario en el turno vespertino; recuerda que se enfocó en la elaboración de unos oficios para unos elementos que tomarían un curso de capacitación en la ciudad de Monterrey.

Cuenta que todo parecía tan tranquilo aquel 30 de julio de 2010: Rosaura Torres y Alda Nelly archivaban documentos en las oficinas administrativas, Luis Espíndola Guerrero estaba en el área del gimnasio; Abisaid Reséndiz atendía a la gente que pagaba las multas en Tesorería, y Emmanuel Campillo González se ubicaba en la puerta uno de entrada recibiendo al público. Así pasaron las seis de la tarde.

Se escuchó el ruido de una patrulla y movimiento inusual en el exterior, el policía Emmanuel se desplazó a la puerta dos al tiempo de que sonaban disparos; por lo menos uno le dio en la espalda y le causó la muerte: Tenía poco haber terminado su Academia, y así acabó, de manera abrupta y trágica, también su corta carrera.  

Rosaura corrió a esconderse, las detonaciones eran cada vez más fuertes y cercanas, también la presencia de los sicarios; entró a la oficina del director (Andrés Castillo Vite) y se ocultó en el baño. Afuera los tiros se intensificaban por el rumbo de las oficinas del Inapam, del gimnasio, y Tesorería, varios de ellos dieron en el encargado Abisaid Reséndiz.

Rosaura solo alcanzó a untarse agua en la cara, donde la humedad se combinaba con sus lágrimas de angustia; sentada en el piso, sofocó el sollozo con sus manos, y en susurro rezaba. Únicamente pensaba en que no la escucharan los atacantes –distantes apenas unos cuatro metros- y en tapar su rostro: “No quería ver quien me mataba”.

Transcurrieron unos quince minutos que para ella parecieron una eternidad; llegó un momento en el que dejaron de escucharse las ráfagas. Sus compañeros sobrevivientes salieron de sus escondites entre cajas de archivos y debajo de las mesas, algunos al notar su ausencia gritaron: “Mataron a Rosy”; un escalofrío recorrió su cuerpo, pero por fortuna no era cierto.

Lamentablemente la realidad trágica estaba metros adelante, cuando vio tirado en la banqueta a su compañero Abisaid, quien –a diferencia suya- no sobrevivió para contarlo. Sin embargo, el peligro no había terminado del todo; y el policía de cabina llegó para advertirles: “Sálganse para el Seguro”. Alda Nelly, Rosaura Torres, y Luis Espíndola avanzaron, pero ella no alcanzó a pasar.

A lo lejos miró a un encapuchado que se acercaba, decidió no brincar y miró dos tanques de basura como su salvación; el hombre se acercó unos metros, sin descubrirla. Transcurrieron otros instantes de angustia, hasta que apareció un policía del Grupo Especial de Reacción; “escuché que cortó cartucho, pero no me paré, lo vi entre los tanques, y le grité: Mauricio, soy yo”.

“Corrió y me levantó, me sacó de las instalaciones, le gritó a un taxista y subió, me retiré del lugar, todavía no llegaban los militares; yo solo quería ver a mis hijos. Me quedé en casa y más tarde me enteré que Abisaid estaba grave, y que Emmanuel había muerto; al otro día me presente a las 8 de la mañana en el trabajo, en todas partes se hablaba de lo sucedido”.

EL VIERNES TRÁGICO

El mayor desafío a la paz y a la seguridad, ya de por sí vulnerada en Valles (al inicio de la década pasada), llegaría al atardecer del viernes 30 de julio de 2010. Civiles en casi una decena de vehículos –varios de ellos camionetas de reciente modelo que semanas antes habían sido robadas a sus dueños aquí o en la zona- atacaron las instalaciones y unidades de la Policía Municipal, incluido su director Andrés Castillo Vite.

En el lugar del atentado murieron los jóvenes agentes Beatriz Catalina Ríos Aguilar y Emmanuel Campillo González, así como Humberto Zúñiga Santiago; el empleado de Tesorería, Abisaid Reséndiz; y una persona de la tercera edad que estaba en el contiguo edificio del Instituto Nacional de Personas Adultas Mayores (Inapam).

Previamente, en su camino a la corporación, el comando armado había asesinado en el cruce del bulevar “Lázaro Cárdenas” y avenida “México”, a los elementos de la Dirección de Seguridad Pública del Estado, Ismael Pérez Castro y Jorge Alejandro López Reyes, quienes serían despedidos dos días después, ante la ausencia de los jefes de la agrupación.

Mientras las lesiones por balas perdidas llevaban a la muerte a Federico Pérez González -empleado de una empresa cervecera- y sumaban ocho víctimas de la balacera, el Ejército se hacía cargo de la vigilancia en la localidad. Eso no devolvió la confianza a policías municipales, varios de los cuales ya no se presentarían a trabajar; algunos fueron investigados.

Los días siguientes las calles de la zona centro lucieron desiertas: Comerciantes atemorizados optaron por cerrar sus negocios, el servicio de transporte urbano suspendió algunas rutas y mucha gente decidió permanecer en sus viviendas; en las tiendas de autoservicio no se veía la habitual cantidad de clientes y en los bulevares también se redujo el flujo vehicular. Definitivamente, Valles no volvió a ser el mismo.