SAN LUIS POTOSÍ, SLP, 6 de octubre de 2019.- Actualmente en manos del Sindicato de Trabajadores Mineros y de la Industria Metalúrgica, el Teatro Alarcón de la calle Mariano Abasolo, en el corazón del Centro Histórico, simplemente languidece.

La monumental construcción ha visto pasar sus mejores días y espera que alguna autoridad lo rescate para volver a ser escenario de expresiones de diferentes disciplinas artísticas.

Gobierno del Estado ha externado su interés en adquirirlo, pero sin llegar a concretarse dicha operación por falta de recursos.

En su libro Miscelánea Potosina, el historiador Manuel Muro da cuenta en unos de sus capítulos la historia inicial del teatro, entre otros centros de espectáculos de la ciudad.

Se presenta en esta entrega un extracto de dicho relato.

El inicio

En marzo de 1825, don Juan Guajardo, entonces Tesorero de Gobierno del Estado, solicitó la licencia para construir un teatro, pero poniendo como requisito para proteger su inversión, que en los siguientes 25 años, ni el gobierno estatal ni el Ayuntamiento autorizaran la construcción o la apertura de algún espacio que le hiciera competencia. Obtenida la autorización, el funcionario estatal encargó el proyecto de construcción al ya para entonces renombrado arquitecto Francisco Eduardo Treguerras, quien vivía en la ciudad de Celaya.

Desde allá, el arquitecto mandó tres propuestas para el teatro con sus respectivos costos en abril del mismo año. El señor Guajardo determinó realizar la construcción en el terreno que ocuparon hasta entonces dos casas de su propiedad.

Los trabajos se desarrollaron con normalidad y estuvieron terminados en marzo de 1827 y de ello dio aviso a las autoridades. Al Ayuntamiento le correspondía autorizar la operación del recinto y la presentación de espectáculos.

La inauguración se programó para el Domingo de Resurrección de ese año.

La función inaugural, señala el historiador Muro, estuvo a cargo de Fernando Escamilla quien presentó “funciones dramáticas” de las cuales el narrador no aporta mayores detalles, porque ya no había en su tiempo programas de mano que dieran luz sobre tal información.

La empresa encargada de la administración del teatro que, por cierto, se inauguró sin nombre, fueron el propio Guajardo y José Joaquín de Gárate.

A pesar de la fama del arquitecto y constructor del teatro, el Ayuntamiento dispuso que antes de su inauguración, tres personas de gran trayectoria profesional lo inspeccionaran. Los designados sólo tuvieron buenos comentarios de la obra y dieron su aval para que se inaugurara.

Los empresarios tenían que pagar 500 pesos al año por operar. Dicha suma debía cubrirse en cuotas mensuales e iban a parar a las arcas municipales.

El teatro no contaba inicialmente con un área de platea, las columnas de los palcos primeros, segundos y terceros descansaban sobre la pared del fondo. Recargada en esta había una hilera de asientos corridos hechos de ladrillos, los cuales estaban numerados de izquierda a derecha. A esta sección se le denominó galera.

Recinto operístico

Todo parece indicar que el teatro funcionó óptimamente y para 1828 se alistó la ciudad para recibir a una compañía italiana de ópera.

El gobernador, don Ildefonso Díaz de León, mando pagar, de las rentas del Estado, el fondo municipal que se requería para la presentación a manera de licencia. Además, subvencionó a la empresa operística mil pesos de los propios fondos estatales y otros 500 pesos fueron aportados por particulares.

La ópera presentada la noche del 8 de abril fue “El Pirata”, de un autor ahora desconocido. La compañía llegó a la ciudad con una “orquesta” de apenas cinco músicos, razón por la cual el gobernador instruyó a Miguel Zavala, Maestro de Capilla y destacado músico local, que consiguiera un grupo de seis ejecutantes para que se sumaran a la precaria agrupación musical que venía de la Ciudad de México.

El señalado, ofendido porque él mismo, ni su hermano habían sido considerados para tocar en la función, señaló que no había músicos de calidad en la ciudad para tal encomienda.

El gobernador lo llamó en persona para que le explicara las verdaderas razones por las cuales se negaba a recomendar a los seis músicos que le pedía. Zavala confesó la verdad y el gobernador dispuso entonces que su propia orquesta completa musicalizara la presentación. El sensible músico aceptó con la condición de no tener que acompañar a los músicos capitalinos, porque aseguró, los habían ofendido.

La presentación fue todo un éxito y gracias a ello la fama de la Orquesta Zavala trascendió a nivel nacional.

El violinista Eusebio Delgado, luego de su visita a San Luis Potosí, calificó a la agrupación como la segunda mejor del país.

Una provechosa estancia

El arquitecto Francisco Fernando de Tresguerras se trasladó a San Luis Potosí para encargarse él mismo de la construcción del inmueble que había diseñado.

Gracias a su gran prestigio, le fue encomendada durante su estancia la construcción de la parte colateral del sagrario del Carmen y la bóveda para la cuadra del cuartel de artillería la cual desapareció en 1861 debido a la apertura de la calle Reforma.

Más importante aún fue la construcción de un obelisco en el centro de la Plaza de Armas, el cual desapareció para dar espacio al Monumento a Hidalgo que poco después sería trasladado al centro de la Alameda.

El desfalco

Cuatro años después de la inauguración del teatro, el infortunio cayó sobre don Juan Guajardo. Fue hallado culpable de desfalco de las arcas públicas por un monto de cinco mil pesos, delito del cual no fue culpado, pero sí de tener debilidad de carácter para negarle los recursos que, de manera verbal le solicitaba su jefe el gobernador.

Le fueron incautados todos sus bienes, entre ellos el teatro que quedó en manos del Gobierno Estatal.

Como la operación del recinto no le era redituable, el gobierno del estado encomendó el espacio al Ayuntamiento con la orden de que presentara espectáculos que no ofendieran las sanas costumbres ni resultaran ofensivas para el público asistente.

Se designó como primer censor a Juan Pablo Bermudez.

El señor Guajardo murió poco tiempo después, y el Congreso determinó no abandonar a su familia ya que consideraban que el fallido empresario teatral había hecho una buena labor por los habitantes de la ciudad.

El Estado costeó los gastos de la educación de su hijo: José María Guajardo, quien se volvería un virtuoso sacerdote. Fue rector del Colegio Guadalupano Josefino, puesto que ocupó hasta ser designado primer Canónico Penitenciario de la Catedral de San Luis Potosí.

El Ayuntamiento tampoco supo que hacer con el teatro y finalmente decidió ponerlo en venta por 54 mil pesos.

La primera debacle

En 1858 el Alarcón fue intervenido. Se reformaron las plateas, desaparecieron las galeras y se pintó sobre el arco del escenario la leyenda: “No es el teatro vano pasatiempo. Escuela es de virtud y útil ejemplo”.

La frase desapareció el poco tiempo y en su lugar fue colocado un busto de Juan Ruiz de Alarcón, razón por la cual, desde entonces se conoció con este nombre al teatro.

Un tiempo después fueron colocadas las pinturas de Eusebio Zavala y Ángela Peralta.

Considera Muro que un teatro como el Alarcón resultaba muy excesivo para los 13 mil habitantes que tenía la ciudad en aquel entonces.

Los costos de entrada iban desde un real en “cazuela” hasta los dos reales en Palcos Primeros. No había público suficiente capaz de pagar dichos montos y pocos años después, el Alarcón tuvo que competir —muy en desventaja— con el Teatro de la Paz.