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Trump, ¡uy que miedo!
El mes de enero cierra con ocurrencias para la Ciencia, Tecnología e Innovación, CTI, mexicana.
La Directora General del CONACYT anunció, en un tuit, que por orden presidencial habrá un programa especial de becas para ciencias médicas; “un énfasis muy necesario, por la pandemia, en especialistas médicos, debido a su escasez en nuestro país para atender emergencias como esta” y continua “Por encargo del Presidente de la República, creamos un nuevo programa de becas de especialidades médicas al extranjero”, escribió.
La formación de recursos humanos siempre es una buena inversión; es un elemento del desarrollo de México, pero debe ser mediante la planeación orientada a resultados, no disparates al arbitrio unipersonal y desconocedor.
Como se ha formulado en el tuit es una ocurrencia y no consecuencia de planeación alguna; la decisión luce más como un acto sobre las rodillas.
Es claro que faltan especialistas médicos, pero también biólogos moleculares, biofísicos, matemáticos, ingenieros biomédicos, fármaco-biólogos, ingenieros químicos, ingenieros de control, etcétera; son muchas las especialidades en la cadena de valor de la CTI para sintetizar, probar y producir vacunas, por ejemplo, a fin de atender un problema como la pandemia que vivimos, y la que suceda en el futuro, no sólo faltan médicos especialistas.
Con ejercicio de tal lógica, debemos también tener expertos sismólogos, geofísicos, ingenieros geólogos y mas para atender desastres por terremotos en nuestro territorio; efectivamente, hacen falta y deben ser formados, pero si se hace sobre las rodillas termina sin un programa sostenido para ello.
¿Quién puede negar que especialistas en estas áreas son necesarios y que, además, también faltan?
El tema es que cualquier solución sobre las rodillas siempre terminará de esa manera, abandonado.
Es la cultura de “muerto el niño a tapar el pozo”, no la de planeación estratégica de largo plazo.
Otro elemento que hace de esta idea una ocurrencia es que los médicos especialistas se formarán en años -eso en condiciones óptimas-, para egresar con habilidades, aptitudes y competencias a fin de atender las necesidades de la pandemia por coronavirus.
En lo que, en orden, se lanza la convocatoria, se seleccionan los perfiles, se asignan las becas, se firman convenios, se trasladan los becarios, realizan sus estudios, regresan al país y se incorporan a alguna institución, pasarán muchos años.
Esperemos que los efectos por COVID-19 estén controlados para entonces, que los países ricos dejarán de acaparar vacunas y la producción será suficiente para que aquí mejore el programa de vacunación.
De paso, no es que hayamos donado vacunas a países pobres, sino que las compraron los países ricos, dejando a México con un palmo de narices; a la tasa de vacunación actual, aun con las expectativas de mediano plazo, se han estimado que tardaremos casi dos lustros para vacunar a la población mexicana (quizá para entonces el coronavirus habrá biocodificado en el sistema inmune, entretanto connacionales morirían).
Además de los casos arriba comentados, hay otras necesidades, como diabetes mellitus donde se estima que el 10% de la población mexicana la padece (casi 12 millones de personas), ésta provoca decenas de miles de muertes anuales y requiere de diversas disciplinas de la CTI, ¿ya se olvidó?
La lista de necesidades nacionales es muy larga, debe ser organizada, analizada y retroalimentada por las sociedades científicas, de ahí derivar políticas públicas, así como debería ser estructurada y ejecutada por un CONACYT autónomo y no ordenada desde Palacio Nacional, hecho que da tintes político-electorales.
Es ocurrencia presidencial como aquella de clasificar al conocimiento y la tecnología como neoliberal, occidental o de los pueblos originarios; el hecho es que las necesidades yacen en la realidad concreta, las soluciones en la CTI.
Esta tendencia es trayecto al desmantelamiento de la CTI nacional, no hacia la “soberanía tecnológica mexicana”.