SAN LUIS POTOSÍ, SLP., 11 de enero de 2020.- Quien pisa el lugar tiene la sensación de encontrarse en otro mundo. Un perro hurga en un montón de basura, encuentra algo que lleva a su hocico y se mete a una “favela”: una vivienda humilde hecha con materiales de desecho, pero no es Brasil, es la capital de San Luis Potosí.

Y es que nadie imagina encontrar algo así en la ciudad, una “colonia perdida” a la que llaman Bachoco por encontrarse cerca de la empresa huevera del mismo nombre y pegada al fraccionamiento Don Miguel, cerca de la vía del tren.

Son tres calles las que ocupa este asentamiento humano, las calles están sin pavimentar, hay polvo, precariedad; a espaldas del paupérrimo sitio contrastan las casas del fraccionamiento Don Miguel y a pesar de las faenas que cada domingo realizan sus habitantes para limpiar, el lugar luce desolado.

De acuerdo con los índices que establece el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) para medir la situación en la que una persona se encuentra en situación de pobreza extrema, al menos deben padecer tres carencias sociales y un ingreso insuficiente para adquirir la canasta alimentaria.

Los habitantes de este lugar cumplen los requisitos para ser catalogados en pobreza extrema, unos cuantos tienen algún trabajo fijo, otros uno temporal, pero lo que perciben no les alcanza para vivir, y el resto se encuentran desempleados.

En las polvorientas calles, los niños juegan inocentemente con sus perros, ajenos a las difíciles condiciones que sus padres y familia enfrentan diariamente, ellos sonríen.

Desde hace un año aquí vive doña Marisela, porque ya no pudo pagar la renta y actualmente no tiene trabajo. Se sostiene de lo que su esposo logra ganar con algunos trabajos informales como albañil y algunos de sus hijos la apoyan, pero tampoco perciben lo suficiente para satisfacer sus necesidades básicas. Habita con su esposo, sus cinco hijos y hasta sus nietos.

“Yo siento que nos deben ofrecer algún apoyo las autoridades porque sí lo necesitamos, que se den una vuelta para acá y que nos apoyen”, pidió.

Leticia Martínez Martínez también habita en este lugar desde hace un año, su precaria vivienda tiene como paredes lonas que les donaron y que alguna empresa utilizó como publicidad.

Está con su esposo, quien trabaja como ayudante de albañil en las obras, sus tres hijos tienen 3, 7 y 13 años de edad y también los acompaña su madre. El hombre de la casa no tiene un ingreso fijo y cuando bien le va, logra obtener mil 500 pesos a la quincena, lo cual es insuficiente.

La señora Martínez trabajaba como ayudante en un puesto de venta de “gorditas”, pero se terminó el negocio y ahora se dedica a cuidar a sus hijos.

No hubo cena de Año Nuevo en la “casa” de la señora Martínez, por la falta de dinero para comprarla y para ellos recibir 2020 fue un día como cualquier otro.

DESEAN CONSTRUIR

Es la tarde del lunes 30 de diciembre, afortunadamente hay sol, pues cuando hace frío doña Maximina Bárcena de 67 años y don Julián Palomo de 81 años, que son esposos, sufren, debido a que  su casa está hecha con tarimas, algunas láminas de madera y el techo son lonas de plástico que no sirven mucho para cubrirlos en época de frío y de lluvias.

Viven en este lugar pues los exiguos apoyos que reciben del programa Setenta y más y de la venta de “gorditas”, no alcanzan para pagar el alquiler de alguna casa y a pesar que don Maximino necesita ser atendido médicamente no le han proporcionado el Seguro Popular.

“Yo vendo gorditas y cocas, con eso nos ayudamos porque él (su esposo) ya no trabaja, lo operaron y ya no quedó bien”, comentó la señora.

No saben lo que cenarían la noche de Año Nuevo por falta de recursos económicos, pero sí expresaron un deseo: que algún gobernante les regale material para poder construir un cuartito.

Ellos esperan que haya un cambio en las políticas públicas para poder recibir ayuda de alguno de los gobiernos ya sea estatal, federal o municipal, y no les queda más que esperar.

“Espero un cambio y que nos ayuden; lo que nos dan no nos aguanta para los dos meses, vivimos aquí pasándola”, señaló.

BANCO DE ALIMENTOS

Esta “colonia perdida” se encuentra muy cerca de la Bodega del Banco de Alimentos, una ventaja que aprovecha doña Sonia Rivera, quien dice tener un año en la zona porque se quedó sin empleo y no pudo pagar más una renta. Su esposo es trabajador eventual.

La señora acude al Banco de Alimentos donde por una cantidad muy baja de dinero les proporcionan productos, así como les regalan verduras y frutas y eso es lo que come su familia.

“Con eso nos ayudamos, no tenemos ni siquiera para comer a veces”, dijo con congoja.

Doña Sonia sabe que hay apoyos y becas para que los niños puedan estudiar, pero ella no cuenta con esa clase de beneficios. “Quisiera que me dieran apoyos, para que mis niños puedan seguir estudiando y para comprarles cosas de la escuela y darles de comer”, manifestó.